Buscar en la Página

RADIO FRANCISCANA

VIDEOS FRANCISCANOS

Loading...

miércoles, 11 de mayo de 2011

Hacia el VIII centenario de fundación de la Orden de las Hermanas Pobres de Santa Clara

http://www.ofm.org/

Santa Clara de Asís (foto:wikimedia.org)
El pasado 16 de abril de 2011, primeras vísperas del Domingo de Ramos, se inauguró en Asís (Italia) el 8º Centenario de la Consagración de Santa Clara y con él el de la Fundación de la Orden de las Hermanas Pobres.
El acto celebrativo comenzó en la Catedral de San Rufino, lugar en el que hace ahora 800 años el obispo de la ciudad le entregó la Palma de Ramos a la Virgen Clara. Desde aquella misma plaza de la Catedral, lugar en el que se encontraba la casa de Clara, en la madrugada del Domingo de Ramos al Lunes Santo, la Plantita de san Francisco se fugó hasta la ermita de Santa María de los Ángeles, para ser consagrada al Señor por el Hermano Francisco.
Y desde aquella misma plaza y hasta la Basílica de la Porciúncula, continuó el acto celebrativo con una peregrinación de antorchas y cantos, formada por frailes menores y otros religiosos y laicos, en el que se intercalaron lecturas de la Vida de Santa Clara, de sus Escritos y de sus Cartas,  haciendo estaciones por los diversos Monasterios de las Clarisas de la ciudad de Asís, y de un modo particular en la Basílica de Santa Clara, donde reposan sus restos santos.
Llegados a la Basílica de la Porciúncula, el Ministro general de la Orden de los Frailes Menores, el padre José Rodríguez Carballo, ofm, acogió una reliquia de la santa y pronunció una reflexión homilética. En ella destacó que en la Porciúncula, Dios, suscitó a la Orden de los Frailes Menores y a la Orden de Santa Clara, para vivir el Santo Evangelio, y dió dando gracias al Señor por el don de la Hermana Clara de Asís, mujer libre y enamorada de Cristo, mujer nueva, mujer cristiana y “esclava” de Cristo. Y elevando al Señor sus súplicas auguraba a todos que este Centenario fuese una ocasión especial para que las Hermanas Clarisas conociesen y viviesen mejor su vocación y ser signos en el mundo de la trascendencia del amor de Dios; para que los Frailes Menores intensificaran las relaciones fraterna con las Hermanas Pobres; y para que todos los hombres, no solo admirasen a Clara, sino que encontraran en ella un ejemplo de adhesión a Cristo. (Se adjunta la homilía pronunciada por el Ministro general)
Vuelve siempre al primer amor (Cf. 2CtaCl 11). Apertura del VIII Centenario de la fundación de la Orden de las Hermanas Pobres de Santa Clara (Santa María de los Ángeles, Porciúncula, 16 de abril de 2011).Queridos hermanos y hermanas, ¡el Señor os dé la paz!
Magnificat anima mea Dominum. En el nombre del Señor y con profunda alegría en nuestros corazones, abrimos hoy, en fraterna comunión con todas las Hermanas Pobres esparcidas por el mundo entero, el VIII Centenario de la consagración de Clara y, por tanto, de la fundación de la Orden de las Hermanas Pobres.
Y lo hacemos recordando aquella noche luminosa en que la joven Clara, dejando “las miserables vanidades del mundo”, como ella misma confiesa en su Testamento (cf. TestCl 8), abandona “casa, ciudad y familia”, para desposarse con Cristo “frente al altar de María” (LCl 8), y abrazar la forma de vida que Francisco le mostró (TestCl 5), y que más tarde el “señor papa” Inocencio IV bendijo, aprobando la Regla de la Orden de las Hermanas Pobres. Y lo hacemos precisamente aquí, en la Porciúncula, en donde hace 800 años la virgen Clara fue recibida por Francisco y por sus primeros compañeros, -gesto que hoy vivimos con profunda emoción acogiendo esta venerable reliquia de la pequeña planta de Francisco (RCl 1,3) – y donde con su consagración a Cristo pobre y crucificado, germinó la Orden de las Hermanas Pobres “instituida por el bienaventurado Francisco” (RCl 1,1), en cuanto “fundador, plantador y ayuda” de Clara y las Hermanas (cf. Test 48). Es en este lugar, de hecho, en el que nacieron las Orden de los Hermanos Menores y la Orden de las Hermanas Pobres, de manera que queda claro “que fue la Madre de la misericordia, a dar a luz en su morada la una y la otra Orden” (LCl 8).
