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martes, 4 de enero de 2011

CLAUSURA DEL IV CENTENARIO DE LA MUERTE DE SAN FRANCISCO SOLANO

Por Fr. José Rodríguez Carballo OFM, ministro general de la Orden Franciscana.

Lima, 5 de diciembre de 2010

Queridos hermanos franciscanos del Perú, queridos hermanos y hermanas: “¡El señor os dé la paz!”.



Fray José Rodríguez Carballo OFM, ministro general de la Oden Franciscana (al centro), durante el Encuentro con los Formandos realizado en el Convento de Los Descalzos en el Rímac (Lima) en diciembre de 2010.




A punto de terminar el año del Señor 2010, hacemos hoy memoria del Apóstol de América, Fr. Francisco Solano, “el Santo”, como es conocido en Andalucía, la tierra que lo vio nacer en 1549. Durante todo el año hemos recordado a esta figura insigne del franciscanismo de todos los tiempos, por su santidad y por su celo apostólico; celo que le trajo a estas tierras para restituir, con su vida y su palabra, como quería San Francisco, el don del Evangelio que él había recibido y profesado como regla y vida a los 20 años, cuando hace su primera profesión como Hermano Menor, en Montilla, su pueblo natal. Bien formado intelectualmente y espiritualmente en el santuario de la Virgen de Loreto (Sevilla) en la escuela del humanista Fr. Luis de Carvajal (teólogo del Concilio de Trento), y del músico y hombre de ciencias, Fr. Juan Bermudo, muy pronto se destacará por su vida ejemplar, su afición a la música y sus dotes para la predicación. Ello hace que sea nombrado maestro de novicios en el convento franciscano de Arrizafa (Córdoba) y en y en San Francisco del Monte (Granada), y varias veces haya sido llamado a desempeñar el servicio de guardián en diversas casas franciscanas de España, servicios que alterna con la predicación y la visita a los enfermos: los dos grandes amores de Solano, después de Cristo.

No pudiendo haber realizado su sueño de pasar al norte de África, donde deseaba testimoniar con el martirio su amor por Cristo, el 13 de marzo de 1589 parte para América donde desarrollará una incansable labor apostólica. Primero en La Plata, luego el Tucumán, Jauja, Lima, Cuzco, la ruta de las Charcas, La Paz, Potosí, Córdova, de nuevo Lima, donde en la enfermería de este convento de San Francisco de Jesús el Grande, morirá el 14 de julio de 1619, en olor de santidad y rodeado del afecto de la gente a la que desde joven se había entregado sin reserva alguna. Con razón podemos definirlo como hombre de Dios y apóstol de América, donde, a través de canto y de la música, y, sobre todo con su vida sobria, llevó el Evangelio a quechuas, calchaquíes y guarayos, a colonos y nativos, a ricos y a pobres.

San Francisco Solano vive en un momento de cambio y de profunda transformación de la sociedad. No falta santidad en la Iglesia y en la vida religiosa del momento. No podemos olvidar que es contemporáneo de los cinco santos más importantes de América: Santo Toribio de Mogrovejo, Santa Rosa de Lima, San Martín de Porres y San Juan Masías. Pero también se da una cierta decadencia espiritual en la Iglesia y en la vida religiosa que hace que crezca la conciencia de la necesidad de una profunda “reforma” al interno de la vida cristiana y de la misma vida religiosa. El santo montillano crece en ese ambiente y contribuye grandemente a la reforma interna de la Orden franciscana con su vida de santidad, y a la reforma de la vida cristiana con su predicación.

Todo un ejemplo a seguir en estos momentos en los que también nosotros estamos viviendo un cambio de época y en los que la Iglesia misma está empeñada en una profunda revitalización de la vida cristiana, a través de la nueva evangelización, y la vida franciscana es una no menos profunda “refundación” de la forma de vida que hace ahora 800 años nos ha dejado el Padre San Francisco.

El Capítulo general 2009, en perfecta sintonía con este movimiento dentro de la iglesia y de la vida franciscana, ha hecho una fuerte llamada a todos los Hermanos Menores a restituir, con la vida y la palabra, el don del Evangelio a los hombres y mujeres de nuestro tiempo. El Evangelio es presentado como la base sobre la que se edifica nuestra fraternidad (…) y como don llamado a ser restituido (…). Los Hermanos menores que hemos abrazado por la profesión una vida evangélica somos llamados a comunicar, como hacía la primera fraternidad franciscana, aquello que vivimos. Vivir el evangelio para luego hacer partícipes a los demás de ese don. He aquí nuestra vocación, he aquí nuestra misión. Vivir el Evangelio, para luego restituirlo a los demás, he ahí el modo como los franciscanos de todos los tiempos estamos llamados a “reedificar” la Iglesia de Cristo que “amenaza ruina”. Lo que se nos pide en este momento es hacer de nuestra vida, como lo hizo San Francisco de Asís y como lo hizo San Francisco Solano, un “evangelio viviente”; hacer que nuestra vida, en todas sus manifestaciones, sea una epifanía de aquel que un día hemos decidido seguir “más de cerca”, lo cual es incompatible con la mediocridad, la rutina y la resignación. La vida franciscana, como la vida consagrada en general, necesita de fuego nuevo, de linfa joven, de pasión por Cristo y por la humanidad, particularmente por la humanidad “herida”.

