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miércoles, 17 de agosto de 2011

San Maximiliano María Kolbe: Prisionero 16670, sacerdote católico...


Guillermo Gazanini Espinoza

Martirio de San Maximiliano Kolbe en el campo de concentración
de Auschwitz, donde fue asesinado por los nazis.
Setenta años atrás, Europa era devastada por una de las guerras más horribles de la historia de la humanidad. Hoy, la historiografía de los hechos nos han dado los estudios más pormenorizados de los experimentos, horrores y exterminio que millones de seres humanos sufrieron a causa de los ideales racistas y la explotación de las potencias despedazándose por cada centímetro de tierra europea; la fatalidad del holocausto es otra de las consecuencias que llama la atención al espectador contemporáneo sobre la maldad anidada en el espíritu humano, misma que es capaz de destrozar y aniquilar al semejante por causas políticas y económicas, por ideales considerados justos y por supremacías raciales que creíamos superadas en el tercer milenio.
La historia no puede estar ajena de la memoria de los justos que pusieron todo de sí para hacer digna la existencia de los perseguidos y marginados. Hace setenta años un hombre conocía y hacía vida las palabras del Evangelio en medio de las más grandes oscuridades del género humano: “No hay amor más grande que el que da la vida por los amigos”.
Su nombre fue cambiado por un número y un distintivo, el triángulo rojo de prisionero político cruzado con el número 16670 y la letra “P”. Juan Pablo II lo llamó “mártir de la caridad” en 1982 y su vida, a los ojos de este mundo, no podría haber tenido algo de extraordinario. No fue millonario y político; no tuvo a su cargo empresas o imperios financieros, por el contrario, como un hombre coherente y sencillo en su vocación, quiso cumplir la voluntad de Dios y llevar a cabo los designios de la Providencia como le habían sido inspirados desde tierna edad. Misionero, visionario de los medios de comunicación masiva, apóstol, probó el amargo trago de la privación de la libertad y la fatilidad de la guerra cuando su natal Polonia fue invadida por la Alemania nacionalsocialista en 1939. Deportado al láger de Lamsdorf y después internado en Auschwitz-Birkenau, conoció, de primera mano, la maldad de la cual es capaz el ser humano. Sus méritos no sólo están en sus trabajos y apostolados que subsisten hoy y de los cuales miles son devotos. Más bien, en medio de la oscuridad y de la violencia; de la desesperanza y el terror, su imagen emerge en la esperanza y la caridad por el hecho de haber ofrendado su existencia por la del prójimo. Su trágico final puede ser inconcebible e inimaginable. Prisionero y confinado en el hungerbunker de tortura y suplicio, para el sufrimiento y el aniquilamiento, privándole de lo más elemental para sobrevivir.
Tres semanas de tortura sin comida ni bebida, su fin en el tiempo sería horrible y desgarrador, despojo humano sostenido por su fe y la convicción de imitar al Maestro. En su carne experimentó la degradación humana de la prepotencia que esclaviza, envilece y somete al prójimo sacrificado por la fuerza y los ideales de pureza racial. El acto de caridad de Maximiliano María Kolbe, sacerdote católico, rompe hoy la barrera del tiempo y nos da testimonio de la chispa de amor que rompe las cadenas de las violencia. Su figura refulge, conmueve y estremece a los creyentes y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad quienes, hoy día, viven en la lucha por cambiar las cosas y hacer de este mundo un lugar más decente y justo. El sacrificio de Kolbe no es el mero acto devoto o piadoso del que la Iglesia hace memoria en el septuagésimo aniversario de su martirio; por el contrario, sobre el inmenso panorama de muerte, devastación, desigualdad, esclavitud, miedo, terror, indiferencia, tortura, depravación y falta de amor, el acto de este fraile nos revela la imperecedera palabra de vida en la que se sostiene el cristianismo.
En el ángelus del día de su beatificación, el 17 de octubre de 1971, el papa Paulo VI diría de San Maximiliano estas palabras que resultan actuales para nosotros, “Una expresión de Kolbe ilumina como una lámpara inextinguible su inmolación y su desgarradora epopeya en aquellos años: “Sólo el amor crea”. Palabra que trasciende y supera la política, el egoísmo, la prepotencia, la crueldad, el entontamiento de gloria de los hombres sin Evangelio, y que debe en cambio esculpirse en nuestras almas y en la nueva historia del mundo. En una palabra: Kolbe… aún enseña y, desde ahora, enseñará para siempre a la Iglesia y al mundo”.

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