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lunes, 20 de septiembre de 2010

Septiembre 20: San Francisco María de Camporosso.


Septiembre 20: San Francisco María de Camporosso. Religioso de la Primera Orden (1804‑1866). Canonizado por Juan XXIII el 9 de diciembre de 1962.

Francisco María nació en Camporosso, pequeño poblado del interior de Liguria, en la diócesis de Albenga, el 27 de diciembre de 1804 hijo de Anselmo Croce y María Antonia Gazzo. Pastor, agricultor, un día escuchó la invitación de un fraile e ingresó en el convento en Sestro Ponente, donde tomó el hábito de terciario. Pero no se sentía satisfecho y una voz interior no le daba tregua hasta que por fin tuvo la alegría de vestir el hábito religioso entre los Hermanos Menores Capuchinos. Hechos el noviciado y la profesión en el convento de San Bernabé, inmediatamente fue asignado al convento de la Santísima Concepción en Génova, donde permaneció hasta su muerte.

Destinado a los humildes oficios de ayudante de cocina y de enfermero, se hizo notar por una especial fidelidad a su deber y por una generosidad sin límites. Los superiores creyeron bien encomendarle el oficio de limosnero, que lo obligaba a recorrer todos los días las angostas calles de la ciudad, que transformó en un lugar de incesante coloquio con Dios. Su ejemplo pronto fue motivo de atracción irresistible porque sus palabras sencillas y espontáneas tenían el secreto para aliviar todos los dolores. Cuando la gente llegaba con problemas graves y difíciles, les decía: “Anda donde la Virgen y dile que te manda fray Francisco”.

Francisco María no olvidó su antiguo oficio de pastor. Sólo que desde este momento el rebaño por él guiado y atendido era el de los más miserables y desheredados pobladores de Génova y los potreros eran las calles que subían y bajaban en la Soberbia y sobre todo las “barriadas” de la ciudad vieja y del puerto. Allí el capuchino de Camporosso, limosnero del convento, se convirtió en el “Padre Santo”, como era comúnmente llamado por sus insólitos y a menudo poco recomendables “parroquianos” habitantes de los bajos fondos y frecuentadores de los ambientes más equívocos.

Sereno en todas partes, en la iglesia lo mismo que en las tabernas con olor a humo y vino, siempre igualmente afectuoso, con los cohermanos y con los muchachos, con los braceros del puerto y con los ex presidiarios, el padre santo en sus incesantes giros por la ciudad se esforzaba por realizar una doble tarea: la de pedir la limosna diaria y la otra, más importante y delicada, la de buscar y acercar a Dios a cuantos encontraba en su camino. Poco importaba que los encuentros fueran no raras veces violentos, con personas prontas a la cólera y a las injurias.

Estas dificultades ambientales no disminuían la transparente bondad del fraile capuchino a quien todos, tarde o temprano terminaban queriendo. En 1866 durante una epidemia se ofreció en sacrificio por la incolumidad de los demás. Su plegaria fue: “Señor, tómame a mí y perdona a Génova”. El mal lo agotó en pocos días, mientras la epidemia disminuía en la ciudad. Murió a los 62 años de edad el 17 de septiembre de 1866.

En: http://www.franciscanos.net/santoral/diario/09setiembre20.htm

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