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lunes, 8 de noviembre de 2010

LUIS VALLE GOICOCHEA: EL RETORNO DEL POETA DE LA SOLEDAD

Por: Nivardo Córdova Salinas (nivardo.cordova@gmail.com), periodista.

A cien años del nacimiento de "Vallecito", el poeta que fue fraile franciscano (*)
Luis Valle Goicochea, fotografía tomada
del libro: "LUVAGOIS: Rastro y circunstancia" de José Fabriciano
Vásquez Bailón (Ediciones Publimagen. Trujillo - Perú. 1998),

Al igual que César Vallejo, José María Eguren y Martín Adán, el poeta y periodista Luis Valle Goicochea (La Soledad, 1910- Lima, 1953) es ya un clásico moderno de la poesía peruana. El pasado martes 2 de noviembre en la ciudad de Trujillo, el Gobierno Regional de La Libertad y los intelectuales norteños le rindieron un homenaje póstumo con ocasión del centenario de su nacimiento. Pero ¿quién fue realmente este artista considerado “el poeta trágico de la ternura”?
El año 2006  se realizó la publicación de “La pared torcida”, obra poética completa de Luis Valle Goicochea editada por la Universidad Alas Peruanas con prólogo de Jorge Eslava y con el apoyo de los familiares del vate, especialmente de su sobrino Luis Valle Cisneros.
En verdad aquella era la segunda edición de la “obra completa” de Valle, pues la primera apareció en 1974 editada por el Instituto Nacional de Cultura (INC) con prólogo de Aurelio Miró Quesada y la compilación hecha por Francisco Izquierdo Ríos (novelista amigo del poeta y de quien este año también se cumplen cien años de su natalicio).
Lo cierto es que resulta muy sintomático que un poeta contemporáneo como Luis Valle Goicochea, que tuvo una vida modesta y desapegada a lo material, despierte el interés de ser reeditado por los especialistas, con sumo cuidado y esmero. Y la razón es simple: la calidad de su literatura se impone, venciendo las barreras del tiempo y el juicio de la historia.
Lo que es necesario precisar es que ambas ediciones mencionadas son incompletas, pues todavía falta publicar su producción periodística en los diarios “La Industria” de Trujillo, “El Comercio” de Lima y “El Deber” de Arequipa, así como también recopilar los poemas y ensayos que Luis Valle Goicochea publicó en la década del 40 en la emblemática “Revista Franciscana del Perú”, pues Valle fue fraile franciscano en los conventos de La Recoleta del Cusco y San Francisco de Arequipa.

