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jueves, 7 de julio de 2011

Julio 7: Beato Manuel Ruiz. Sacerdote y mártir de la Primera Orden (1804‑1860)


Manuel Ruiz, jefe del grupo de los mártires de Damasco, español de origen, nació en San Martín de las Ollas, provincia de Santander, el 6 de mayo de 1804, hijo de Manuel Ruiz y Agustina López. De niño demostró gran amor a los pobres, de religioso tuvo un especial amor al recogimiento y a la oración, auténtico hermano menor, luego sacerdote de Cristo.
En 1831 partió para la Tierra Santa, aprendió pronto la difícil lengua árabe luego se dedicó a la predicación de la divina Palabra, a la instrucción de los niños, a quienes amaba con amor de predilección. Durante su permanencia en Tierra Santa vivió en Ramieh y en Jaifa, pero donde más realizó su fecundo apostolado fue en Damasco, ministerio pastoral que coronó con el martirio.
Una virtud brilló en él en forma singular: la paciencia, hasta el punto de ser apodado “Padre paciencia”. Este es el más bello elogio que se pueda hacer de él y que resume muchas otras virtudes. Más de una vez debió regresar a su patria por motivos de salud. Lo encontramos también en Italia, en el convento de San Francisco de Lucca; los religiosos de esta comunidad quedaron edificados de él, admiraron sus virtudes poco comunes, especialmente su carácter humilde y jovial.
Después de 29 años de vida misionera, este digno seguidor de San Francisco tuvo la dicha del martirio, el primero entre sus cohermanos subía al cielo enrojecido con su propia sangre derramada con generosidad y fortaleza. El ejemplo del superior fue imitado luego por los cohermanos e hijos espirituales.
El 10 de julio de 1860 el Beato Manuel fue asaltado por los drusos. Después de haber consumido las Sagradas Especies, para que no cayeran en manos de los musulmanes que las habrían profanado, repitió impertérrito las frases de los primeros héroes de la fe: “Soy cristiano, religioso franciscano y sacerdote de Cristo. Quiero morir como cristiano, como religioso franciscano y como sacerdote de Cristo”. Apoyando la cabeza sobre la mesa del altar, dijo: “Procedan. Estoy listo a dar mi vida por Cristo!”. Bajo repetidos golpes de cimitarra, su cabeza rodó por las gradas, como verdadero mártir de Cristo y de la Eucaristía. Tenía 56 años. La sangre del generoso héroe consagró más aquel altar sobre el cual tantas veces había consagrado la víctima divina. También el evangeliario, escrito en árabe, del cual el santo religioso se había servido para leer a sus hijos espirituales la palabra de Dios, fue manchado con su sangre, preciosa reliquia que en el día de su solemne beatificación en Roma el 10 de octubre de 1926 por Pío XI, fue expuesta a la veneración de los fieles en San Pedro, el máximo templo de la cristiandad. Beatificado por Pío XI e 29 de junio de 1926.