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martes, 10 de mayo de 2011

Mayo 10: Beato Félix de Nicosia. Religioso de la Primera Orden (1715‑ 1787).


Jaime Amoroso nació en Nicosia (Sicilia) el 5 de noviembre de 1715. Hijo de un pobrísimo zapatero remendón, aprendió y ejerció el arte de la zapatería en el local de la fábrica Ciavarelli, hasta la edad de 28 años, y de esta manera fue el principal sostén de la familia. Al ingresar en la Orden de los Hermanos Menores Capuchinos fue destinado al convento de Nicosia, donde fue hortelano, cocinero, zapatero, enfermero, portero y sobre todo limosnero hasta el día de su muerte.
Félix, habiendo crecido en una familia bien modesta en donde la virtud era tenida en gran honor, se destacó por la pureza de sus costumbres. Aceptaba pacientemente las grandes humillaciones que su guardián el imponía sistemáticamente para probar su humildad. Se sometió voluntariamente a ayunos, vigilias y rigurosas penitencias, que se añadían a las que le imponían la regla y los superiores.
En los contactos diarios con el pueblo era generoso en dar buenos consejos. Obró prodigios que le merecieron la fama de taumaturgo. Alimentó un amor ardentísimo hacia la Virgen Dolorosa y la Eucaristía, en cuya adoración solía transcurrir gran parte de la noche.
Era verdaderamente feliz, al haber logrado realizar su vocación franciscana. Es más, era felicidad compartida, pues el asno de la limosna nunca había estado tan bien como con él. En efecto, durante el día, cargado ciertamente con las limosnas, que aumentaban rápidamente, pero durante la noche el mejor lecho, de paja fresca y suave, era para el asno, porque Félix renunciaba gustoso a su ración de paja en favor de su compañero de trabajo. Pero este era un secreto entre él y el asno. Supo aceptar serenamente muchas humillaciones que le proporcionaron ciertas actitudes un tanto discutibles de un Superior.
Su diario vivir se desarrollaba  en una forma santa del trato y ásperas penitencias. Humildad, caridad, pobreza y obediencia eran sus virtudes más destacadas. En el convento fray Félix era conocido sobre todo por su obediencia. Tenía 72 años y agonizaba, el 31 de mayo, cuando pidió la visita del padre guardián. «¿Qué deseas, hijito?, le pregunta el superior “¿La bendición de los moribundos?” «También esa, respondió fray Félix, pero antes, padre mío, pido la obediencia, no sólo para vivir, sino también para morir». Esta era la gran lección que el antiguo zapatero dejaba a los capuchinos del convento de Nicosia. Y también por esta lección, buena para todos y en todos los tiempos lo proclamó Beato el papa León XIII el 12 de febrero de 1888.