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miércoles, 31 de agosto de 2011

Agosto 31: Beato Pedro de Ávila.

Sacerdote y mártir en el Japón, de la Primera Orden (1592‑1622). Beatificado por Pío IX el 7 de julio de 1867.
Pedro de Avila nació en Palomero, cerca de Avila, España. En 1515 en Avila había nacido Santa Teresa de Jesús, Virgen y Doctora de la Iglesia, ilustre carmelitana, que hizo grandes progresos en el camino de la perfección. Tuvo revelaciones místicas. Sufrió muchas tribulaciones por la reforma de su Orden, pero salió victoriosa. Escribió libros de profunda doctrina, fruto de sus experiencias místicas. Murió el 4 de octubre de 1582. Diez años después, en 1592 cerca de Avila nace Pedro, quien siguió el ideal franciscano a ejemplo de San Pedro de Alcántara, consejero espiritual de Santa Teresa.
Eran evidentes en el niño y adolescente Pedro las especiales dotes de inteligencia y bondad de ánimo, el cual, siendo aún joven, decidió seguir el llamamiento del Señor que lo quería Hermano Menor en la Provincia de San José. En la oración y en la rígida vida ascética, según las directivas de San Pedro de Alcántara vivió su franciscanismo. Ordenado sacerdote, se dedicó al apostolado de la predicación, la dirección espiritual, las actividades caritativas y la formación espiritual de los fieles.
Muchas veces había meditado sobre el mandato del Señor a los apóstoles: “Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura. Quien crea y se bautice se salvará, pero el que no crea será condenado”. Y sobre las palabras de San Francisco a sus hermanos: “Ahora hermanos, id por todas partes y predicad el Evangelio, la paz y el bien”.
Fray Luis Sotelo, una de las figuras más eminentes entre los mártires del Japón, obispo electo, convenció a Fray Pedro a seguirlo en una grandiosa expedición misionera. En 1617 treinta religiosos franciscanos zarparon de España en dirección primero a las islas Filipinas. Se repetían a menudo estas expediciones de dichosos pioneros del evangelio, plenos de ardor seráfico y de valor apostólico.
Dos años duró la permanencia en Filipinas. Pedro se dedicó a toda clase de apostolados, en medio de los cristianos filipinos. En 1619, junto con otros cohermanos, zarpó para el Japón, decidido a consagrr toda su actividad a la evangelización, a pesar de las duras dificultades de la persecución religiosa. Su catequista y precioso colaborador fue Fray Vicente Ramírez de San José, religioso laico franciscano. Demostró gran celo en convertir y animar a los fieles vacialantes y temerosos. Con prudencia y astucia supo sustraerse a las pesquisas de los guardias. El 17 de septiembre de 1620, fue descubierto en la casa de los cónyuges Domingo y Clara Yamanda, que generosamente les habían dado hospitalidad. Pasó casi dos años en las cárceles de Suzuta, estrechas, antihigiénicas y expuestas a la inclemencia del frío. Su consuelo fue la presencia de otros hermanos, con quienes vivió en oración y en piadosas conversaciones. En espera del martirio, con otros 23 cohermanos, fue trasladado a las prisiones de Nagasaki. El 10 de septiembre de 1622 en la colina de los mártires el Beato Pedro, cantando el salmo “Alabad al Señor todas las naciones!” inmoló su vida en medio de una hoguera ardiente. Tenía 30 años.

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