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jueves, 23 de junio de 2011

Junio 23: San José Cafasso. Sacerdote de la Tercera Orden (1811‑1860).


San José Cafasso nació el 15 de enero de 1811 en Castelnuovo de Asti. Fue maestro de Don Bosco, fue sacerdote modelo, guía del clero turinés, mejor, “perla del clero italiano”. Fue un nuevo San Luis Gonzaga por la inocencia y pureza, un San Vicente de Paúl por su gran caridad para con todos, especialmente los encarcelados y los condenados a muerte, un San Carlos Borromeo por la austeridad de su vida y por la reforma de la Iglesia. Un San Alfonso de Ligorio por el estudio de la moral, un San Francisco de Sales por su dulzura y bondad.
Al verlo, era un padrecito debilucho y pálido, con la columna vertebral desviada, lo que lo hacía caminar gacho, “una media criatura”, como él mismo se definía con agudeza. Y sin embargo en su breve vida de 49 años el padrecito enfermizo y frágil llevó a cabo una mole de trabajos de una amplitud y profundidad increíbles, recogiendo una grande y difícil cosecha de almas.
Nacido, al igual que don Bosco, de familia campesina, modesta pero profundamente religiosa, no deseó sino el sacerdocio, entendido como total consagración a Jesús y al bien de las almas. En 1832 fue ordenado sacerdote, luego continuó en Turín los estudios teológicos. Pocos años después, ya era asistente del teólogo Guala, y cuando éste se retiró, su delicado cargo pasó al muy joven maestro. Cafasso fue hábil maestro de retórica y luminoso docente de teología. Seguía las ideas y el ejemplo de San Alfonso de Ligorio. Su escuela, a más de instruir la inteligencia, formaba el alma, comunicando a su alrededor el calor de una fe y de un entusiasmo insólitos. Se hizo hijo de San Francisco inscribiéndose en la Tercera Orden Franciscana, como lo hicieron sus ilustres cohermanos San Juan Bosco y San José Benito Cottolengo. Fue rector del convictorio eclesástico de Turín, pero su actividad no se limitó a las lecciones y a los estudiantes. Permanecía en el confesionario durante horas, asediado por una turba de penitentes, de dudosos, a menudo escarnecedores y provocadores. Para todos, inclusive para los incrédulos, un encuentro con Cafasso marcaba un vuelco en la vida, a menudo decisivo. En el confesionario y en las visitas a los enfermos, obró innumerables conversiones.
También fue capellán de las cárceles de Turín y logró dedicar a esta misión un tiempo y una actividad prodigiosa. En las celdas de los encarcelados pasaba como un ángel sereno, tenía una palabra buena para todos. Se hizo hermano, confidente y consuelo de los delincuentes más endurecidos. En las ejecuciones capitales, seguía al condenado en el lúgubre cortejo para hablarle y subir con él al patíbulo, abrazarlo y ser abrazado por él, antes de hacerlo besar el crucifijo. Por esto fue llamado el Santo de los condenados a muerte o el Santo de la horca. El 23 de junio de 1860 a los 49 años de edad, moría serenamente el que había sido maestro y bienhechor, sabio docente, director espiritual, confesor paternal, patrono de las cárceles y de los condenados a muerte.

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