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sábado, 2 de julio de 2011

San Jerónimo de Werten. Mártir en Gorcum.

www.franciscanos.net/santoral/index.htm

Sacerdote de la Primera Orden (1522 1572). Canonizado por Pío IX el 29 de junio de 1867.


Jerónimo nació en 1522, en la pequeña ciudad de Werten, región de Horn (Holanda meridional) de familia católica acomodada. De ingenio vivaz y corazón generoso y extrovertido, de espíritu franco y magnánimo, pasó la juventud en la inocencia y la bondad. Sintió en sí la vocación a la vida consagrada y realizó su ideal entrando en la Orden de los Hermanos Menores. Después del noviciado, la profesión y los estudios, fue ordenado sacerdote.

En la vida fraterna se distinguió, como el Seráfico Padre, por un ardiente amor a la Pasión de Cristo y a los dolores de su afligida Madre. Partió como misionero a Palestina, donde permaneció algunos años y tuvo plena posibilidad de visitar aquella tierra santificada por Cristo con su vida y milagros, de la Virgen Dolorosa y la vida apostólica de los primeros seguidores de Jesús. Su actividad misionera en el país del Evangelio fue intensa. Fue arrestado por los musulmanes, encarcelado, golpeado hasta derramar sangre y luego repatriado. La gloria del martirio que no tuvo en Palestina, el Señor se la reservaba en su propia patria. Los sufrimientos soportados por Jesús en Tierra Santa, la incisión en el brazo derecho y en el pecho de una cruz roja, habían minado su salud.

En Holanda fue destinado al convento de Gorcum, bajo el mando de San Nicolás Pick. Allí se dedicó a la predicación en las ciudades y campos. Con elocuencia y competencia condenaba el error, reanimaba a los tímidos, volvía al buen camino a los descarriados, confirmaba en la fe a los hermanos. Por todos era llamado el “Peregrino de Tierra Santa”.

Arrestado el 9 de julio de 1572, junto con sus cohermanos fue llevado a través de poblados, expuesto a las burlas de la plebe. Conducido a Brielle, fue torturado de muchos modos para forzarlo a renegar de la fe en la Eucaristía y en el primado del Romano Pontífice. Al acercarse al patíbulo, un calvinista lo compadeció y se burló de él, luego comenzó a vomitar horribles blasfemias contra Cristo, la Virgen y los santos y viles calumnias contra el Papa. San Jerónimo llegó al límite de su resistencia. Cuando en ese calvinista reconoció al que había inducido a apostatar al joven novicio fray Enrique, que sin embargo más tarde se arrepintió, regresó a la Orden y murió santamente, Jerónimo tuvo un resto de fuerza. Lo apostrofó: “Hijo y ministro de Satanás, hasta cuándo seguirás viviendo en las tinieblas y manchándote de delitos? Un día vendrá también para ti el juicio de Dios”. Lo agarró por un brazo, lo tiró por tierra y con un pie apoyado en su pecho lo mantuvo inmóvil por unos momentos. Luego, con serenidad, le dijo: “Y ahora haz lo que debes hacer!”. Los herejes se lanzaron contra él y destrozaron su cuerpo. Invocando los nombres de Jesús y de María, inmoló su vida. El lazo le fracturó la garganta y su espíritu redimido por la corona del martirio, voló al cielo. Tenía 50 años.