Magnifica anima mea Dominum. Nuestro corazón y nuestros labios se abren a la alabanza del Padre de las misericordias por haber inspirado a Francisco de vivir según la forma del Santo Evangelio (cf. TestCl 14), y, pocos años después, por haber llamado a Clara y su “pequeña grey que el Señor Padre engendró en su santa Iglesia por la palabra y el ejemplo de nuestro beatísimo padre Francisco” (TestCl 46), a “observar el santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo, viviendo en obediencia, sin nada propio y en castidad” (Rb 1,1). Al mismo tiempo, agradecemos al Señor por haber llamado a tantos hermanos a vivir el Evangelio en la vida franciscana, y también por haber llamado a una multitud de vírgenes de Hermanas Pobres a vivir las dos notas fundamentales del carisma franciscano/clariano, así como lo indican tanto el nombre de esta Orden – Hermanas Pobres – como por la Bula de aprobación de la Regla: la unidad en la caridad y la altísima pobreza, teniendo como “Madre y Maestra” (cf. Prefacio de la fiesta de Santa Clara), la hija de Ortolana (cf. LCl 1), “admirable ya por su nombre, clara de apelativo y de virtud” (LCl 1; cf. 1C 18; BC 2.3) ).
Magnificat anima mea Dominum por el don de Clara, mujer libre y enamorada. El gesto que hoy recordamos acaecido hace 800 años no es solamente un gesto a través del cual se cumple una ruptura con un determinado estilo de vida que la Leyenda define como “apariencia caduca de los adornos mundanos” (LCl 4), pero es, sobre todo, el inicio de un camino de libertad total, que, bajo la guía de Francisco, en cuanto “columna”, “único consuelo después de la de Dios” y “apoyo de las Hermanas Pobres” (Test 38; cf. LCl 6), se completará cuando, después, de “aquel prolongado martirio de tan graves enfermedades” (LCl 44), “disuelto el templo de la carne”, se irá en compañía de “buena escolta”, para ser “laureada con el premio eterno” en la vida bienaventurada (cf. LCl 46). Y es entonces que sus nupcias con Cristo se convierten en verdaderamente definitivo. Es entonces que la mujer Clara llega a ser verdaderamente libre.
Clara, desde su juventud, fue atraída por el Esposo, fue llevada al desierto, allí escuchó en su corazón la voz del Esposo (cf. Os 2, 14ss), y descubriendo su belleza, se dejó conquistar, desde entonces, por “el más bello de los hijos de los hombres” (2CtaCl 20), desposándolo para siempre (cf. Os 2, 21), y entregándose completamente a Aquel que se nos ha entregado todo, como diría el Poverello (CtaO 37). Unida a Cristo como el sarmiento a la vid (cf. Jn 15,4ss). Desde entonces no ve otro, no piensa en otro, su “mente, alma y corazón” (cf. 3CtaCl 12-13) permanecieron constantemente vueltos al Señor (cf. 4CtaCl 15). Tal es la fascinación del Esposo que Clara, profundamente enamorada de Cristo, no desea contemplar otro que al “Esposo del más noble linaje” (1CtaCl 7), con el aspecto “más hermoso” (1CtaCl 9), “cuya belleza admiran sin cesar todos los bienaventurados ejércitos celestiales”, y “cuya visión gloriosa hará dichosos a todos los ciudadanos de la Jerusalén celestial” (4Ag 10. 13). Y seducida de tal belleza, no puede no escribir, ayer a su hermana Inés y hoy a cada uno de nosotros: “mira atentamente…, considera…, contempla…” (4CtaCl 19. 22. 28), “abrazada…, mira…, con el anhelo de imitarle” (2CtaCl 18. 20), cuyo amor “enamora” (4CtaCl 11), y “transformada toda entera, por la contemplación, en imagen de su divinidad” (3CtaCl 13). Es evidente que la mirada de Clara hacia Cristo es la mirada de la esposa hacia el Esposo, es la mirada de una mujer profundamente enamorada, en este caso enamorada de Cristo, el “más bello de los hombres” que por nuestra salvación se convirtió en “el más vil de los varones” (2CtaCl 19).
Frente a un tal descubrimiento, ¿cómo no apresurarse aquella noche del domingo de ramos de 1211 (cf. LCl 8) para abrazar la altísima pobreza? Frete a tal descubrimiento, ¿qué pueden significar cualquier tipo de pruebas? A Fr. Rainaldo que la exhortaba a la paciencia en aquel prolongado sufrimiento sufrimientos causados por la enfermedades, Clara le contestó: “Desde que conocí la gracia de mi Señor Jesucristo por medio de aquel su siervo Francisco, ninguna pena me resultó molesta, ninguna penitencia gravosa, ninguna enfermedad, hermano carísimo, difícil” (LCl 44). Frente a tal descubrimiento, ¿cómo no resistir con firme perseverancia a la violencia impetuosa de los familiares que intentaban en vano de disuadirla de su propósito? (cf. LCl 9). Frente a tal descubrimiento, ¿cómo no maravillarse que precisamente aquí, en la Porciúncula, se despoja de “las basuras de Babilonia”, entrega “al mundo el libelo de repudio” y “cortada su cabellera por manos de los frailes, abandonó sus variadas galas”? (LCl 8). Fue el poder del amor que sentía por Cristo pobre y crucificado lo que hizo que Clara no decayera su ánimo, no se entibiara su fervor, y no se dejara arrancar del servicio de Cristo y de su propósito de santidad (cf. LCl 9). En la vida de Clara, como en la de todo creyente, en la medida en que Cristo va tomando posesión del corazón, todo lo demás no cuenta más (cf.  2Cor 4,7ss).
