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lunes, 29 de noviembre de 2010

El "Dies Irae de Fray Tomás de Celano", poema de Fray Manuel Sancho.

EL "DIES IRAE" DE FRAY TOMÁS DE CELANO

Por Fray Manuel Sáncho

I
Al otro lado del Rihn
según la tradición me cuenta,
se alzaba un gran monasterio
de Colonia en las afueras.
Era una noche de otoño
y una cerrazón espesa
la indecisa claridad
robaba de las estrellas.
Retumbó el cóncavo trueno
se desató la tormenta,
y a la luz de los relámpagos
se vio la negra silueta
del Convento, destacaronse
sus muros y torre enhiesta
y luego se hundieron rápidos
entre sombras gigantescas.
Tan sólo la escasa luz
de una ventana entreabierta,
brillaba en la oscuridad
como ojo de las tinieblas.
Por la ventana salían
de voces confusa mezcla,
y es que los frailes charlaban
después de su frugal cena.
Porque es costumbre inviolable
y lo asegura la Regla,
que el parlar tras el yantar
es cosa buena, y muy buena,
pues, según siente Galeno
y lo confirma Avicena
los vapores del cerebro
con la parla se despejan.
reclinado e la ventana
Fray Celano, gran poeta,
mientras sus hermanos hablan,
él la tempestad contempla.
El Guardián le dio permiso
para que contra la Regla
de los demás, separado,
a la ventana estuviera.
Al ver aquella mirada
bajo las fruncidas cejas,
que parecen derramar
destellos de inteligencia,
diríase que aquel fraile
que la tempestad contempla,
sondea la oscuridad
y sus misterios penetra.
Entre tanto en el recreo,
mil alegres chanzonetas,
mil estocadas de ingenio
pero que a ninguno hieren
se dicen unos a otros,
y risas y chanzas vuelan
con buena paz y armonía
El Guardián, el buen Guardián
dos religiosos observa,
que hablan bajo, nada dice,
más bien aguza la oreja.
El Guardián, el bien Guardián,
a quien la parla secreta
de los frailes no le gusta
ni menos caras serias.
-¡Silencio!... dijo y al punto
enmudecieron las lenguas
-¿Qué habláis?-preguntó
prelado a los dos frailes.
A esta pregunta, los dos callaron
y bajaron la cabeza.
- Sin duda- siguió el Guardián,
-no será cosa muy buena.
-No es mala, peo es extraña,
y más que extraña, es tremenda.
Al oír esto, los frailes,
apiñáronse a la mesa,
y por no perder palabra,
no bastándoles las puertas
de los oídos, oían
con las bocas entreabiertas.
Alzó el narrador los ojos
y con voz silente y queda
como el rumor de un sepulcro,
empezó de esta manera:
-Ayer, a la medianoche,
mientras leía en su celda,
oí sonar majestuoso
el órgano de la iglesia.
-De tal modo lo tocaban
que parecía una inmensa
catarata de sonidos,
como si manos angélicas
bajo inspiración celeste
el teclado recorrieran.
-Creyendo aquello un delirio
que me forjaba, la puerta
de mi celda abrí, y entonces,
resonó una voz tremenda
que dominaba del órgano
el torrente de trompetas.
-¡Oh, padre!... el juicio final
parecía, y yo, en mi celda
postrado y con ambas manos
cubriéndome la cabeza,
aguardé que aquella música
misteriosa concluyera.
-Al fin un débil gemido
se perdió en las altas bóvedas
y acabó el concierto lúgubre,
de aquella noche tremenda.
-Cayó el fraile, y el Guardián,
con una sonrisa incrédula:
-Tal vez soñabas, le dijo,
o tal vez estaba enferma
vuestra fantasía. -¡No!...
le contestó con firmeza
Fray Enrique, -pues también
Fr. Francisco ha oído aquesta
música. -¿Es posible?... -Sí,
dijo Fr. Francisco. ¿Y era
la misma noche? -La misma,
-¿Y cantaban?... -No.
¿Dónde estábais?...
-En mi celda.
Calló el guardián, y los frailes
se miraron... el caso era
muy extraño, pero antes
que comunicar pudieran
sus impresiones, sonó
la campaña de obediencia
tocando a silencio; y todos,
alzándose de la mesa,
a una señal del prelado
y con las capuchas puestas,
se perdieron en los claustros;
y los frailes, uno a uno,
se sumieron en sus celdas.
El portero fue apagando
las luces y sombras densas,
por claustros y corredores
tendieron sus alas negras.

