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martes, 1 de marzo de 2011

Marzo 1: San Francisco Fahelante, Mártir japonés de la Tercera Orden († 1597). Canonizado por Pío IX el 6 de junio de 1862.


Nacido de una familia pagana. Después de un largo catecumenado recibió el bautismo. Vivió con entusiasmo su fe, ingresó a la Tercera Orden Franciscana y tomó el nombre de Francisco por devoción a San Francisco de Asís. Ayudó a los misioneros en la predicación del evangelio, como catequista en la preparación para el bautismo de los neófitos, en la asistencia y cuidado de los enfermos en los hospitales que habían erigido junto a los conventos de Meaco, Osaka y Nagasaki; en las escuelas, donde se acogían numerosos niños cristianos y paganos a los cuales se impartía una sólida instrucción. La dirección de estas obras estaba confiada a los terciarios.
Vino luego la persecución que, como huracán, todo lo subvirtió y destruyó. Fue grande el dolor de los cristianos cuando vieron a los padres y a los terciarios atados como malhechores y encarcelados entre la brutalidad de la soldadesca y los insultos de los bonzos. San Pedro Bautista al abandonar su querida iglesia de Santa María de los Angeles, testigo de tanto fervor de oraciones, exclamó: “Salve, María, sublime virgen, exaltada sobre los ángeles”. Cuando el cortejo llegó ante los hospitales de San José y de Santa Ana, la conmoción llegó al colmo. Cuando los enfermos curados asistidos por la caridad de los padres, los vieron conducidos a la muerte, prorrumpieron en llanto: “Y ahora ¿qué será de nosotros? ¿Quién nos ayudará y cuidará de nosotros? ¿Quién nos confortará en nuestros sufrimientos? Ellos eran para nosotros padres, bienhechores y ángeles tutelares!”... San Pedro Bautista los consoló: “Animo, hijitos, recuerden que en el cielo hay un Dios que es Padre, especialmente de los pobres y humildes. Los confío a María madre suya y nuestra. Adiós, hijitos, adiós. Hasta el cielo!”. Entre Osaka y Nagasaki se acrecentó el grupo con dos nuevos compañeros, Francisco y Pedro, que en un primer momento no estaban en el número de los mártires, pero se propusieron acompañarlos y ayudarles durante el viaje. Tuvieron que sufrir los insultos de los soldados pero no quisieron alejarse, y finalmente también ellos fueron encadenados, y su constancia fue premiada con el martirio, el 5 de febrero de 1597.