Ello será posible sólo si asumimos el Evangelio como el elemento referencial de nuestra vida y misión; si lo asumimos realmente, y no sólo teóricamente, como “regla y vida” de nuestro ser y de nuestro hacer, si lo asumimos como criterio fundamental de discernimiento. Es el momento, mis queridos hermanos del Perú, de partir del Evangelio, de apostar por la calidad evangélica de nuestra vida y misión, que va más allá de la lucha por la supervivencia. Es el momento de volver a lo esencial que para nosotros Hermanos Menores consiste en: la dimensión contemplativa, la vida fraterna en comunidad y la Misión. La dimensión contemplativa, para que sea auténtica ha de basarse en un encuentro personal con Jesús, y en una experiencia de fe que envuelva a toda la persona y que lleva a la obediencia de la fe. A ejemplo de Solano, estamos llamados a cultivar nuestra fe. Sin ella nuestra vida y misión serían mortecinas, y poco a poco perderán mordiente para quien nos ve y sentido para nosotros mismos. La vida fraterna en comunidad, deberá encontrar su frescura en la búsqueda constante de los medios oportunos para recrear la comunión, la intercomunicación y la calidez y verdad en las relaciones interpersonales de los hermanos entre sí. Si queremos que nuestra misión sea fecunda hemos de cultivar una exquisita atención a la vida fraterna en comunidad. Y la misión, sostenida siempre por una fuerte experiencia de Dios, vivida desde la fraternidad; una misión que sea siempre inter gentes, y abierta para los que se sienten movidos por el espíritu, a la misión ad gentes, expresión plena de la misión inter gentes; una misión abierta, también a la colaboración con los laicos y los demás religiosos, particularmente con la familia franciscana.

En este contexto de misión, otro dato llamativo de la vida de San Francisco Solano, y que resulta de gran actualidad en nuestros días, es la fantasía y la creatividad de su actividad evangelizadora. Dotado de grandes dotes al servicio de la misión. Con la música y el canto atraía a numerosos indígenas, y con la palabra de su predicación, llena de ardor y de pasión por el Señor, convertía sus corazones y el corazón de muchos colonos. San Francisco Solano, un fraile del pueblo, encuentra en esa cercanía la respuesta adecuada a las necesidades existenciales de los hombres y mujeres de su tiempo, de ahí la fecundidad evangélica de su predicación. Al mismo tiempo es un hombre seducido por Cristo, Palabra de Dios inculturada por excelencia. Esa seducción le lleva a encarnar el mensaje evangélico en el contexto en que le tocó vivir, dejándonos un ejemplo de verdadera y profunda inculturación. Seducción por el Señor y cercanía al pueblo, eso es lo que explica la gran creatividad y fantasía evangélicas de Solano. Pasión y cercanía al pueblo harán que también nosotros sepamos encontrar los medios necesarios para llevar el don del Evangelio a los hombres y mujeres de hoy, sin repetirnos, con un lenguaje comprensible para nuestras gentes, acompañado de gestos concretos que den autenticidad a nuestras palabras.

Siempre en el contexto de misión, Francisco Solano es un verdadero “cruzador de fronteras”, un hombre en camino, ligero de equipaje, como Jesús, que recorría pueblos y ciudades predicando la Buena noticia. Fiel discípulo de San Francisco de Asís, quien enviaba a sus hermanos de dos en dos a predicar el Evangelio por el mundo entero, Solano deja su tierra y parte para América, dejándose sorprender por el Señor que nunca se repite. Contemplando la figura de San Francisco Solano, ¿cómo no pensar en Abraham, Moisés, los profetas, Pablo y de los grandes apóstoles itinerantes de todos los tiempos? Una itinerancia que hunde sus raíces más profundas en la fe y que ha de ser leída en clave de pascua pues comporta siempre muerte y resurrección. Una itinerancia que es disponibilidad para hacer la voluntad de Dios y el bien a todos, particularmente a los más pobres y necesitados. Hoy también a nosotros se nos pide ser más itinerantes, más disponibles, ponernos en camino para ir al encuentro de los hombres y mujeres, nuestros hermanos. Se nos pide ser menos autorreferenciales, llevar una vida discipular apasionada por Jesús, camino al Padre. Se nos pide pensar menos en nosotros mismos y pensar más en las multitudes hambrientas del pan del Evangelio. ¿Seremos capaces de ponernos en camino, de dejar a un lado tantas comodidades que nos esclavizan, tantos localismos que nos aprisionan y empobrecen, y de ir por los caminos del mundo para restituir el don del Evangelio? Sólo en esa actitud podremos ser hombres auténticamente libres, hombres evangélicos, como lo fueron Francisco de Asís, y San Solano. ¿No será que nuestro inmovilismo evangelizador y misionero están apuntando a una falta de pasión por el Señor y por la humanidad?

Juan Bautista nos invita a la conversión. Ya no podemos quedarnos en la ilusión de ser hijos de Francisco y hermanos de Solano. Agraciados con el don del Evangelio, hoy se nos pide que salgamos por los caminos del mundo a preparar los caminos del Señor, a allanar sus senderos. Sólo así podremos participar de la alegría de la llegada del Mesías. Que sean Solano, el santo de Montilla que por vocación y misión es americano y peruano, nos alcance del Señor el ser hombres apasionados del Señor y de la humanidad, para poder participar, como él, de la alegría del Señor y hacer gloriosa nuestra morada.

(Tomado de Boletín “Fraternidad Provincial” Nº 291. Lima, 28 de diciembre de 2010, Provincia Misionera de San Francisco Solano).
















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