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jueves, 4 de agosto de 2011

Porziuncola: "Alégrate, el Señor está contigo"

Fiesta del perdón de Asís, Santa María de los Ángeles, Asís, 2 de agosto de 2011
Homilía del Ministro General para la Fiesta del perdón de Asís
Fr. José Rodríguez Carballo, ofm



Sir 24, 1-4; 22-31; Gal 4, 3-7; Lc 1, 16-33
Queridos hermanos y hermanas: ¡El Señor os dé la paz!
Un año más, atraídos por la fascinación de este lugar, hemos llegado a la Porciúncula en este día tan señalado del Perdón de Asís, sintiendo un profundo gozo espiritual y una alegría indescriptible al pisar de nuevo este lugar santo entre
los santos. Y con el corazón sobrecogido pensamos a la Virgen hecha Iglesia, como la canta el padre san Francisco, que aquí sigue derramando abundantes gracias a quienes a ella acuden con confianza. Y pensamos en Francisco y en Clara: dos nombres, dos fenómenos, dos leyendas inseparables, que aquí  abrazaron la forma del santo Evangelio, y con ella a Cristo pobre y crucificado. Y pensamos en nosotros, peregrinos y mendicantes de sentido, y con las palabras de Francisco hemos pedido al alto y glorioso Dios que iluminase las tinieblas de nuestro corazón para que, conociendo cuál es la voluntad del Señor sobre cada uno de nosotros (cf. OrSD), como aquí exclamó un día el Poverello, también nosotros podamos decir: esto es lo que buscaba y esto es lo que quiero vivir con todo mi corazón (1Cel 22).
Este año celebramos el VIII Centenario de la consagración de Clara en la Porciúncula y la fundación de la Orden de las Hermanas Pobres de Santa Clara.
Aquí, donde “la Madre de las misericordias” había generado unos años antes la Orden de los Hermanos Menores, generó, hace ahora 800 años, la Orden de las Hermanas Pobres (cf. LCl 8). Era el año del Señor de 1211, cuando la joven Clara, abandonada “casa, ciudad, y familia”, se refugió aquí, en la Porciúncula, para consagrarse al Señor “delante del altar de María” (cf. LCl 8), y abrazar la forma de vida que Francisco le mostraría (cf. TestCl 5), y que más tarde el Papa Inocencio IV bendijo. En este Año Jubilar, en abrazo fraterno con todas las Hermanas Clarisas, en este día tan señalado, queremos dar gracias al Señor por el don de Clara, la mujer nueva, la mujer cristiana, la Plantita de Francisco, Y queremos también dar gracias al Padre de las misericordias por el don de tantas Hermanas Clarisas –más de 15.000 en todo el mundo-, que desde su opción contemplativa son sostén de los miembros débiles de la Iglesia, y faros luminosos de la trascendencia, en la noche oscura que atravesamos. Quiera el Señor, por intercesión de Francisco y de Clara, despertar los corazones aletargados y abrir los ojos y oídos de tantos que oyendo no oyen y viendo no ven, pues están embotados por las preocupaciones de este mundo. Quiera el Señor despertar en muchos jóvenes el deseo de seguir a Cristo, asumiendo, a ejemplo de Francisco y
de Clara, como regla y vida el Santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo (cf. 2R 1, 1), dispuestos a colaborar, desde una opción de fraternidad y de minoridad, en la construcción de un mundo nuevo. El Evangelio que hemos escuchado nos narra el anuncio del Ángel a una “virgen prometida en matrimonio a un hombre llamado José” (Lc 1, 26ss). Es el relato del SI de la esposa al esposo, cantado bellamente por el libro sacro del Cantar de los Cantares. Es el SI de la criatura al Creador. Dios, que desde la eternidad buscaba ardientemente encontrarse con el hombre, finalmente del corazón de María, modelo de todo creyente, escucha un SI, y una respuesta que se hace
