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sábado, 14 de mayo de 2011

Mayo 14: San Crispín de Viterbo. Religioso de la Primera Orden (1668‑ 1750).


Crispín, en el bautismo llamado Pedro, nació en Viterbo de una modesta familia el 13 de noviembre de 1668, recibió de sus padres Ubaldo y Marcia Fioretti, una profunda educación cristiana. frecuentó los primeros años de la escuela y, aunque débil de constitución, se impuso pronto voluntarias penitencias y se dedicó al trabajo como aprendiz de zapatero. Deseoso de llevar una vida austera y consagrada a Dios, el 22 de julio de 1693 fue admitido en el noviciado en el convento de los Hermanos Menores Capuchinos de Palanzana, cerca de su ciudad natal. Hecha la profesión religiosa al año siguiente, fue destinado a ayudante de cocina en el convento de la Tolfa.
Su personalidad de asceta, su estilo de juglar del buen Dios y de nuestra Señora se manifestaron pronto, dondequiera fuese. Amante de la pobreza, dotado de un ánimo generoso y sensible a las manifestaciones de gozo, pleno de caridad y de preocupación fraterna por los pecadores, los pobres, los encarcelados, los niños abandonados, sabía ser útil y agradable en los diversos oficios: era al mismo tiempo hortelano, enfermero, cocinero y limosnero. Jovial por temperamento y por coherencia con el ideal franciscano, sabía hacer amar la virtud y consolar a los que sufrían: con edificante simplicidad entonaba canciones y construía altarcitos para honrar a nuestra Señora, su «Madre y Señora dulcísima», componía versos y recitaba poesías. A un cohermano que le reprochaba este modo de actuar como inconveniente a su estado, le respondió: «Yo soy el heraldo del gran Rey! Déjame cantar como cantaba San Francisco. Estos cantos producirán bien en el ánimo de quien escuche. Pero siempre con la ayuda de Dios y de su gran Madre».
Tenía un tacto especial para acercarse a los que sufrían, enfermos, y débiles, y a +el se acercaba toda clase de personas para encomendarse a sus oraciones y pedirle consejo. Su ilimitada confianza en la Divina Providencia y su unión con Dios fueron a menudo premiadas con milagros y carismas. Lo buscaban para aconsejarse inclusive prelados, nobles y doctos, no cambiaba su actitud humilde y modesta. Después de jornadas de intenso trabajo se refugiaba siempre en la oración ante el Santísmo sacramento o a los pies de la Virgen. Agotado por el cansancio y las penitencias pasó sus últimos años en Roma, en el convento de la Santísima Concepción, en la Vía Vittorio Véneto.
El cardenal Trèmouille, embajador del rey de Francia, gravemente enfermo, hizo llamar a sí al santo religioso, quien lo curó con sus oraciones. Mientras un día Clemente XIV escuchaba la misa en la iglesia de los Capuchinos, su camarero fue aquejado de gravísimos dolores, fenómeno que le sucedía con frecuencia y ningún médico había logrado remediarlo. Crispín lo condujo al altar de la Virgen y la curación fue instantánea.
A los 82 años de edad, el 19 de mayo de 1750 murió serenamente, tras lo cual llegó una turba de devotos deseosos de verlo y de tener alguna reliquia suya. Los milagros se multiplicaron. Canonizado por Juan Pablo II el 20 de junio de 1982.