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viernes, 18 de febrero de 2011

Febrero 18: San Joaquín Sakakibara, Mártir japonés, de la Tercera Orden Franciscana († 1597). Canonizado por Pío IX el 8 de junio de 1862.


La evangelización del Japón comenzó en los años 1549‑1561 por obra de San Francisco Javier y se desarrolló en los decenios siguientes con notables resultados. En 1587 la comunidad católica japonesa, con su centro principal en Nagasaki, se calculaba en 205.000 fieles. En este año comenzó la persecución, primero con un decreto de expulsión de los jesuitas, quienes en gran parte permanecieron en el país, continuando silenciosamente su actividad apostólica. En 1593, provenientes de Filipinas, desembarcaron algunos franciscanos que comenzaron una valerosa predicación coronada con numerosas conversiones, erección de iglesias, conventos, hospitales y escuelas para acoger niños. Estas dinámicas actividades provocaron la reacción del gobierno, que ordenó que fueran aprisionados los religiosos franciscanos y sus más cercanos colaboradores. Los arrestos tuvieron lugar en fechas diferentes: el 9 de diciembre de 1596 en Osaka fueron arrestados los 6 franciscanos y el 31 de diciembre en Meaco fueron capturados 15 laicos japoneses, al año siguiente otros dos japoneses fueron agregados al grupo de los mártires.
Entre éstos recordamos a Joaquín Sakakibara, natural de Osaka, quien estaba al servicio de los franciscanos como ecónomo de los hospitales y de las demás obras caritativas de la misión. Era todavía catecúmeno cuando se enfermó. Su mujer, cristiana, pidió a los padres que le apresuraran el bautismo, pero ellos se lo demoraron para darle tiempo de prepararse mejor para el sacramento. El bautismo lo transformó en otro hombre. Le acrecentó el entusiasmo para el bien. Se hizo Terciario franciscano y dedicó su vida como ecónomo y enfermero de los hospitales y de las demás obras de asistencia.
También Joaquín fue del afortunado número de los confesores de la fe. Los mártires suben a la Santa Colina seguidos por muchos cristianos que lloran. Los mártires alientan a los fieles y predican a los paganos. En cuanto ven la cruz en la cual consumarán el holocausto, se arrodillan y cantan el “Benedictus”. Después cada mártir busca su propia cruz y la abraza, apretándola amorosamente al corazón. Los soldados atan a cada mártir a la cruz. Desde lo alto con el rostro iluminado por gran serenidad, predican todavía a Cristo. A las diez de la mañana los soldados esperan la orden del gobernador para traspasar a las víctimas. La orden llega y los mártires son horriblemente destrozados y expiran con los nombres de Jesús y de María, otros exclaman: “Señor, en tus manos encomiendo mi espíritu”, otros cantando “Alabad al Señor todas las naciones”, los tres más jóvenes cantan: “Alabad niños al Señor”. La última víctima fue San Pedro Bautista que animó a los cristianos, invitó a los paganos a convertirse y tuvo palabras de perdón para los verdugos. La inmolación de los 26 mártires estaba cumplida, y sería semilla fecunda de nuevos cristianos. Era el miércoles 5 de febrero de 1597.

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