acogida total e incondicional del designio de Aquel que ha mirado la humildad de su sierva y para el cual nada hay imposible (cf. Lc 1, 48; 37). Finalmente el Amor es amado. Finalmente el Amor ha encontrado una casa donde habitar, y el infinitamente lejano se hace cercano, el eterno entra en el tiempo, el altísimo se ha inclinado, el inmenso se ha concentrado y se ha hecho tan pequeño que puede ser concebido en el seno virginal de María y abrazado por cuantos lo deseen.
Puesto que el hombre no podía estar con Dios, Dios se abaja para estar con el hombre. Atrás queda el NO de Adán que, queriendo ser como Dios, se encontró desnudo, privado de su dignidad, y cuando después del pecado Dios sale en busca del hombre, éste se esconde (cf. Gn 3, 10). Ahora en María, la doncella virgen de Nazaret, la humanidad entera se deja encontrar, y con júbilo responde:
Aquí estoy. Con el SI de María empieza una nueva historia para la humanidad: una historia de alianza y de amor que jamás pecado alguno podrá borrar.
“Alégrate María”. Por boca del profeta Sofonías el Señor había anunciado este momento cuando pone en boca del Profeta estas palabras: “Alégrate, hija de Sión, regocíjate y disfruta con todo tu ser, hija de Jerusalén. El Señor tu Dios está en medio de ti” (Sof 3, 14ss). ¡Alégrate María, el Señor está contigo! Alégrate humanidad entera. Tú, María, eres la agraciada del Señor. Tú, humanidad entera, ya no te llamarás abandonada, el Señor tu Dios se ha desposado para siempre contigo (cf. Is 62, 4-5) El Altísimo ya no te abandonará, tu vacío ha sido colmado, la ausencia se ha hecho presencia. De este modo María, “la madre del amor hermoso” (Sir 24, 22), y con ella todos nosotros, ya no sólo podremos decir: “Mi alegría está en el Señor” (Sal 104, 34), sino también: “El Señor es mi alegría”.
Queridos hermanos, queridos peregrinos a este santuario de Santa María de los Ángeles, santuario de la Porciúncula, santuario del perdón: las palabras que un día el ángel dijo a María, hoy te las dice a ti, me las dice a mí: “¡Alégrate, el Señor está contigo!”. Tú que estás agobiado y no encuentras descaso para tu alma: alégrate, porque en el Señor encontrarás descanso y consuelo. Tú que gimes bajo el peso del pecado: Alégrate, porque, a través del sacramento de la reconciliación, el Señor cancela tu culpa y borra tu pecado.
Hoy es un día hermoso porque el Señor te dice y me dice: “No temas, porque has encontrado gracia ante Dios” (Lc 1, 30). Es el día del perdón. Ese perdón que san Francisco consiguió del Señor Papa a través de la indulgencia para todos nosotro.
Es el tiempo de la misericordia. No temas, si buscas al Señor, Él te responde; si gritas, Él te oirá, pues el Señor está cerca del que tiene el corazón herido (cf. Sal 33). No temas, si grande es tu pecado, más grande es la misericordia del Señor. Ya no eres esclavo del pecado, ya puedes gritar: “Abbá, Padre” (Gal 4, 7).
Un día, muy lejano en el tiempo pero al mismo tiempo muy cercano, Francisco anunciando en este mismo lugar el gran perdón, gritó: “Quiero mandaros a todos al Paraíso”. ¡Qué corazón tan grande el de Francisco, qué no dudó pedir tan grande favor al Señor Papa! ¡Qué corazón tan grande el de la Iglesia que pone a nuestra disposición el perdón y la misericordia que Dios nos ofrece, con la única condición de querer realmente recibirlo, renunciando al pecado! El Señor nos ha liberado, para que fuésemos realmente libres. El pecado nos hace esclavos. Hoy
tenemos la oportunidad de liberarnos nuevamente. ¿Desaprovecharemos esa gracia? No lo permita el Señor, que no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva (Ez 33, 11). El Señor ha revocado su cólera, ha cancelado tu culpa (Sof 3, 15).
Hermanos y hermanas: Escuchemos el saludo del Ángel como dicho a cada uno de nosotros: “No temas, el Señor está contigo”. Alégrate, tú que, como María, eres agraciado por el Señor. A cuantos hoy acudimos a este lugar santo: ¡Feliz fiesta del perdón!

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