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lunes, 19 de diciembre de 2011

"Despójate de tu tristeza". Carta de Navidad del Ministro General OFM


Sollemnitas Nativitatis Domini Nostri Jesu Christi 2011
Litterae Ministri Generali Ordinis Fratrum Minorum

Fr. José Rodríguez Carballo OFM
Ministro General.
Queridos hermanos: Es Navidad, la fiesta Dios-con-nosotros, del Emmanuel. Es    Navidad, la fiesta del Verbo hecho carne; del   jo que, sin dejar de serlo, se hace nuestro hermano (cf. 2Cel 198). Es Navidad, anuncio de paz: “Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que Dios ama” (Lc 2, 14), Cristo “es nuestra paz” (Ef 2, 14). Es Navidad, buena noticia para toda la humanidad: El Impasible se siente arrastrado por una inmensa pasión de amor. Sí, la Navidad nos revela el carácter pasional de la encarnación: revela la pasión de Dios por el hombre. Navidad es el inicio de las bodas entre Dios y la humanidad, el inicio de un amor que será más fuerte que la muerte (cf. Cant 8, 6). Y si es cierto que “hay más alegría en dar que en recibir” (Hch 20, 35), entonces Navidad no es sólo fiesta de la alegría
del hombre porque se siente amado, sino también la fiesta de la alegría de Dios porque ama. Navidad es el nacimiento de Dios en la tierra, nacimiento del hombre en los cielos.

“Os anuncio una gran alegría” (Lc 2, 10)
En Navidad todo invita a la alegría. Y el motivo de esa alegría es sencillo, y a la vez humanamente increíble, sólo comprensible desde la fe: Dios nos ha visitado, la carne de Dios se ha hecho solidaria con nuestra debilidad. Finalmente el hombre es abrazado por quien
lo ama. Pero esto se realiza de un modo totalmente nuevo e inesperado. Si los ídolos se caracterizan por su “grandeza enorm ”, su “esplendor extraordinario” y su “aspecto terrible” (cf. Dn 2, 31), si en otros tiempos Dios se reveló como un Dios grande, tremendo, potente y glorioso, un Dios que infunde temor (cf. Gn 3, 10), ahora, al cumplirse la plenitud de los tiempos (cf Gal 4, 4), Dios manifiesta su grandeza en la pequeñez de un recién nacido, su esplendor fascinante en un niño envuelto en pañales, y su aspecto tremendo en un niño tiritando de frío en un establo (cf. Lc 1, 12). El Altísimo y Omnipotente Señor, precisamente porque es grande,
es también aquel del cual no se puede pensar nada más pequeño (cf. Lc 9, 48). El Dios que se nos revela en Navidad, de hecho, es un Dios pequeño, impotente, necesitado del hombre; un Dios frágil e indefenso, que se confía al hombre (cf. Lc 2, 7). Y, precisamente
por ello, se expone al rechazo (cf. Jn 1, 11). Es la vulnerabilidad del amor, que no puede no respetar la libertad del hombre. Pero a cuantos le acogen en su pobreza, humillación y humildad, a cuantos le acogen en su vulnerabilidad, le da “el poder de llegar a ser hijos
de Dios” (Jn 1, 12).
La Navidad es siempre la fiesta de los pobres y sencillos, y es que “Dios ama hablar con los sencillos” (Volg. Pr 3,23). María fue la primera en recibir la invitación a la alegría (Lc 1, 28), y su Magnificat es el himno de exultación de todos los humildes (cf. Lc 1, 46ss). Los pastores son los primeros en recibir la buena noticia del nacimiento del Salvador (cf. Lc 2, 10), y en responder a ella con la alabanza (cf. Lc 2, 20). Juan salta de gozo cuando estaba todavía en el seno de su madre (cf. Lc 1, 44), y cuando Jesús da comienzo a su ministerio, el Precursor “se llena de alegría por la voz del Esposo” (Jn 3, 29). Por su parte, Francisco, el Poverello, el mismo que hacia el final de sus días, ya medio ciego y en medio de las mayores privaciones, pudo cantar el Cántico de las Criaturas, considerando la humildad de la encarnación, y contemplando el misterio de la Navidad deja derretir su corazón en inefable gozo (cf. 1Cel 84).
Es la alegría de la Navidad comunicada a los pobres, a los sencillos, a los limpios de corazón, como María, los pastores, Juan, Francisco. Dios no se revela a los sabios y prudentes (cf. Lc 10, 21), escoge a lo que el mundo desprecia (cf. 1Cor 1, 28). Estos no se alegran ni siquiera por lo que Dios hace en ellos. Sería como apropiarse del don recibido. Los pobres y sencillos se alegran porque se descubren llenos de Dios. Y es que cada uno lo acoge en la medida en que lo magnifica y es capaz de magnificarlo en la medida en que cede el puesto a su grandeza, abajándose. La Navidad no sólo nos muestra el camino que Dios ha recorrido para encontrarse con el hombre, sino también el camino que el hombre debe recorrer para acoger a Dios: Él, siendo rico se hizo pobre por amor, para enriquecernos con su pobreza (cf. 2Cor 8, 9); Él, “el Pastor grande de las ovejas” (Heb 13, 20), se muestra a los últimos, como a los pastores, a los humildes, como a María; a los pequeños, como a Francisco; a cuantos se retiran para dejarle crecer, como a Juan. La grandeza del amor de Dios se manifiesta en hacerse pequeño. Del mismo modo, la grandeza del hombre se muestra en dejar espacio a aquel por cuyo nacimiento una legión del ejército celestial alaba a Dios diciendo: “Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad” (Lc 2, 14).

