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lunes, 4 de julio de 2011

Julio 4: Santa Isabel, Reina de Portugal. Viuda de la Tercera Orden (1271‑1336).

Santa Isabel de Portugal.

Isabel, reina de Portugal, nació en 1271 hija de Pedro III de Aragón y de Constanza, hija de Manfredi, rey de Sicilia y sobrina del emperador Federico II. En el bautismo recibió el nombre de Isabel para honrar la memoria de su gran tía, Santa Isabel de Hungría, canonizada cuarenta años antes por Gregorio IX en 1235. Después de una brevísima niñez, se casó con el joven rey Dionisio. Los portugueses acogieron con entusiasmo a su soberana y no fueron defraudados por aquella jovencita sencilla y austera en su vida privada, amplia y bienhechora con sus propios súbditos. Dio a su marido dos hijos: Alfonso, heredero del trono, y la princesa Constanza.
Infortunadamente Dionisio no supo ser digno de aquella esposa devota y afectuosa, que alternaba con los deberes familiares sacrificios y rigores voluntarios casi monásticos. El prefirió otras mujeres y otras aventuras. Isabel, digna en el sufrimiento, ocultó su propia amargura sin levantar voces de escándalo. Oró en secreto por la conversión de su esposo, y con igual afecto, al lado de sus propios hijos, educó hijos que no eran suyos. El marido, despreocupado de sus deberes, pronto comenzó a sospechar de la fidelidad de su mujer. Un cortesano malévolo activó el fuego de los celos, atribuyendo a la reina una calumniosa relación con un paje. Pero en seguida varias circunstancias indujeron a Dionisio a considerar las cosas con mayor serenidad, y a reconocer la absoluta inocencia de Isabel.
Nueva fuente de amarguras para la santa reina fueron las disputas entre su marido y Alfonso, heredero del trono. Afanosamente debió ella reconciliar a sus seres queridos, enemigos entre sí, y finalmente fue desterrada, por sospechas de conjurar contra el rey. Después de la muerte de su esposo, de su hija y del yerno, la adolorida Isabel renunció al mundo y a su condición regia. Vistió el hábito de la Tercera Orden Franciscana y partió en peregrinación para Santiago de Compostela. Distribuyó sus riquezas entre los necesitados y habría entrado en el monasterio de las clarisas fundado por ella en Coimbra, si no le hubieran aconsejado permanecer en el mundo para proseguir sus buenas obras. Vivió junto al monasterio llevando el hábito de las hijas de Santa Clara, dedicándose a obras de piedad y de caridad.
Otra guerra intestina entre su hijo y el nieto la obligó nuevamente a una dolorosa peregrinación, hasta detenerse definitivamente en Estremoz, precisamente en el lugar donde Dionisio, rey de Portugal, muchos años antes, la había pedido por esposa. Al morir afirmó ver “una bellísima Señora, que se acercaba, radiante con vestiduras blancas”: la Inmaculada Concepción a la cual la santa reina había dedicado una iglesia en Lisboa, cinco siglos antes de la definición dogmática del privilegio mariano. Murió el 4 de julio de 1336 a los 65 años de edad.  Fue canonizada por Urbano VIII el 25 de mayo de 1625.

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