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domingo, 2 de octubre de 2011

Beatos Miguel y Lorenzo Yamada.

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Mártires japoneses de la Tercera Orden. Beatificados por Pío IX el 7 de julio de 1867.

El Japón, tranquilo y casi benévolo al principio del siglo XVII, parecía aplacado con los mártires de 1597, pero despertó cruelmente en 1614. Por intrigas de algunos mercaderes holandeses, celosos del poderío comercial de los portugueses y españoles, el emperador emanó un decreto de expulsión contra todos los misioneros. Luego, por más de veinte años, de 1614 a 1635, la persecución contra los cristianos se desata feroz. Durante este período heroico de la Iglesia, en el Japón cada año se cuentan mártires, cerca de quinientos en total, de los cuales doscientos cinco fueron beatificados y canonizados por Pío IX y entre éstos, cuarenta y cinco franciscanos. Son frailes de la Primera Orden, españoles en gran parte, apresados a menudo a traición en el ejercicio del apostolado, que aceptan la prisión y la muerte, como el premio ambicionado de sus trabajos; son simples cristianos, terciarios franciscanos, hombres con toda su familia, abuelas con sus nietos, padres que animan a sus hijos, niños y jóvenes, que van a la hoguera o, si son japoneses, a la decapitación, como a un triunfo, cantando el “Magnificat” y el “Te Deum”.

A esta gloriosa tropa de cristianos que sufrieron el martirio pertenecen también Miguel Yamada y su hijo Lorenzo. También eran catequistas y miembros de la Tercera Orden Franciscana. Habían prestado importantes servicios a la misión, instruyendo neófitos, bautizando, difundiendo la cultura religiosa. Tenían una gran barca que ponían a disposición de los misioneros cuando debían desplazarse de un lugar a otro en su ministerio apostólico.

A causa de estas actividades suyas Miguel y Lorenzo fueron arrestados y encarcelados. Permanecieron inconmovibles ante las amenazas de castigos y de muerte. El primero en padecer el martirio fue Lorenzo, quien bajo la mirada de su padre fue herido gravemente y luego decapitado. Miguel, como mayor responsable de su actividad religiosa, fue condenado a morir a fuego lento y finalmente también él fue decapitado. Padre e hijo se encontraron de nuevo juntos en la gloria del paraíso.

Las palabras que Miguel dirigió a su hijo antes de la decapitación parecen tomadas de la “pasión” de los primeros mártires de la Iglesia: “Lorenzo, mi querido hijo, ánimo, valor, sé fuerte. Tu madre y tus hermanos ya están en el cielo y con Jesús, María y todos los santos, te esperan en el Paraíso. Mira al cielo, que pronto será nuestro. Después de un gran dolor, tendremos una gran alegría. Tú me precedes y yo te seguiré pronto, para así trasplantar toda nuestra familia a aquella patria feliz donde seremos bienaventurados para siempre!”.



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