“Alegrémonos todos en el Señor” (Fil 4,4)
¡Alegrémonos hermanos!, porque ha llegado el momento prometido. ¡Alegrémonos! ¡Hagamos fiesta!, participemos de la alegría de Dios! (cf. Sof 3, 14-17). Sí, hay motivos más que sobrados para alegrarnos. Los que no saben leer los signos de los tiempos con los ojos de Dios, viendo las dificultades por las que está atravesando la Iglesia, pensemos, entre otras cosas, en los últimos escándalos; viendo las dificultades por las que atraviesa nuestra Orden y toda la vida consagrada, pensemos en la escasez de vocaciones; y viendo las dificultades por las que atraviesa la sociedad, pensemos no sólo en la crisis económica que afecta a tantos, particularmente a los más pobres, sino también la profunda crisis cultural que estamos viviendo, piensan que hay muchas razones para estar preocupados y se dejan arrastrar por la tristeza, induciendo a otros al desánimo. A muchos de estos, Dios les parece abstracto e incluso inútil, a otros muchos, sin que lo confiesen abiertamente, les pesa el silencio de Dios. Son muchos los que ante una realidad como la que hemos descrito
y que es ciertamente dura, están viviendo la misma experiencia por la que atravesaban los discípulos de Emaús antes de encontrarse con el Resucitado, reflejada en aquel “nosotros esperábamos…” (Lc 24, 21). Para quien, en cambio, sabe leer todo desde Dios, sin cerrar los ojos ante todas estas realidades que acabamos de señalar, descubre sobrados motivos para estar alegres. Estos asumen la realidad no como una derrota sino como un desafío, una oportunidad y un kairós. Y todo ello porque saben que el Señor vino para quedarse con nosotros –“plantó su tienda entre nosotros” (Jn 1, 14)-; vino para caminar a nuestro lado todos los días, hasta el final de los tiempos (cf. Mt 28, 21). Ya no nos podrán llamar abandonados, ni a nuestra tierra devastada (cf. Is 62, 4). Hemos sido visitados por quien esperábamos: El Salvador, el Mesías, el Señor (cf. Lc 2, 11).
Si la fuente de la alegría está en la posesión de un bien conocido y amado, y en el encuentro y la comunión con los demás, con mayor razón como creyentes y como Hermanos Menores estamos llamados a experimentar una gran alegría cuando entramos en comunión profunda con Dios, confesado con el bien supremo (cf. AlD, 3), aun en medio del invierno, y de la noche oscura por la que uno pueda estar pasando.

“…para que vuestra alegría sea plena” (Jn 15, 11)
En estos tiempos delicados y duros es cuando más necesario se hace el testimonio de la alegría. Quienes seguimos “más de cerca” a Cristo estamos llamados a participar de la alegría del mismo Jesús: “Os he dicho estas cosas para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría sea plena” (Jn 15, 11). La alegría plena no es una posibilidad, menos aún una utopía. Para nosotros los creyentes es una responsabilidad. Si la alegría “está determinada por el descubrimiento de sentirse satisfechos” (H. G. Gademer); si la alegría es la experiencia de plenitud, entonces quien ha gustado el amor de Dios, y lo ama con corazón acogedor y agradecido, no puede dejar de gustar esa alegría que nadie le podrá arrebatar: ni las tribulaciones de todo tipo, ni las situaciones de gran sufrimiento y contradicción (cf. 2Cor 7, 4; Col 1, 24). Es más, entonces descubrirá la necesidad de testimoniar esa alegría que inunda su corazón en medio de quienes están pasando por las mismas situaciones. Y su vida será un canto: la canción de la alegría que ahonda sus raíces en la certeza de caminar de la mano del Dios con nosotros. Y su canto ayudará a que la vida de los demás sea una vida abierta a la esperanza. Para cuantos creemos en Cristo, la Navidad es invitación apremiante a ser testigos de la alegría en un mundo triste, a pesar de tantas distracciones, o probablemente a causa de tantas distracciones, que le alejan de la razón verdadera para estar alegres: Cristo Jesús.
Queridos hermanos: siendo la alegría una responsabilidad para nosotros, en cuanto cristianos y atítulo añadido en cuanto hijos de Francisco, no podemos privar al mundo del testimonio de esa alegría, indecible y gloriosa (cf. 1P 1, 8-9), que nace de la fe en Cristo y que consiste en una vida escondida en Dios.
Algunos podrían preguntarse: ¿Cómo, cuándo y dónde testimoniar esa alegría? Para responder a estas preguntas pienso sobre todo en el deber de mostrar la alegría de nuestra vocación. La vocación nos llegó sin que la hayamos provocado nosotros. En cierto sentido podemos decir que nos hemos tropezado con Él y la hemos ido descubriendo a medida que le permitíamos entrar en nuestro corazón, a través de la escucha de la Palabra y la participación en los sacramentos, y en la medida en que hemos acogido las mediaciones que el mismo Señor ponía en nuestro camino para discernir su proyecto sobre nosotros. Y poco a poco, casi sin darnos cuenta, fue naciendo una fuerte pasión por Cristo que nos llevó a seguirle, asumiendo el Evangelio como regla y vida, y abrazando la misma vida de Jesús: obediente, sin nada de propio, y en castidad (cf. 2R 1, 1). Y al mismo tiempo nació la pasión por los demás, particularmente por los últimos, y la pasión por la Iglesia, pues descubrimos que a Jesús no se le puede seguir dando la espalda a los rostros de Cristo pobre y crucificado, y que no podemos amar a Cristo al margen de la Iglesia. Y nos entregamos de todo corazón a llevar el don del Evangelio a los demás porque nos sentíamos
habitados por él. Y, como en el caso de la samaritana, la sed saciada se convirtió en anuncio y misión (cf. Jn 4, 1ss).
Son muchos los hermanos que, aún después de muchos años y en medio de toda clase de pruebas, siguen testimoniando la alegría de su vocación. Pienso en los hermanos que viven con gozo sin nada propio y que por ello son verdaderamente libres de todo afán
de poder y de poseer. Son tan pobres que sólo tienen a Dios y eso les basta, pues lo han descubierto como riqueza a saciedad (cf. AlD 4). Son tan pobres que sienten la alegría de la libertad evangélica. Pienso en los hermanos que viviendo desde la lógica del don, y
