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miércoles, 14 de septiembre de 2011

Beato Luis Sasanda


Sacerdote y mártir en el Japón, de la Primera Orden Franciscana. El Papa Pío IX lo beatificó el 7 de julio de 1867. Los otros beatos mártires de Shimabara son Miguel Carvalho, de la Compañía de Jesús; Pedro Vázquez, de la Orden de Predicadores; Luis Sotelo y Luis Baba, religioso de la Orden de los Hermanos Menores, que fueron quemados vivos a causa de su fe en Cristo.


Ilustración tomada de http://www.eltestigofiel.org/ .
   Luis Sasanda, mártir en el Japón, nació de una familia cristiana japonesa. Su padre, Miguel, fue martirizado en Yendo a causa de su fe católica.
   Desde 1603, por la santidad de su vida y sobre todo por su excepcional piedad, fue uno de los discípulos predilectos del franciscano Luis Sotelo, a quien siguió en sus numerosas peregrinaciones. En 1613 viajó con él a España donde fue recibido en la Orden de los Hermanos Menores, después fue también a Italia.
   Después de haber visitado a Roma, grandemente impresionado en su visita a las grandes basílicas de San Pedro, San Pablo, San Juan de Letrán, Santa María la Mayor, las Catacumbas, el Coliseo y los demás monumentos de la cristiandad, partió nuevamente para el Japón con el Beato Luis Sotelo y Luis Baba. Durante la permanencia en Manila, Filipinas, recibió la ordenación sacerdotal.
   En 1622 se embarcó junto con el Beato Luis Sotelo para el Japón en una nave japonesa que se dirigía a Nagasaki. Los marineros de la nave temiendo ser acusados por transportar misioneros (lo cual castigaban severamente las leyes de la persecución vigentes desde 1614), los denunciaron a las autoridades de Nagasaki. Estas los pusieron presos en la cárcel de Omura, donde sufrieron por cerca de dos años, ya por lo estrecho del espacio y la exposición a la intemperie, como por la escasez y mala calidad de la comida y las pésimas condiciones higiénicas. En la misma celda fueron recluidos después Pedro Vásquez y Miguel Carvalho.
   Durante la prisión Luis Sasanda fue sometido varias veces a fuertes presiones para que renunciase a la fe, pero a pesar de las lisonjeras promesas, permaneció firme en la fidelidad a Cristo.
   El 24 de agosto de 1624 le fue comunicada la condena a muerte a fuego lento. La mañana siguiente, con una soga atada al cuello fue trasladado en una barca que lo llevó a Focó, cerca de Scimbara; allí fue atado al poste con lazos flojos de modo que si se arrepentía pudiera soltarse.
   El fuego ardió muy lentamente aumentando el dolor físico del mártir, de cuya boca salían invocaciones y oraciones. Sus cenizas fueron dispersadas en el mar.