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miércoles, 6 de julio de 2011

La historia de la Cruz de Motupe




José Mercedes Anteparra Peralta, de 22 años, encontró la cruz en la cumbre del cerro Chalpón incrustada en la gruta.
Entre 1860 y 1865, el religioso de la orden franciscana Fray Juan de Abad vivió en el cerro Chalpón, lugar que convirtió en un sitio de oración en su búsqueda por la santidad. Un día el sacerdote decidió partir para visitar otros pueblos avisándole a los pobladores que había dejado tres cruces talladas por él en la cima del cerro Chalpón, Cerro Rajado y Cerro Penachí.
Los pobladores salieron a buscar las cruces pero no las encontraron. Poco tiempo después se recibió la noticia de que el padre Abab había fallecido víctima de la “uta” el 13 de octubre de 1866. La búsqueda de las cruces quedó en el olvido hasta que se vaticinó un cataclismo que destruiría parte de la humanidad.
La reacción del pueblo fue inmediata y se lanzó en la búsqueda de las cruces con ayuda de los manuscritos del padre Abad. El 5 de agosto de 1868 un joven de 22 años, llamado José Mercedes Anteparra Peralta, encontró la venerada Cruz de Motupe en la cima del cerro Chalpón incrustada en una gruta.
El obispo de Trujillo de ese entonces lo nombró primer mayordomo, tarea que tuvo hasta el final de sus días el 10 de abril de 1921.

La fiesta
Se celebra desde el año en que se encontró la Cruz de Motupe en el cerro Chalpón (1866) y se inicia el 2 de agosto con la bajada en hombros de la cruz hasta el caserío de Zapote, ubicado en las faldas del cerro.
La venerada cruz pernocta en la capilla del caserío bajo el resguardo de los devotos. Se ofrece una misa, seguida de un espectáculo de fuegos artificiales. El 3 de agosto sigue su recorrido hacia Motupe, localidad a la que llega el 4 de agosto .
El cinco de agosto es el día central de la fiesta la cual empieza a las 11 de la mañana y se prolonga hasta la madrugada.

La Santísima Cruz
Al igual que el Padre Franciscano "Fray Guatemala", Fray Juán Abad, tuvo la gran maestria y arte del más fino ebanista, y en sus prolongados retiros de este mundanal ruido, se dedicó a tallar preciosamente, de la madera de Guayacán (árbol que crece en la zona), según manifesto de las personas de extrema confianza de él, tres cruces, habiendo dejado una en el cerro Chalpón; otra en el cerro Rajado y la última en el de Penachí, recomendando que a su muerte las buscaran hasta encontrarlas y las hicieran objeto de veneración declarandolas protectora del lugar.
Trascurría apaciblemente el año del Señor de 1860 cuando de la noche a la mañana, hizo su aparición en el pueblo de Motupe un Ermitaño, como habitante del enmarañado conjunto de peñas, algunas muy altas y elevadas que constituyen el coloso centinela del despoblado norte del departamento de Lamnbayeque, bautizado con el nombre del “Cerro Chalpón” a inmediaciones de la progresista villa, (hoy ciudad) anteriormente citada.
En la soledad de estos breñales y en la quietud sólo interrumpida por el ulular de algún animal salvaje o el raro silbido de los pájaros silvestres permaneció el ermitaño, rindiendo culto a la naturaleza, entregado a sus prácticas religiosas y austera penitencia, como cuando en cansadas y largas caminatas, visitaba los pueblos de Motupe y Olmos, poblados mas próximos a su solitaria y escondida “posada”, en el pueblo se le veía rara vez caminando por las calles polvorientas, siempre apresurado y solitario, ingnorándose donde y como vivía y cuales eran sus diarias ocupaciones..

Contando con el silencio de las horas y sin preocuparse del mundo y sus maldades, con la ayuda incapaz de su rudimentaria herramienta, el ermitaño talló con sus habilísimas manos, manos divinas, toscas pero maestras, una cruz de madera, con el palo incorruptible a la acción del tiempo y las edades, del árbol comúnmente conocido como “Guayacán” considerando el tamaño de la cruz, proporcionalmente grande, es de imaginar al piadoso e improvisado artífice solitario, imaginarse la manera de confeccionarla sin las herramientas propias de oficio.
El Ermitaño terminó la cruz y la colocó en el interior de la cueva , donde él vivía en penitencia y oración. Transcurrian las horas, los días, las semanas, los meses, ante ella, oración por oración; rezo por rezo en forma interminable, santificaba su alma, con el humano afán de alcanzar la paz eterna junto a Jesús.
No contento con estas prácticas religiosas, viajaba continuamente a pie a través de un enmarañado camino que solo el conocía, para llegar a Motupe y otras, esporádicamente a Olmos, para rezar el Santo Rosario con los habitantes de aquellos lugares y para proveerse de víveres, repartir limosnas, ayudar a los indigentes, dar sanos y morales consejos, consolar a los afligidos y hasta curar enfermos y desaparecería como por encanto, cuando menos se lo esperaba.
La veneración y respeto a que se hizo acreedor fue tal que nadie dudaba que era un santo y al efecto, todos los habitantes de Motupe lo conocían o conociéronlo por el “Padre Santo”, debido a que la mayoría de ellos, casi en su totalidad, ignoraban su real y verdadero nombre, este que hasta hoy confunden, propios y extraños al lugar con el de José Ramón Rojas, religioso franciscano, muy conocido y recordado como “El Padre Guatemala”.
El laborioso y andariego ermitaño, de cerro en cerro y de monte en monte, apareció alguna vez en la sierra de Penachí, lugar que aunque distante, pertenece a la jurisdicción de Salas, en el cerro Yanahuanca se dedicó tambien a trabajar otra cruz, con el mismo palo de Guayacán, la que según noticias colocó en una cueva aun más escabrosa e inaccesible, la misma que también es venerada con mucha devoción por muchos hermanos cristianos.
Existe una historia oral que se transmite de generación en generación de que en el cerro Rajado también hay una cruz, pero que se encuentra en el centro de una laguna.

Narran las crónicas de Motupe que el ermitaño Juán Abad en más de una ocasión y sin que lo buscaran solía llegar al duelo (velatorio), casi siempre cuando el peso de la noche se hacía más sensible, dejando consuelo a la familia, rezaba unas oraciones y luego desaparecía como había venido. Casi al final de su existencia llegó a tener amistad con el entonces octogenario motupano Francisco Martinez a quien conto por menores de su existencia dedicada a prácticas religiosas y austera penitencia para alcanzar la gracia divina.
Después de seis años el ermitaño dio cuenta a varias personas que en el cerro Chalpón había tallado una cruz que la dejaba en una gruta, mucho recomendó que cuando se ausentara, la buscaran y fuera objeto de gran devoción, pues la Cruz es la protectora de Motupe. Algunos años después se supo que el ermitaño Juán Abad al internarse en las sierras norteñas, fue víctima de la Uta de la serranía, no habiendo podido curar del mal. Muy grave y gracias a personas piadosas de esos lugares se trasladó a Lima donde entregó su alma a Dios el 13 de Octubre de 1866.

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