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martes, 11 de octubre de 2011

Beatos Francisco, Cayo, Tomás, León, Luis y Luisa (Lucía).

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Mártires Japoneses de la Tercera Orden († 1622 1628). Beatificados por Pío IX el 7 de julio de 1867.

Entre los héroes de la fe muertos durante la persecución religiosa del siglo XVII se reunieron 205 nombres de mártires beatificados solemnemente el 7 de julio de 1867 por Pío IX. Pertenecen a esta gloriosa falange y son miembros de la Orden franciscana seglar los Beatos Francisco, Cayo, Tomás, León, Luis y Luisa. Nos quedan escasas noticias históricas de ellos. Pero su heroísmo fue grande. León sufrió el martirio en la Santa Colina de Nagasaki el 19 de agosto de 1622, mientras el 18 de agosto de 1627 inmolaron su vida por Cristo los mártires Francisco, Cayo, Tomás y Luis, siempre en el mismo Calvario japonés.

Luisa, o Lucía, nació en Nagasaki en 1542, de noble familia y se casó con Felipe Fleites, rico portugués, quien murió pocos años después. Fervorosa cristiana, consagró su viudez a la oración, al apostolado y a las obras de caridad y de asistencia. Era conocida como madre de los misioneros, consuelo de los afligidos, providencia para los pobres y desvalidos. Como ferviente terciaria franciscana, tomó el secreto de su santidad del ideal franciscano.

Su casa “nueva Betania”, se había vuelto asilo de cristianos y misioneros, perseguidos por las leyes contrarias del gobierno. Entre otros hospedó al Beato Domingo Castellet. Por delación de cristianos renegados, un día su casa se vio rodeada de guardias gubernamentales. Luisa, el Padre Domingo Castellet junto con otros cristianos fueron arrestados, maniatados y llevados a la cárcel. Arrestaron también Fray Ricardo de Santa Ana y a otros cristianos que estaban ocultos.

El 10 de septiembre de 1622 fueron sacados de las cárceles de Nagasaki y de Omura los confesores de la fe. Millares de paganos y de cristianos hicieron calle a su paso para encomendarse a sus oraciones, para ser bendecidos por ellos. La Beata Lucía Fleites, vestida con el hábito franciscano y con el crucifijo en la mano, tuvo un papel destacado en este importante evento. Con celo predicaba a Cristo y animaba a sus compañeros al martirio: “Encomendémonos a Dios con confianza, que él se encargará de asistirnos y darnos fuerza para sufrir todos los padecimientos por él. Las santas vírgenes Inés, Cecilia, Agueda, eran frágiles criaturas, y sin embargo supieron ser fuertes en el martirio. Dios tampoco nos abandonará a nosotros que nos disponemos a morir por él. Mujeres, valor!, mostrémonos fuertes y lograremos confundir a nuestros perseguidores. Jesús, esposo de nuestras almas, nos tiene preparada una corona de deslumbrante gloria. Hoy estaremos con él en el Paraíso!”.

Los guardias irritados le intimaron silencio, le despedazaron la túnica, y le volvieron pedazos el Crucifijo. Entonces en alta voz entonó el “Magnificat”. Cuando en la Santa Colina fue atada al poste, con valor exclamó: “Contad al mundo las maravillas del Señor, vosotros los presentes en este grandioso espectáculo, jamás visto. Decídselo a todos: es verdadera la religión por la cual nosotros morimos con tanto valor y alegría. Sólo el cristianismo puede obrar estos prodigios y sabe transformar tiernos niños y ancianos casi centenarios en auténticos héroes. Gente de mi patria, abrid los ojos a la luz del Evangelio. Conmovéos ante la sangre de tantos mártires derramada en este día y haced renacer en vosotros la gracia. No lloréis, antes bien, envidiad nuestra muerte y hacéos también cristianos. Sólo así seréis verdaderamente felices”. Al perseguidor que con promesas y amenazas quería persuadirla de renegar de su fe, Luisa le respondió con firmeza viril: “Soy cristiana, seguidora de Cristo, Jesús es mi esposo divino, quiero seguirlo hasta el final. Quédate con tus riquezas, Cristo es mi suerte en la tierra de los vivientes. Mi patria ya es el cielo. Si quieres salvarte, sigue también tú mi fe, y encontrarás la verdadera alegría”. Y al pueblo presente a su martirio le dijo: “Amad a Cristo y su religión, no os dejéis intimidar por las persecuciones. Vivid y difundid la fe en Cristo. Yo voy al Paraíso y oraré por vosotros y por mi querida patria, el Japón!. Hasta el cielo!”.

Fueron estas sus últimas palabras, mientras las llamas ardían a su alrededor y ella consumaba su martirio. Tenía 80 años.

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