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jueves, 13 de octubre de 2011

Beatos Juan, Domingo, Miguel, Tomás y Pablo Tomaki.

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Mártires japoneses de la Tercera Orden († 1628). Beatificados por Pío IX el 7 de julio de 1867.

Juan Tomaki y sus hijos Domingo, Miguel, Tomás, Pablo, mártires japoneses, son un raro ejemplo de toda una familia verdaderamente cristiana que supo dar valientemente su propia vida por amor a Cristo.

Se había convertido a la fe cristiana por medio de San Martín de la Ascensión, uno de los primeros mártires del Japón, fue el hospedero habitual y guía de los religiosos y uno de los catequistas más activos. Su piadosa mujer a punto de morir, le dejó cuatro hijos recomendándole educarlos en la fe cristiana. Domingo de 16 años, Miguel de 13, Tomás de 10 y Pablo de 7 años. Todos los miembros de la familia eran fervorosos terciarios franciscanos, inclusive los más pequeños, que eran cordígeros de San Francisco.

A pesar de los riesgos que implicaba la colaboración que daba a los misioneros, Juan Tomaki junto con su amigo Juan Imamura ayudaba a los misioneros franciscanos y dominicanos en su apostolado. Fue descubierto por esta actividad, y con sus hijos fue llevado a las prisiones de Omura, donde se encontró con el Beato Domingo Castellet. El encuentro con este gran amigo fue para él de gran consuelo.

El 8 de septiembre de 1628 por orden del gobernador Cowachindono fueron escogidos 22 prisioneros cristianos para ser ejecutados en Nagasaki. Entre estos Juan Tomachi y sus cuatro hijos. El juez, no habiendo podido vencer la constancia del padre, intentó todo con amenazas y promesas para hacer apostatar a los cuatro hijos, pero éstos se mostraron dignos de su padre. Entonces el juez se dirigió a Pablo, de 7 años, el más pequeño, e intentó hacerlo desistir de su fe. El niño respondió con firmeza: “Mi papá y mis hermanos me han dicho que tú me sometes a la muerte, y yo estoy contento, porque iré al Paraíso, donde me espera mi madre, a la que yo tanto quiero, me espera con una bella corona. Además, en el Paraíso encontraré a Jesús, que ama tanto a los niños y les dará un reino más grande que el del Japón; allá quiero ir también yo!”. El valor de los hijos fue un consuelo para el corazón del heroico padre. Dura debió de ser la lucha interior: Juan es atado al poste para ser ajusticiado allí. Delante de él están sus cuatro hijos arrodillados y con la cabeza inclinada. El verdugo alza la espada, pero antes de golpear aquellas inocentes criaturas pregunta al padre si por lo menos en aquel momento consiente en que los hijos apostaten para salvar la vida de él mismo y la de sus hijos. Respondió: “Esta es la hora de ser fuertes. Queridos hijos, el cielo está abierto sobre nuestras cabezas. Un poco más y entraréis gloriosos a él!”. Los hijos respondieron: “Somos cristianos. Viva Jesús!”. La espada hirió a las cuatro víctimas y estos ángeles volaron de la tierra al cielo. Juan consolado por el martirio de sus hijos dio gracias al Señor y a su turno consumó el sacrificio. Padre e hijos fueron beatificados por Pío IX el 7 de julio de 1867.