Clara, mujer libre y enamorada; Clara mujer cristiana, como la llama Francisco; Clara mujer nueva, como la llama Celano, en una de sus cartas escribe a Inés: “Si sufres con él, reinarás con él: llorando con él, gozarás con él. Muriendo con él en la cruz de la tribulación con él poseerás las moradas eternas en el esplendor de los santos” (2CtaCl 21). Al com-padecerse, con-dolerse, con-morir corresponde un con-renegar, con-gozar, con-poseer. Estimulados del ejemplo de Clara, recorremos también nosotros sus huellas, con su mismo impulso y entusiasmo, “con andar apresurado y paso ligero (2CtaCl 12), sin dejarse envolver por “tiniebla alguna de amargura” (CtaCl 11).
Clara, “esclava de Cristo” (3CtaCl 2), Madre de innumerables hijas, Hermana y Maestra de todos nosotros, nos dejó una grande herencia para acoger con un corazón agradecido y disponible para transformarnos también nosotros en personas verdaderamente libres, con la finalidad de que nos enamoremos de Nuestro Señor Jesucristo; la herencia de volvernos cada día en verdaderos “cristianos” poniéndonos, como lo hizo Ella, frente al espejo para transformarnos en espejos para los demás.
Que este Centenario lleve a las Hermanas Pobres a profundizar el conocimiento de la propia vocación – “conoce bien tu vocación” (TestCl 4) -, y la experiencia espiritual, nupcial y mística de Clara, para que puedan vivir cada día, con mayor intensidad, su misma experiencia, y puedan ser testigos en el mundo de la trascendencia y del amor sin límites del Padre de las misericordias para nosotros.
Que este Centenario ayude a todos los Hermanos Menores y a todos los miembros de la Familia franciscana a vivir una profunda relación fraterna con las Hermanas Pobres. Tenemos necesidad los unos de los otros, los Hermanos de las Hermanas, y las Hermanas de los Hermanos. El Señor, Francisco y Clara, nos han pensado y nos han queridos complementarios.
Que este Centenario despierte en todos los hombres y mujeres de buena voluntad, no sólo la admiración por la pequeña planta de Francisco, como “claro espejo de conducta” (BC, 3), sin que refuerce también el deseo de imitarla en su adhesión a Cristo, “quien se ha hecho para nosotros camino” y que “nos mostró, de palabra y con el ejemplo, nuestro bienaventurado padre Francisco, verdadero amante e imitador suyo” (TestCl 5).
La intercesión de la Reina de los Ángeles, de Francisco y Clara nos obtenga del Altísimo, Omnipotente y Buen Señor, la gracia de ser hombres y mujeres libres de todo aquello que nos separa del Señor nuestro Jesucristo.
Clara, mujer cristiana, obtennos del Señor el don de una fe en Él que comprometa lo que somos, y sea la fuente de nuestra alegría, de nuestra esperanza, de nuestro seguimiento a Cristo, y de nuestro testimonio en el mundo.
Clara, mujer nueva, obtennos de Aquel que se ha hecho camino, el don de la verdadera conversión y de creer en el Evangelio, para que podamos seguir a Jesucristo con una vida profundamente evangélica, y así nos convirtamos también nosotros en personas nuevas.
Clara, pequeña planta de Francisco, obtennos de tu Esposo el don de saber ser personas libres de toda forma de idolatría y esclavitud, a fin de que podamos vivir, cada uno según su propia vocación, la pasión por Cristo y la humanidad, como Francisco y tú misma la vivieron.
Clara, madre y hermana, con el bienaventurado padre Francisco, vigila constantemente sobre tus hermanos y hermanas, para que, en fidelidad creativa, todos seamos, en todo momento y circunstancia, discípulos de Jesús, misioneros, testimonios y portadores del Evangelio, en todas las partes de la tierra. Fiat, Fiat, Amén.


Fr. José Rodríguez Carballo, ofm
Ministro general, OFM

No hay comentarios: