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lunes, 21 de noviembre de 2011

La visita canónica como kairós


Al final de esta celebración eucarística os entregaré un pergamino con la “Bendición de san Francisco”. Es el gesto de envío a las Entidades que os han sido asignadas para realizar la Visita Canónica y presidir los respectivos Capítulos provinciales. Mientras os agradezco el haber aceptado este servicio a los hermanos, os pido que saludéis a todos en mi nombre y en nombre de los miembros del Definitorio general y de los hermanos de esta fraternidad de Santa María Mediatrrice. Y puesto que vais en mi nombre durante todo el tiempo que dure la Visita, tened presente cuanto san Francisco pide a los Ministros, particularmente en la Carta a un Ministro, sin olvidar vuestro deber de animar a todos los hermanos a pasar de lo bueno a lo mejor, y de corregir a cuantos pecaren (2R VII), recordándoles a todos que la santidad es la vocación a la que todos hemos sido llamados y que ésta consiste en la perfección del amor.
Durante la Visita encontraréis mucha santidad: hermanos, jóvenes, adultos y ancianos, sanos y enfermos, que llevan una vida evangélica radical, como exige nuestra forma de vida, y que desde la lógica del don se entregan con verdadera pasión, sin cálculo ni reserva de algún tipo, al Señor y a los demás. A ellos pedidles que no desfallezcan en hacer el bien. Ellos son más necesarios que nadie en la Fraternidad, pues son las verdaderas columnas de la Orden. Su vida es una verdadera evangelización para los de cerca y para los de lejos, ad intra y ad extra, inter gentes y ad gentes.
Encontraréis también hermanos que desean seguir caminando, pero tal vez se sienten cansados y su vida corre peligro de volverse insípida. A los hermanos que se encuentran en esta situación recordarles, a tiempo y a destiempo, su propósito y el punto de partida, como nos invita santa Clara, es decir: cuanto hemos prometido el día de nuestra profesión, es decir: observar el Evangelio como regla y vida, “viviendo en obediencia, sin nada propio, y en castidad” (1R 1, 1). Al mismo tiempo invitadles a permanecer en estado de fundación, a sentirse responsables en primera persona de la revitalización de la forma de vida que Francisco ha vivido y nosotros hemos abrazado. Invitadles a la fidelidad creativa (cf. VC 37), de tal modo que sus vidas sean significativas para cuantos se acerquen a ellos. Invitadles a ser Evangelio viviente, “exégesis viviente de la Palabra de Dios” (Verbum Domini, 83), y, de este modo, poder ofrecer un estilo de vida alternativo al que ofrece una vida dominada por la mediocridad. Prestad particular atención a los hermanos que se han dejado llevar de la mano por la rutina, el desencanto, y la mediocridad. Sus vidas, evangélicamente hablando, corren peligro. Que no priven a los demás del testimonio gozoso de haber sido llamados y enviados a restituir, con su vida y su palabra, el don del Evangelio a los hombres y mujeres de hoy.
En la visita a las Entidades encontraréis también pecado e infidelidad. Mientras os pido lucidez para discernir lo que viene del Señor y lo que le es contrario (cf. VC 73), y fuerza para denunciar el pecado cualquiera que sea la forma en que se presente, os pido también misericordia con el pecador. Además de recordar siempre, como ya dije, la Carta a un Ministro, tened también presente cuanto dice san Agustín: El triunfo de la justicia es la misericordia. Mientras a estos hermanos les invitáis a la conversión, es decir, a creer en el Evangelio (cf. Mc 1, 15), no olvidéis nunca el comportamiento de Jesús con los pecadores (cf. Jn 8, 11). Sea ese comportamiento vuestra norma en todo momento.
La Visita canónica puede ser un momento de gracia para descubrir el paso del Señor en la vida y misión de los hermanos, y la vida y misión de las distintas Entidades. Un paso que en la mayor parte de las veces es muy discreto, como fue el paso del Señor por delante de la tienda de Abraham (cf. Gn 18, 1ss), o la presencia del Resucitado en el camino de los discípulos de Jesús (cf. Lc 24, 13ss). En ese caso es preciso una atención particular para que no pase de largo, sino que se quede con nosotros. Otras veces la visita del Señor se presenta cubierta de tantos y tan tupidos velos que es necesario ser centinela en la noche, un experto en la escucha y en la búsqueda del Señor, que sepa detectar esa presencia y como Juan Bautista la indique a los demás (cf. Jn 1, 15ss). Queridos hermanos visitadores: al mismo tiempo que os pido que pongáis a las Entidades que visitaréis en clima de discernimiento, y que invitéis a los hermanos a que hagan un alto en el camino para discernir dónde están, hacia dónde van, y lo que les pide el Señor en estos momentos (moratorium), os pido, también, que vosotros mismos seáis expertos en la escucha y en la búsqueda de lo que el Señor pide a los hermanos para que sus vidas sean evangélicamente significativas, y que, una vez que hayáis intuido lo que el Señor les pide, con mucha lucidez y audacia, se lo hagáis conocer y les animéis a ponerlo por obra, discerniendo juntos las mediaciones necesarias para alcanzar dicho propósito. Para ello sed hombres de oración y programad la Visita de tal modo que pueda realizarse en ese mismo clima de oración. Y recordar vosotros mismos y recordádselo a los hermanos que Dios solo no está donde no se quiere que esté, y sólo no se le encuentra donde no se le quiere encontrar.
La Iglesia, anclada en sus problemas internos, en estos momentos corre el riesgo de centrarse demasiado en sí misma, como una ciudad asediada. Esa misma tentación la experimenta la vida religiosa y la vida franciscana. Frente a la disminución de vocaciones, el envejecimiento y la dificultad en gestionar las obras que hemos heredado o puesto en pié, muchas veces a base de grandes sacrificios, las entidades corren el riesgo de cerrarse en ellas mismas, olvidando que nuestro claustro es el mundo, que hemos sido llamados para ser enviados (cf. Mc 1, 14-15), que communio y missio son inseparables. Nuestra Orden, como la Iglesia misma, necesita renovar la conciencia misionaria, es decir, el compromiso de hacer llegar a todos el anuncio del Evangelio, “con la misma fuerza de los cristianos de la primera hora” (Novo millennio ineunte, 58). Poned en el corazón de los hermanos palabras que les quemen por dentro, de tal modo que también ellos, como los discípulos de Emaús, “corran hacia sus hermanos para llevar la gran noticia: Hemos visto al Señor” (NMI 59). La misión es fuerza renovadora de la Iglesia y también lo será de la Orden, es nueva sabia que rejuvenece y da frescura a la vida de quien vive constantemente en actitud de misión (cf. Redemptoris missio, 2). Ni la Iglesia, ni la Orden pueden cerrarse sobre sí mismas. Por escasez de personal que puedan experimentar algunas Entidades, quienes hayan sido llamados a la misión, deben responder generosamente a la divina inspiración, y los ministros no pueden impedírselo, pues en esto, como en otras cosas, si no procedieran según Dios, de ello tendrán que dar cuenta a Dios (1R 3-4).
Pero la misión es inseparable de la experiencia de Dios y de la comunión de vida en fraternidad. Con Dios hay futuro, ama decir el papa Benedicto XVI. El activismo está siendo una triste realidad en tantos hermanos, que les distancia de Dios, y les hace extraños a sí mismos. En esta situación es necesario puntar sobre lo esencial, y lo esencial para nosotros está en la consagración al Señor, en poder decirle existencialmente, como Francisco: “Tú lo eres todo” (cf. AlD). Lo esencial mira al ser, antes que al hacer. Éste sin aquel puede ser un simple intento para llenar un vacío, que, sin embargo, será cada vez más grande, pues fácilmente lleva a una desorientación interior dislocante, a una fragmentación de la identidad, que ya E. Erikson había hipotizado y que nuestra época vive con dramática actualidad. En una situación así no hay otra salida que la de una personal localización (M. Oraison; M. Buber), que para nosotros consiste en vivir centrados en Cristo. “Allí donde está tu tesoro, allí está tu corazón” (Mt 6, 21). En la Visita es necesario que llevéis a los hermanos a plantearse la pregunta: ¿Dónde está tu tesoro? ¿Dónde está tu corazón? El otro pilar de nuestra vida, ya lo apuntamos antes, es la comunión de vida en fraternidad. La vida fraterna en comunidad es una buena noticia para los hombres y mujeres de nuestro tiempo tentados de conducir una existencia al margen de los otros.
Otro dimensión a la que es pido que prestéis particular atención es a la vida fraterna en comunidad. Ésta exige que los hermanos, particularmente los Ministros y Guardianes, busquen los medios necesarios para recrear la comunión, siempre que se haya roto. Una comunión de bienes, de vida y de fe, como la de la Iglesia primitiva. Busquen también de potenciar por todos los medios la intercomunicación de lo que se hace, lo que se piensa y lo que se siente, así como la calidez y la verdad en las relaciones entre ellos (cf. PdE 27). Trabajar para desterrar el individualismo y acabar con los proyectos individuales. Todo proyecto ha de ser gestionado desde la fraternidad y como fraternidad. Trabajad, también para evitar que haya hermanos que viven solos. Esto no se puede justificar ni pastoralmente ni humanamente. La fraternidad es el lugar de nuestra autorrealización.
Durante la Visita ayudad a los hermanos a vivir estas tres dimensiones en una relación dinámica, de tal modo que una alimente la otra y todas juntas ofrezcan un nuevo rostro de nuestra Orden, y así podamos decir, particularmente a los jóvenes,: “Venid y veréis” (Jn 1, 39).
Fr. José Rodríguez Carballo, ofm
Ministro general, OFM

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