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lunes, 22 de noviembre de 2010

La perfecta alegría

LA PERFECTA ALEGRÍA

Por Fray Prudencio Salvatierra

Era el capítulo breve
de la perfecta alegría...
Dos frailecitos perdidos
en la noche de la ventisca:
Fray León que tiritaba
y Fray Francisco que ardía.

Entre Perusa y Asís
un blanco huracán venía.
Las sendas se iban borrando,
la nieve tenía prisa.
(Mala sazón era aquella
para hacer filosofía).

La clara voz de Francisco
entre reproche y caricia
vibró en el viento cortante
como un puñado de chispas:
"Aunque mis hijos hiciesen
milagros y maravillas...
Anótalo Fray León,
no es la perfecta alegría.

Y si mis frailes tuviesen,
montones de perlas finas;
y resucitasen los muertos
sepultados en tres días;
y hablasen lenguas humanas
y divinas...;
y convirtiesen al mundo
en una hoguera encendida;
si no tuvieren de amor
llamas vivas...
Escríbelo, Fray León,
"no habrá perfecta alegría...".

El fraile que tiritaba
la canción no comprendía;
las orejas se le helaron,
en medio de la ventisca
y el viendo se le enroscaba
como una serpiente viva.
Volvió la cara impaciente
y gritó con algo de ira:
- "¡Por amor de Dios!, hermano,
anda un poco más de prisa
y dime pronto, si sabes,
dónde hay perfecta alegría.

Pero Francisco cantó
con voz amable y fuerte;
. "Si al llegar luego, de noche,
a la puerta de la ermita,
sale el portero y nos dice
palabras descomedidas,
y nos pone mala cara,
y nos pega y nos castiga,
dejándonos en la noche
como canes sin guarida;
si nosotros le besamos
la mano con cortesía
y por el amo de Cristo
ponemos freno a la ira...
Escríbelo, Fray León,
habrá perfecta alegría.

El fraile que tiritaba
se iluminó de sonrisa,
la cara como una rosa,
las orejas encendidas.
El cantor iba delante
y Fray León le seguía.
Violines y suavidades
sonaban en la ventisca.

Bajo los pies de Francisco
el hielo se derretía...
Y entre páginas de nieve
quedó la palabra escrita.

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