UN DESTINO TRÁGICO
Marcado por un signo trágico, Luis Valle tuvo períodos de misticismo y profunda vocación religiosa, incuso decidió su internamiento voluntario en los claustros franciscanos, de los que salía compulsivamente para sucumbir ante épocas de oscuridad, marginación y dipsomanía (tendencia compulsiva al uso de sustancias alcohólicas), buscando llenar un vacío metafísico y existencial. No hay otra forma de entender su aciaga trayectoria vital.
De esta lucha interior dan cuenta escritores que conocieron y trataron a “Vallecito” –como cariñosamente lo llamaban-, tales como el novelista Ciro Alegría, quien fue su amigo, entre otros notables escritores peruanos como Sebastián Salazar Bondy, Aurelio Miró Quesada, Francisco Izquierdo Ríos y Martín Adán, entre otros, quienes lo describen como un “poeta frágil y sensible, ajeno a los vaivenes del vanguardismo y más cercano a una poesía mística de tonos rurales y lugareños, donde la tristeza es permanente”.
Con un respeto muy grande por la memoria del poeta, los propios frailes del Convento de San Francisco de Lima que conocieron personalmente a Luis Valle –como Fray Carlos Montesinos y Fray Abel Pacheco, director del Archivo San Francisco- opinan que “la enfermedad de Valle debe tocarse con sumo cuidado”, pues no se trata de hacer escarnio de la enfermedad bio-psico-socio-espiritual del poeta, sino esbozar un perfil certero de su figura, y especialmente que no hiera la susceptibilidad de su familia, pues su dignidad de persona está primero. “Es cierto que la verdad no hará libres, pero hay verdades que no es necesario propalar a los cuatro vientos. Luis Valle Goicochea fue un hombre sencillo y bueno, y como todos los seres humanos, tenía las imperfecciones que todos tenemos. Fue seguidor de San Francisco, especialmente en el aspecto de imitar la pobreza de Cristo…”, expresó Fr. Abel Pacheco. Por su parte, Fray Carlos Montesinos, en una entrevista personal, relata que cuando Valle dejó el convento, “se fue llorando y besando su hábito marrón franciscano”.
La biografía de Valle es, de por sí, un tema apasionante, pues está sumergida en los arcanos de la incógnita y donde el mismo crítico Jorge Eslava tampoco se anima a dar una fecha definitiva de su nacimiento. Pero el propio poeta Luis Valle refiere en sus memorias, tituladas “El árbol que no retoña”, que nació el “Día de difuntos”, esto es, un 2 de noviembre en el pueblo de La Soledad (distrito de Parcoy, provincia de Pataz, departamento de La Libertad)
No obstante, los críticos todavía no se ponen de acuerdo: Luis Alberto Sánchez afirma que fue en 1906; Luis Monguió plantea que fue en 1908, y Esther Allison asegura que Valle nació en 1911, coincidiendo con lo afirmado por el famoso poeta Javier Sologuren. Además, Luis Gonzales Morante, autor de una tesis sobre Valle, propone el año de 1910. Sin embargo, la duda permanece. Lo cierto es que los familiares sostienen que nació en 1910, y de allí que se haya celebrado hace una semana el primer centenario de su nacimiento.
Luis Valle Goicochea estudió la primaria en la escuelita de La Soledad. Luego arribó a Trujillo donde cursó la secundaria en el Seminario de San Carlos y San Marcelo. Al terminarla, inicia sus estudios sacerdotales en el seminario, de lo que da cuenta Ciro Alegría en sus memorias “Mucha suerte con harto palo”.
Según Eslava, “inquietudes intelectuales y nocturnas truncan la carrera sacerdotal de Valle” y anota que en la década del 20, “Vallecito” ingresa al diario La Industria, donde escribe la famosa columna “Hilvanes” con el seudónimo de Luvagois. Ya en la década del 30, Valle se traslada a Lima, donde se desempeñó como amanuense de la Secretaría de la Facultad de Letras y en la Biblioteca Central de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.
En 1932 edita su primer libro, un verdadero clásico de la poesía infantil de Latinoamérica: “Las canciones de Rinono y Papagil”, con apoyo del poeta Enrique Bustamante y Ballivián, portada de Camilo Blas y prólogo de Enrique Peña Barrenechea. Sólo algunos iluminados pudieron avizorar la gran inocencia y candor de estos versos germinales que permanecen eternos con personales como “La Rarra”, el paisaje serrano, la escuelita…
Años más tarde, Valle publica “El sábado y la casa” (1934) y posteriormente “La elegía tremenda y otros poemas” (1936). Le seguirá “Parva” (1938), con un bello proemio del poeta José Eulogio Garrido, miembro del famoso grupo Norte y director de La Industria de Trujillo.
Eslava sostiene que de esa época –“años de bohemia y periodismo”- procede la primera parte de su novela “Los zapatos de cordobán” (1938). En esa estancia limeña escribe para el diario La Prensa y frecuenta el “Círculo del Duende” que dirigía el poeta J.M. Eguren. Además colabora en las prestigiosas revistas “Variedades”, “Social”, “La Crónica” y en el diario “El Comercio”, que desde entonces lo acogería como una de sus plumas más selectas.
