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miércoles, 17 de noviembre de 2010

Noviembre 17: Santa Isabel de Hungría.

Noviembre 17: Santa Isabel de Hungría, Viuda, de la Tercera Orden (1207‑1231). Canonizada por Gregorio IX el 27 de mayo de 1235.

Santa Isabel de Hungría (Óleo de Marcos da Cruz)
Esta joven Santa del siglo XIII a quien los hermanos y hermanas de la penitencia veneran como Patrona, se consumó en el ardor de todo lo bueno y dejó una estela luminosa de amor, un ejemplo que la cristiandad nunca ha olvidado.
Isabel, Langravia de Turingia, nació en 1207 en Hungría, hija del rey Andrés II y de la reina Gertrudis de Merano. Siendo todavía niña fue dada por esposa a Luis, Langrave de Asia y Turingia y creció con él en el amor de Dios y del prójimo. Pasaba largas noches en oración y dedicaba sus días a visitar a los enfermos y a socorrer a los pobres. Pero su grandeza brilló sobre todo después de que murió su esposo, que se había hecho cruzado. Fue despojada de todos sus bienes, arrojada a la calle con sus hijitos y forzada a buscar refugio en un establo, ella, que había ayudado a tantos y construido hospitales para sus súbditos. No se quejó de ello, sino que entró a la iglesia de los Hermanos Menores y pidió que se cantara un “Te Deum” porque el Señor le había dado su pobreza. Vistió el hábito de la Tercera Orden y recibió de San Francisco el regalo de su manto.
Cuando más tarde le fueron reconocidos sus derechos, que tuvo que reivindicar para sus hijos, no cambió de vida, sino que continuó trabajando con sus manos para ayudar a los pobres. Las visitas del Señor en la oración eran frecuentes.
Santa Isabel en solos 24 años de vida conoció riqueza y miseria, honores y desprecio y santificó todas las condiciones de la vida de una mujer: religiosísima desde su juventud, amantísima esposa con un corazón maternal para con su pueblo, madre delicadísima de tres hijos, tempranamente viuda, arrojada, errante con sus hijitos hambrientos; siempre sobreabundante de gozo en la pobreza y en el dolor, porque abundaba totalmente en Dios, cuyo amor tierno y fuerte conocía. Dios la escuchó por sus hijos, cuyos derechos principescos fueron reconocidos; para sí conservó sólo el inestimable tesoro de la pobreza franciscana que le había revelado la dulzura de Dios.
Característica de su vida es la caridad hacia los pobres, a quienes asistía siempre con regia generosidad y visitaba en sus barracas. Es célebre la anécdota de su esposo Luis, quien se encontró con ella mientras bajaba del castillo de Marburgo con las provisiones para los pobres, ocultas bajo el manto. Cuando él le preguntó qué llevaba, corrió el manto y aparecieron fresquísimas rosas a pesar del crudo invierno. Otra vez un leproso a quien después de lavarle los pies y dado alimento, lo colocó a dormir en su lecho regio; al regresar el esposo, indignado quiso ver quién era ese leproso que dormía en su lecho, y con sorpresa vio a Cristo, que en un nimbo de luz desapareció dejando gran gozo en el corazón de ambos cónyuges. Murió de veinticuatro años el 17 de noviembre de 1231 y fue sepultada en Marburgo el 19 del mismo mes.

1 comentario:

Anónimo dijo...

esta santita es maravillosa gracias a dios ,,le pido bendiciones para todos los que todavia estamos en este mundo