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lunes, 10 de enero de 2011

Enero 10: Beato Gil de Lorenzana. Ermitaño religioso de la Primera Orden (1443‑1518).

Enero 10: Beato Gil de Lorenzana. Ermitaño religioso de la Primera Orden (1443‑1518). Su culto fue aprobado por León XIII el 24 de junio de 1880.


 
Gil nació en Lorenzana en 1443. Sus padres lo formaron piadosamente. De joven se sintió atraído por la vida eremítica. Con ofrendas recogidas de limosnas construyó un oratorio dedicado a San Antonio de Padua, donde transcurría largas horas en ferviente oración, gustando las suaves dulzuras de la contemplación. El pueblo no tardó en apreciar su virtud y acudía a él como a un santo.

Para huir a este plebiscito de veneración, el piadoso ermitaño fijó su morada un poco más lejos de Lorenzana, junto al pequeño santuario de “Santa María del Cielo Calata”, donde el silencio de aquella feliz soledad hacía más agradable la permanencia para un alma sedienta únicamente de Dios. Allí renovó la vida de los antiguos anacoretas: silencio, trabajo, oración, ocupaban su jornada. Se contentaba con pocas horas de reposo, sobre un duro jergón. Los sentidos eran refrenados y el alma alcanzaba las más altas cumbres de la contemplación. Pero también este eremitorio se volvió meta de frecuentes peregrinaciones que perturbaban su soledad.

Decidió entonces dejar también este santuario y trabajar colaborando con un colono que vivía junto al convento franciscano de Lorenzana. Más tarde pidió y obtuvo el hábito franciscano en calidad de hermano. Su tenor de vida fue austero: cilicios y flagelos martirizaban sus carnes, era su alimento un poco de pan. Su alma aspiraba al cielo. Tenía frecuentes éxtasis. Por algún tiempo fue enviado al convento de Potenza, donde conservó el mismo tenor de vida.

El conde Carlos de Guevara vio un día una paloma posarse en su cabeza, mientras estaba en éxtasis. A una mujer que lloraba por la larga ausencia del marido, Gil le predijo el regreso. Una tal Masella Blasi de Lorenzana curó completamente con sólo trazar el siervo de Dios la señal de la cruz en su frente.

Unos espíritus malignos a menudo lo atormentaban golpeándolo contra el pavimento. A veces los cohermanos oían los ruidos. Una grave enfermedad lo redujo en poco tiempo. En el lecho de muerte siguió edificando a los cohermanos. Con gran devoción recibió los últimos sacramentos. Murió el 10 de enero de 1518, de 75 años de edad. Dios lo glorificó con numerosos milagros.

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