II
Era así media noche
y la tormenta seguía;
las nubes manaban ríos
de sus entrañas henchidas.
De las gárgolas de piedra
del monasterio caían
largos torrentes, que el viento
en girones dividía;
y desgarrándola luego
en desmenuzadas chispas,
los estrellaba impetuoso
contra ventanas y ojivas.
Quebrábase el viento indómino
contra las altas esquinas
y silvando atravesaba
saeteras y rendijas.
Luego, retardando el paso
por los claustros y capillas
una voz triste daba,
que parece que gemía.
Pasos muy quedos se oyeron
que de una celda salían
luego otros pasos salieron
de la otra celda contigua.
-Fray Enrique. -Fray Francisco,
dijeron voces distintas,
y dos sombras se encontraron
que ya estaban convenidas.
Luego caminando a tientas
los dos bultos extendían
las manos hacia adelante.
-Ya está cerca la capilla,
musitaba Fray Enrique
palpando la pared fría.
Faltó la pared de pronto...
-Ya estamos, -dijo la misma voz
y los dos se ocultaron
en el hueco que se hacía.
Doce oscuras campanadas
que la tempestad cubría,
escucháronse a lo lejos,
por el eco repetidas.
Entonces, se oyó en la iglesia
una voz majestuosísima,
voz de fatales presagios,
la voz del último día.
Los dos frailes se encogieron
en lo hondo de la capilla
prestándose mutuamente
un valor que no tenían.
Luego retumbó del órgano
la ronca clarinería
las bóvedas retumbaron
las claraboyas crujían...
Los dos frailes escuchaban
las carnes estremecidas
y la tempestad por fuera
más arreciaba sus iras.
Luego palabras de ruego,
que dulcísima armonía,
acompañan, vagaron
entre las sombras perdidas.
Después amenazas, gritos,
temblor, ayes de agonía
y palabras de consuelo
y de tremenda justicia...
Unas veces se escuchaban
celestiales melodías:
y otras el crujir de dientes
y el gritar de almas precitas.
Lloró la voz y el aflautado,
en consonancia suavísima,
con moribundos sonidos
pareció que se dolía,
y entre notas de esperanza
que suspiros parecían
caló la voz, gimió el órgano
y aca´bó la extraña música.
Pálidos como la muerte,
los dos frailes aún seguían
innmóviles escuchando
ocultos en la capilla.
Después saliendo de allí
en voz baja se decían:
- ¿Has oído? -Ay, sí! Dios mío
¡qué tremenda pesadilla!
-¿Será un ángel? -¿Un difunto?
así los dos discurrían
cuando oyeron pasos quedos
luego una voz conocida
dijo: -¿Quién va allá? -Nosotros,
Padre Guardián ¿Qué pensáis?
-Qué es cosa de la otra vida,
mañana haremos capítulo
para aclarar el enigma.
Así dijo el buen Guardián
con voz harto conmovida;
y luego los tres marcharon
a sus celdas respectivas.
La lluvia azotaba el techo
los truenos estremecían
y el viento, en el claustro obscuro
lúgubremente gemía.

