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lunes, 8 de noviembre de 2010

Semblanza de Luis Valle Goicochea, por Ciro Alegría Bazán

A continuación, una semblanza del poeta Luis Valle Goicochea -poeta peruano que fue fraile franciscano en la década del ´40- escrita por el novelista peruano Ciro Alegría y extraida de sus memorias tituladas "Mucha suerte con harto palo".

"Luis Valle Goicochea entregóse con ahínco a su quehacer poético y también compuso cuentos, algunos de los cuales fueron publicados en Variedades. Que tan conocida revista limeña acogiese la producción de un novel escritor provinciano era considerado entonces un triunfo. Una tarde presentóse Valle en mi redacción, enarbolando la revista, con un aire de vencedor en el que había una espontaneidad infantil. Salimos a dar vueltas por la plaza, donde me leyó el cuento, que lucía ilustraciones de Vizcarra. El nuevo colaborador no había dicho nada del envío, temiendo un fracaso, y parecía casi sorprendido.

Días van, días vienen, Valle Goicochea y yo llegamos a ser grandes amigos. Saliendo del trabajo, a eso de las seis, nos reuníamos para conversar o ir al cine. A veces volvíamos a vernos por la noche, las más en casa de Valle, para leernos nuestras producciones. El plural resulta aquí excesivo. Quien frecuentemente leía era Valle. En comparación con mi amigo, yo escribía poca literatura de ambiciones. Mis cuentos y versos se me antojaban deficientes y los rompía sin vacilar. ¡De cuántas malas páginas se habrían librado mis lectores, de continuar yo con tan juvenilmente saludable costumbre! Para guardarme de romper, decidí que mejor era no escribir o hacerlo en proporciones mínimas. Sólo de tarde en tarde llegaba a casa del amigo con cuartillas que habían sobrevivido a mis bizarras exigencias.

Las playas del orondamente llamado Buenos Aires, pequeño balneario próximo a Trujillo, nos tenían de paseantes a la caída del sol. Tal se usa en los Andes, Valle llamaba a esa hora “la oración”. Las gentes nos conocían como periodistas y sabían que éramos poetas, de modo que nos miraban con esa condescendencia que es justo que empleen las personas sensatas frente a soñadores.

La vida discurría con una uniformidad que habría sido monótona, de no estar animada por las intensas sorpresas de la creación, la lectura y la charla. Lo más hermoso del artista adolescente es su pasión estética. Eso de amar estilos, formas, tesis, ideas, sin otro interés que la belleza. Teníamos con Valle discusiones épicas. Cierta vez, nada más que por habernos extralimitado en la expresión de nuestras convicciones, estuvimos sin hablarnos durante una semana. Valle me llamó por teléfono y el asunto quedó arreglado con cuatro palabras. Necesitábamos pelear, inclusive.
(…)
Los reveses eran ampliamente compensados con trabajo y esperanzas. Ese tiempo trujillano de los primeros pasos fue el más feliz en la vida de Valle Goicochea. Era un ser de todas maneras frágil, sostenido y fortificado por un ideal de belleza. Comenzó, de pronto, a alentar el proyecto de irse a Lima, pues ya tenía versos suficientes como para publicar un libro. A la vuelta de un mes, lo realizó. No tenía mucho dinero y vendió sus cosas. Y para economizar en los gastos de viaje, contrató asiento en uno de esos destartalados autos que, por no haber carretera, hacían el viaje capeando las olas de la playa o hundidos en una arenosa huella.

Nos despedimos en Moche, donde estaba veraneando su familia. Contra lo que yo esperaba, el sensitivo Valle se despidió con notable sobriedad. Estrechó un poco más a su hermanita, muchacha delgada y paliducha, de amplia cabellera rubia, a la cual tenía gran cariño. Ocupó un asiento al lado del chofer y se alejó sin voltear. No debía retornar más a Trujillo ni al estado de espíritu que lo hizo alejarse. Cuando años después lo volví a ver en Lima, Luis Valle Goicochea era distinto. Llevaba una dura impronta de tristeza.

El más frecuente sueño del artista provinciano, ese de instalarse y triunfar en Lima, había sido realizado en parte por el joven poeta Luis Valle Goicochea. Al menos establecióse en Lima.

No contó con dinero suficiente para publicar de inmediato el libro que tenía compuesto. Consideró el contratiempo como una circunstancia artísticamente favorable. El inédito volumen mostraba abundancia de forzados sonetos y múltiples versos metrificados con excesivo artificio. Yo le había dicho en Trujillo que su mejor manera era la sencilla, pues el mejor Valle era diáfano.

Sobre su evolución literaria, me escribía cartas frecuentes que contenían también algunas otras noticias personales. Como es lógico que ocurra a un artista que comienza, se ganaba la vida entre abundantes tropiezos.

El poeta Alcides Spelucín hizo un viaje a Trujillo y me dio más información del amigo; se la pasaba hablando bien de mí. En ese año de 1929 en que Alcides me refirió el caso, no me pareció tan notable. Con los años, he podido apreciar mejor su condición noble. Cuando creía ver mérito en otro escritor, lo proclamaba con entusiasmo. Y jamás caía en esas subalternas agresividades, llenas de mezquindad, en que corrientemente suelen sumergirse los llamados servidores del espíritu. Esta y otras condiciones parecidas conformaban al Valle superior que, indefectiblemente, debía ser herido por la existencia".

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