Justamente allí, según Eslava, edita su relato autobiográfico “El naranjito de Quito” (1939), de cuyo protagonista Carlos Bernabé tomará el nombre para su seudónimo. Es una época intensa en su poesía y en su dolor espiritual. Escribe “Paz en la tierra” (1939), inspirado en la campiña de Moche, y edita un texto de reminiscencias vanguardistas: “Miss Lucy King y su poema” (1940).
Su próximo destino, el sur, la ciudad de Cusco. Agobiado por la angustia, se recluye voluntariamente durante tres años en el Convento de La Recoleta, donde redacta casi en trance místico su “Tema inefable”. Eslava dice textualmente: “Los rezagos de la dipsomanía lo obligan a dejar los hábitos…”.
En 1945 viaja a Arequipa, y trabaja como redactor del diario El Deber. En la Ciudad Blanca publica su último libro en vida: “Jacobina Sietesolios” (1946), que es un bellísimo cuadro dramático en verso sobre la vida de San Francisco de Asís.
A estas alturas habría que haber estado dentro de su cuerpo para comprender su inconmensurable sufrimiento. Luis Valle Goicochea retorna a Lima, y trabaja en la Biblioteca de Letras de la Universidad Nacional de San Marcos, a la vez que escribe para El Comercio. Sin embargo, su salud está bastante resquebrajada y se interna en el Hospital Hermilio Valdizán, donde lo atiene el psiquiatra Dr. Humberto Rotondo, con quien traba especial amistad. Desde el nosocomio escribe sobre sus “desesperados insomnios” en las páginas de un cuaderno de la Beneficencia, que la hija de este galeno donó al poeta Jorge Eslava.
De esa época data las cartas de Valle a la escritora Esther Allison, que El Comercio publicó años más tarde bajo el significativo membrete de “Diario de Hospital” (1958). “Esta correspondencia, aunque cruda y descarnada, te enseñará algo sobre mi abismo”, escribe Valle. Según Eslava: “sus últimos años fueron de desgracia”. Realmente, nos agobia una gran melancolía al redactar estas líneas… El pobre “Vallecito” moría existencialmente, se dejaba desvanecer.
Un 13 de agosto de 1953, “golpeado por la neurosis y la dipsomanía” –afirma Eslava- Valle muere atropellado por un auto en la Plaza Italia, en Lima. Con él, se fue uno de los más grandes poetas del Perú. Otro estudioso de Valle es su propio “paisano”, el escritor José Fabriciano Vásquez Bailón, quien publicó el libro: "LUVAGOIS. Rastro y circunstancia" (Ediciones Publimagen. Trujillo - Perú. 1998), al que se suma el crítico liberteño Blasco Bazán Vera. Ellos están haciendo una labor intensa para difundir su alta poesía.
El sobrino del poeta, Luis Valle Cisneros,  en entrevista personal confirmó que han solicitado al Congreso de la República, la Universidad Alas Peruanas y el Gobierno Regional de La Libertad, el financiamiento para la próxima aparición de las prosas completas, que incluirá las Cartas a Esther Allison, escritas en un cuaderno durante su estadía en el Hospital Hermilio Valdizán, donde aborda sus "desesperados insomnios", textos que fueron publicados en el diario El Comercio en 1958 bajo el nombre de "Diario de Hospital". En el diario decano de la prensa nacional, Valle también publicó la columna "El árbol que no retoña".
Cabe anotar que el libro “La pared torcida” incluye sus poemarios "Canciones de Rinono y Papagil" (1932), "El sábado y la casa" (1934), "La elegía tremenda y otros poemas" (1936), "Parva" (1938), "Los zapatos de cordobán" (1938), "Paz en la tierra" (1939), "Miss Lucy King y su poema" (1940) y "Jacobina Sietesolios" (1945) poema dramático sobre San Francisco de Asís. Como novedad se incluyeron sus poemarios "Al oído de este niño" (1943-44), "Amor acecha" (1939), "Sal" (1939), "Tema inefable" (1944-45), y otros poemas sueltos.
Respecto al fallecimiento del poeta, en la mañana del 13 de agosto de 1953, la policía lo encontró moribundo, quizá atropellado por algún automóvil en la Plaza Italia, tras lo cual fue trasladado a la morgue. Para identificarlo la policía tuvo que redoblar esfuerzos, pues no portaba documentos de identidad. El velorio se realizó el local de la Asociación Nacional de Escritores y Artistas (ANEA) en el centro de Lima.
Ahora, con la conmemoración de su primer centenario y la edición de sus obras, la poesía de Valle vuela sobre el mundo, y a más de medio siglo de su partida física es el mejor homenaje del Perú a su memoria y su legado literario. Entonces su muerte sólo será parte de un viaje, el viaje de todos nosotros. El periodista Ernesto Moore escribió al respecto: "Valle, que parecía destinado al ara y al misal, terminó sólo con el cáliz. Murió fiel a la sangre de Cristo y fiel también a la Doctrina del Maestro: sin un centavo y con el alma blanca".(NCS)