III
Llegó la noche siguiente,
y la campana del claustro
llamó los frailes a coro,
de presto se congregaron.
Con las capuchas calados
y los ojos entornados
allí está el Guardián y allí
los dos frailes que escucharon
el espantoso concierto,
allí también, fray Celano.
La lámpara del Santísmo
agonizaba entre tanto:
su escasa luz parecía
un vacilante penacho,
y las tinieblas en torno,
dispuestas a devorarlo,
amontonábanse informes
en un círculo apretado.
Sólo se oía en la iglesia
un cuchicheo apagado
de los frailes que en voz baja
iban recitando un salmo.
A una señal del Guardián
los frailes se enderezaron,
descubrieron las cabezas
e introdujeron las manos,
en las mangas del sayal.
Luego el Guardián dijo:
Hermano, en estas últimas noche
se ha oído en la iglesia un canto
misterioso de ultratumba
mientras acompaña el órgano.
Yo os conjuro me digáis
¿quién de vosotros ha osado
quebrantar así el silencio?
-Yo fui, dijo Fray Celano.
-¿Vos, hijo Sí padre yo:
Yo que viéndome arrastrado
por un poder superior
pude contrarrestarlo
-Id, pues, y cantad ahora
porque ahora yo os lo mando
postróse el fraile en el suelo,
besóle al Guardián la mano,
y al órgano dirigióse
con el paso mesurado.
de los tubos de metal
mil sonidos se escaparon
que roncos asemejaban
gritos de terror y espanto,
y con voz atronadora
clamó entonces Fray Celano:
"-Dies Irae, dies illa!
-¡Solvet saeclum in favilla!
-¡Hay del día en que la tierra
se ha de convertir en tamo!
-Ay qué terror el del mundo
cuando Dios venga a juzgarlo!"
Y al órgano majestuoso,
bajo las convulsas manos
del fraile, se estremeció
y las bóvedas temblaron
luego con débil sonido
suspiraban los aflautados
y..."Quid sum miser?"... decía
el artista sollozando
"¿Quid sum miser?...murmuraba
"Quem patronum ragaturus?"
proseguía Fray Celano,
con el acento medroso
y temblorosas manos
y en lo ato de las bóvedas
los suspiros divagando
se se hacían en ecos
cada vez más apagados.
Cien trompetas de batalla
majestuosas resonaron,
y se oyó un clamor de angustia
mezcla de grito y llanto.
"¡Rex tremendae majestatis!"
"¡Salva me, fons pieatatis!"
Una plegaria dulcísima
alzó entonces Fray Celano
al dio de piedad, queriendo
desarmar su justo brazo
"Recordare, Jesús pie,
quod sum causa taue viae"
"Acuérdate, Jesús mío,
que bajaste de lo alto
y, vestido de mi carne,
fuiste mi padre y mi hermano.
Quaerens me sedisti lassus.
Redemisti crucem passus...
me buscabas Jesús mío,
con mil penas y trabajos
y sólo ansiabas hallarme
al morir en el Calvario.
¿Me rechazarás ahora
después de haberme encontrado".
También lloraban los frailes
entrelazadas las manos;
también, con veladas voces
parecía orar el órgano.
"En aquel día tremendo",
proseguía Fray celano,
"ponme entre tus elegidos,
apártame de los malos,
de los malos que... "Y entonces,
cual si un grito extraordinario se arrojara
al fuego eterno
a infinitos condenados
estemecióse la Iglesia,
los clarines resonaron
 "¡Al fuego!" gritó la voz
"-Id al infierno malvados".
Y oyéronse rechinar de dientes;
los huesos chocaron...
y barabunda infernal,
y correr precipitado...
Ayes, gritos, maldiciones
de hierro chillido exraño
y después ruido espantoso
de torrente despeñado
del mundo que se desquicia
de mil astros desgajados...
y el Fraile, sobrecogido
clamó con lúgubre canto:
"¡Lacrimosadies illa"
"¡Ay que día tan aciago!"
¡Ay que día de amargura!
¡día de luto y día de llanto!
la música poco a poco
íbase debilitando
y en agónico estertor
sollozaba Fray Celano:
"¡Ten piedad de mí, Dios mío!
recíbeme en tu regazo
y a las almas de los justos
dales perpetuo descanso"
Con un "amén" moribundo
terminó el fraile su canto
y perdióse por las bóvedas,
el postrer eco del órgano.
Mudos los frailes, yacían
en el polvo posternados.
Al terminar la secuencia,
del suelo se levantaron
y el superior conmovido...
-"Venid", dijo, "Fray Celano"
y el buen Guardián y sus frailes,
del suceso consternados
postrernáronse en el sueño
y por el muerto lloraron.
Así la tradición cuenta
el suceso extraordinario
así nació el Dies Irae
de Fray Tomás de Celano.





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