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sábado, 4 de junio de 2011

Vida y Obra del Siervo de Dios Nicolás de Ayllón (I parte)


Por Martín Cabrejos Fernández (*)


Primera Parte: Breve hagiografía del siervo

Nicolás Puycón Faxolemm (Faxollem, Xailón) nació en el pueblo de Chiclayo. Fue el último hijo de los indígenas Rodrigo Puycón, encargado de recaudar el tributo entre los indígenas, y Francisca Faxolemm, encargada de “componer huesos rotos y miembros desconsireados sin más recompensa que servir a Dios en su pobreza” (1). Ambos personajes prestigiosos dentro de su comunidad. “Los apellidos Puycon y Faxollem, que pertenecen al indio chiclayano, tuvieron gran importancia dentro de las comunidades indígenas. Su mención en diversos documentos de la conquista y del periodo colonial hacen referencia a su vínculo con la nobleza colonial india de Lambayaque y a las diversas castas de los caciques regionales de la región de Monsefú, Etén, Ferreñafe, Mochumi, Jayanca, Mórrope y otros muchos pueblos” (2).

Tal como ocurre, según la hagiografía, en la vida de los Santos Siervos de Dios; Nicolás nació con una disposición notable a dedicarse a una vida de virtudes y caridad. Su comportamiento infantil será el de un pequeño “que se desvive por demostrar su inclinación a Dios y todo lo que El representa”. A la edad de cuatro años “es su entretenimiento formar continuamente la señal de la cruz ya delineándola en las paredes, ya grabándola en los árboles y troncos, ya labrándola de madera, siendo el fin de todos estos afanes misteriosos, el adorar y besar devotamente estas cruces” (3). Según narra el filósofo y teólogo Jesuita Bernardo Sartolo en su famosa hagiografía “Vida y obra admirable del Siervo de Dios Nicolás de Ayllón” (1684) el pequeño Nicolás, a la edad de seis años, sufrió el ataque del demonio que se le apareció en medio del campo en forma de dragón; pudo derrotar al enemigo encomendándose a su Ángel de la Guarda. Dicha devoción se convirtió, según Sartolo, en una de las entidades protectoras durante el resto de su infancia.

Desde muy pequeño, Nicolás, se desempeñó como colaborador del Convento de Zaña. Fue tal su diligencia y tan notoria su devoción que despertó la atención del religioso franciscano Juan de Ayllón quien propuso a sus padres llevar consigo al niño al Convento franciscano de Lima con la intención de desarrollar su vocación religiosa. Tras un breve momento de indecisión, el niño fue trasladado a la capital del Virreinato peruano a la edad de ocho años. El viaje fue accidentado, casi muere ahogado en el Río Santa, y tan solo su devoción a la Santísima Virgen María pudo salvarle de un fatal desenlace.

El tiempo inicial en el claustro fue grato para el pequeño Nicolás. Sin embargo, una enfermedad ataca al religioso Juan de Ayllón quien impotente por el hecho traslada al joven Nicolás su frustración manifestada en malos tratos. “Años después, una vez restablecido de la enfermedad, Juan de Ayllón se disculpó con Nicolás y le agradeció por su paciencia y cuidados durante el tiempo en que se halló enfermo” (4)

La vida adolescente de Nicolás se vio marcada por la relación maestro – aprendiz y por el duro golpe que le significó el traslado de Juan de Ayllón a una nueva doctrina. Ante el alejamiento de su maestro, Nicolás decide quedarse en Lima y enrumbar su propio camino consiguiendo trabajo como aprendiz de sastre en el taller del maestro Sebastián Pérez. Pronto, pues pasaron pocos años, su habilidad mereció el reconocimiento de la gente logrando abrir su propio taller en la calle La Merced.

Nicolás sintió el llamado de formar una familia. Encomendándose a la poderosa intercesión de la Virgen María vio muy pronto la respuesta a sus oraciones. Francisco de Arteaga, amigo y cliente de Nicolás, le propuso contraer matrimonio con la mestiza María Jacinta de Montoya, una joven que se encontraba a su cuidado y estaba recluida en el monasterio de la Encarnación en calidad de criada. El, ahora, adulto Nicolás contraería matrimonio en la Iglesia del Sagrario el 08 de enero de 1661 con María Jacinta de Montoya y vería trascurrir su vida en medio de una serie de hechos extraordinarios. Mas adelante, su esposa, maría Jacinta sería una de las principales personas que apoyaban su causa de santidad.

