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viernes, 15 de abril de 2011

SAN BENITO JOSE LABRE

Peregrino, cordígero de la Tercera Orden (1748‑1783) Canonizado el 8 de diciembre de 1881 por León XIII.

www.franciscanos.net/santoral/index.htm


Nació en Amettes, Francia el 26 de marzo de 1748. Su familia vivía del producto de una finca, pero vivían precariamente, pues eran 15 hijos.



Benito José era el mayor, hizo los primeros estudios en su pueblo natal, mostrando una seriedad superior a su edad. A los 12 años de edad, su tío materno, el sacerdote Francisco José, le enseñó los primeros elementos de latín. A los 16 años manifestó el deseo de hacerse trapense, a lo cual se opuso su familia; cuando la madre lo reprendía por algunos sacrificios demasiado duros para su edad, él le respondía cariñosamente que no se preocupara, pues él debía prepararse para realizar su vocación de Trapense. Se hizo peregrino, no por el gusto de vagar, sino para ir a pie a las diversas trapas francesas, cuyas puertas siempre tocó en vano. Primero, era demasiado joven, luego demasiado débil. A lo largo de los caminos pudo saciar su sed de oración en los santuarios de Francia, España e Italia.



En Italia descubrió su verdadera vocación. El Señor lo llamaba a una soledad mayor aun que la de los claustros: lo puso en los caminos y en los caminos habría de permanecer, llegando a ser el «vagabundo de Dios». Se desprendía de todo, abandonaba su cuerpo a la intemperie, vestido de andrajos, entre insectos, las llagas corroían sus carnes, pero se elevaba siempre más en una oración de la cual nadie podía distraerlo. Iba ceñido con una cuerda, la de los cordígeros de San Francisco de la Tercera Orden que le habían dado en la Basílica de San Francisco en Asís. De sus espaldas pendía un saco que contenía todas sus riquezas: «La Imitación de Cristo», el nuevo Testamento y el breviario que recitaba diariamente. Tenía sobre el pecho un crucifijo, al cuello una corona, en las manos un rosario. Un bocado de pan y alguna hierba le bastaban para su alimento diario. Lo que recibía por caridad y juzgaba superfluo, lo distribuía a otros pobres. Casi siempre dormía al aire libre, al pie de un árbol, al lado de una cerca. Visitó varias veces a Loreto, Asís, Nápoles, Bari, Fabriano, Einsiedeln, Compostela, Paray‑le‑Monial.



Los últimos años de su vida los pasó en Roma, dormía habitualmente en un rincón de las ruinas del Coliseo. Una mañana de abril de 1783 fue encontrado desmayado en la calle que conduce a Santa María ai Monti, y murió el 16 del mismo mes en la trastienda de un carnicero que lo había recogido. Tenía 35 años. En cuanto expiró, corrió la voz por toda Roma: «Ha muerto el Santo!».

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