OPINIONES CRÍTICAS SOBRE LUIS VALLE GOICOCHEA
Luis Alberto Sánchez en el Tomo V de "Literatura Peruana" dice: "Valle Goicochea, en su obra poética, convocó a la sencillez y a la castidad, como Eguren y Martín Adán, pero no se enredo en giros retóricos, ni se entregó a pesquisas semánticas; no hizo experimentos. Cantó, cantó lo tierno, lo profundo, lo humanamente irrenunciable...Amaba las cosas simples y las expresaba simplemente".
Sebastián Salazar Bondy en la Revista Cultural Nº 1, Lima, 1943, en su artículo "Tres imágenes descontinuadas de Luis Valle Goicochea", dice: "En sus delicados libros están para siempre la infancia, el lar, los bosques, la luz, sus hermanos, los animales (domésticos), las montañas, el juego, los sábados y la casa, firmes como un sábado infinito".
Washington Delgado, en el Diccionario Histórico y Biográfico del Perú, nos dice: "Poeta hondo y sencillo, en cuya obra los temas hogareños y regionales se alternan con finas inquietudes espirituales, con íntimos desahogos líricos".

Jorge Eslava en el Suplemento Cultural LUNDERO del diario "La Industria" de Chiclayo, del 29 de abril de 1990, dice: "Toda la escritura de Valle Goicochea tiene un acento evocador y trágico. Una terca nostalgia la recorre. La suya no es una poesía aferrada a la tierra y a los hombres, sino al recuerdo de ellos y, en ese temblor emocional quebradizo o menudo, se transparentan los sentimientos, pero el sentido de la experiencia íntima se oscurece. Un hilo que se devana...". Y en el Dominical de El Comercio del domingo 31 de octubre de 2010: “Lo primero que sorprende es el distanciamiento de cualquier acrobacia vanguardista y más bien se advierte la serena afirmación de ingresar a un nativismo fresco y fecundo…En algunos de sus textos aparece una sutil nota de muerte o de secreto dramático”.

Aurelio Miró Quesada, en el prólogo a la "Obra poética de Luis Valle Goicochea", publicado por el INC en 1974, recalca: "Con deliciosa ingenuidad, Luis Valle nos habla de gentes y cosas que eran suyos, que el evocaba con ternura infantil: el pajarito Rinono, la hermana Queca, la Rarra, el tío Gil, la viejita recadera, doña Sacramenta, la hilandera, el tío Daniel, el Sacristán, el Dolores, don Ninfo el molinero; junto a la sencillez de las personas, la apacibilidad de la vida en el pueblo de La Soledad, en donde nada más importante para un niño que el asno, que la escuela, la acequia, la Pila de la Plaza, la puerta de la mina, las campanas de la iglesia...Valle, por unos caminos tan sencillos nos conduce a la emoción tan cierta y a una ternura tan auténtica".

Marco Antonio Corcuera opina: "Nunca antes se había cantado y contado en forma tan natural y tan sencilla el sentimiento familiar, fabricando las palabras con las cuales se expresa el contento de la vida... Su lenguaje fue natural y fraterno, ajeno a ropajes líricos innecesarios; lejos del estridentismo barroco y las estridencias del vanguardismo imperante en esa época. Sus versos eran de una sencillez extrema, casi enfermiza, desnudadora de su alma todavía en botón que después floreciera con una imagen irrepetible en la literatura peruana". (Notas críticas tomadas de Wikipedia)
También publicado en: http://www.semanarioexpresion.com/columna.php?cl=culturales&edicion=690


(*) Nota del autor: Sobre la estancia del poeta Luis Valle Goicochea en los conventos de La Recoleta del Cusco y San Francisco de Arequipa en la década del ´40, estamos realizando una investigación en el Archivo San Francisco de Lima con el objetivo de determinar con exactitud: 1) Las fechas de ingreso y egreso de Valle a la orden franciscana, 2)Tener la relación de los poemas y ensayos que publicó Valle en la Revista Franciscana del Perú 3) Recopilar más testimonios de los frailes que lo conocieron.

Más sobre Luis Valle Goicochea: http://eltayabamba.com/letras%20luis%20valle%20goicochea%201.html

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