Al inicio, el matrimonio, resultó una experiencia frustrante para maría Jacinta que renegaba de la orden que recibió de casarse con el indio y lo menospreciaba debido a dicha condición. Solo las oraciones y paciencia de su joven esposo lograron llenar de amor su corazón. Años después, la propia María Jacinta reconocería con dolor, en una versión recogida por Sartolo, “no solo he agraviado a Nicolás, sino también a Dios, que me llamaba por su medio; tantos llamamientos he frustrado, cuantas han sido las virtudes que he visto: sorda he vivido, para no escuchar sus inspiraciones, y sin ojos, para tropezar en mis yerros; pero ya Señor, que me los habéis dado para que los mire, dadme también lagrimas para que los llore”.

Nicolás decide vivir castamente a pesar de su condición de esposo desde la edad de 24 años. Hasta ese momento ya tenía dos hijos y había logrado la conversión real a una vida virtuosa de su esposa. Sartolo menciona que ambos decidieron de común acuerdo vivir en adelante el estado del matrimonio no como marido y mujer sino como hermano y hermana, decidieron entonces compartir una vida signada por la continencia y la castidad.

Algunos hechos extraordinarios son muy dignos de mencionar. El primero ocurrió frente a su esposa y se conoce como el milagro del nardo. Nicolás con el solo poder de la oración, logró unir las ramas quebradas de una planta de nardo. María Jacinta, juzgando como imposible lo que veía, desde ese día no lo amó solo como su marido sino como a un santo. El segundo es conocido como el milagro de Damasco. Nicolás con un pequeño trozo, antiguo y sucio de tela de Damasco logró obtener hermosas vestimentas para los oficios por los difuntos.

Según relatos de Sartolo, Nicolás fue capaz de reparar tan solo con la oración una olla de barro que había caído repleta de alimentos destinados a los pobres. No solo reparó la olla sin usar sus manos, también los pobres que eran incontables quedaron saciados y el alimento, que fue multiplicado, sobró.

Tuvo Nicolás la capacidad de tener visiones y sueños premonitorios. En 1668, cuando Lima esperaba la noticia de la canonización de Santa Rosa, Nicolás pudo ver en un sueño la ceremonia y la firma del decreto de beatificación dentro de los aposentos vaticanos. En el mismo sueño Nicolás sostiene un breve encuentro con Santa Rosa: “llegándose a Nicolás, que estaba como fuera de si de gozo, y admiración por lo que pasaba, viéndolo lleno de un encogimiento, y temor reverencial, le dijo: Nicolás, ¿Qué te parece las honras que el Señor me hace? Ama mucho a Dios, y en nuestra tierra cuida mucho de celebrar mi fiesta, que así honra Dios á quien le sirve, y también te honrara a ti si le sirvieres” (5).

En olor de santidad, Nicolás fallece en 1677. “No vio Lima día de mayor concurso y apertura que este. No parece que sacaban a enterrar a un oficial pobre, sino que entraba en aquella corte algún nuevo Virrey, y Gobernador del Perú, ni parecía solemnidad fúnebre de sepultura, sino algún triunfo ostentoso, o algún festín exquisito, que convidaba a todos a salir de sus casas para apacentar, entretener la curiosidad. En las casas de donde se podía lograr el acompañamiento, no había ventana, ni balcón vacío, y hasta los tejados se veían poblados de gente que esperaba con ansias lograr la postrera vista de aquel Venerable tesoro. Las calles estaban del todo impenetrables, porque el Pueblo las tenía ocupadas, y llenas con que era imposible dar un paso hacia la Iglesia, y así fue necesario, que saliesen los soldados para romper camino entre la multitud, que con gran dificultad se apartaba, aunque tenían delante de si las amenazas de los chuzos” (6).

A la muerte de Nicolás de Ayllón, su esposa María Jacinta de Montoya tomó los hábitos siendo conocida como la Hermana María Jacinta del Sagrado Corazón.

Fallecido el venerable indio han permanecido en la memoria colectiva de nuestro pueblo las pruebas de sus heroicas virtudes. Actualmente la causa de su beatificación está, nuevamente, en curso.





(1) Romero del Valle, Emilia. “El indio santo del Perú. Nicolás de Ayllón” 1958, p.5.

(2) Castillo – Moro Sime, Augusto. “El indio santo del Perú. Rasgos biográficos del venerable siervo de Dios Nicolás de Ayllón. Razón de las labores del comité ejecutivo nacional a la memoria del venerable siervo de Dios Nicolás de Dios Ayllón” 1963, p.7.

(3) Sartolo, Bernardo. 1684, p.8.

(4) Vargas Ugarte, Rubén. 2007. “Historia de la Compañía de Jesús en el Perú” 1963. pp. 22 – 24.

(5) Sartolo, Bernardo. “Vida y obra admirable del Siervo de Dios Nicolás de Ayllón” 1684, p.175.

(6) Sartolo, Bernardo. “Vida y obra admirable del Siervo de Dios Nicolás de Ayllón” 1684, p. 265.

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Profesor de Historia
Facultad de Humanidades
Universidad Católica Santo Toribio de Mogrovejo (USAT)
Chiclayo-Perú

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