superando cualquier tipo de barrera cultural, religiosa, y geográfica, se entregan incondicionalmente a llevar la buena noticia del Evangelio a todos, a los de cerca y a los de lejos. Pienso en quienes son probados por la enfermedad, o en quienes, como Pablo, sienten el dolor
de una espina clavada en su carne (cf. 2Cor 12, 7), y, sin embargo, siguen derramando sonrisa y sembrando alegría a su alrededor, porque se sienten amados por el Dios amor (cf. AlD 4). Pienso en quienes, sabedores de que llevan su vocación en vasijas de barro (cf. 2Cor 4,
7), pero seguros de que en su debilidad se manifiesta la potencia del Señor (cf. 2Cor 12, 9), siguen, día a día, soportando el peso y el calor de la jornada, con la mano en el arado sin mirar atrás, a pesar de que el suelo a roturar se presenta duro y haya que contar con muchas piedras y malezas que ponen en peligro el que la semilla fructifique. Pienso, en fin, a cuantos acogen con gozo el don de los hermanos (cf. Test 14), y, al mismo tiempo, se dedican con constancia a construir fraternidad, sin esperar nada a cambio sino el bien del hermano. ¡Gracias hermanos por ser misioneros de la alegría!
Junto a estos, hay otros hermanos en los cuales el peligro de la rutina, de la desmotivación, de la tristeza, de la mediocridad y de la falta de pasión en la entrega se hace presente en sus vidas y se trasparenta en sus rostros. Sufren y sin querer hacen sufrir pues no se les
ve felices. En situaciones así, si uno no quiere entrar en un camino sin retorno, se hace necesario volver al primer amor, a redescubrir al Dios-con-nosotros. Se hace necesario volver a la oración, fuente de la que mana la alegría de encontrarse con el Señor, fuego
contra el frío de la indiferencia, de la desmotivación y de la tristeza. Cuando oramos nuestro corazón se libra de tantas escorias y nos libra de los caprichos del humor pasajero. Además, cuando entramos en nuestro cuarto y en lo secreto oramos al Padre (cf. Mt 6, 6), sentimos otra gran alegría: la de interceder por los demás. Como lo fue para Francisco, también para nosotros, la experiencia de Dios ha de ser la primera fuente de alegría. Por otra parte es necesario descubrir la belleza de la fraternidad abierta a la Iglesia, al mundo y a la creación entera.
El invierno por el que estamos atravesando en la vida religiosa y franciscana, y en la misma vida de la Iglesia, no ha de verse como un camino de muerte, sino como un tiempo de poda, el tiempo propicio para trabajar las raíces, para volver a lo esencial, para dejaros encontrar
de nuevo por Dios. Lo demás lo hará él y nuestra vida volverá a ser un canto a la alegría.

“¡Despójate de tu tristeza!” (cf. Ba 5, 1)
Hermano, tú que vives envuelto en la tristeza, despójate de ella, porque “ya reina tu Dios” (Is 52, 7), porque el recién nacido es el Emmanuel, el Dios-connosotros (cf. Mt 1, 23). Vosotros que estáis atravesando una noche oscura y que pensáis que hemos llegado al
ocaso, “no estéis tristes ni lloréis […], porque la alegría del Señor es vuestra fuerza” (Neh 8, 9-10). Navidad nos cuestiona profundamente si estamos viviendo o no la alegría del Dios-con-nosotros. La humanidad tiene necesidad de una vida cristiana y franciscana que sea
trasparencia de Cristo y que se manifieste en la donación total, gozosa y apasionada. Ésta será una gran propuesta vocacional. Somos misioneros más por lo que somos que por lo que hacemos o decimos. Ser alegres, cambiar nuestras actitudes deprimentes, negativas y derrotistas por otras entusiastas, positivas y esperanzadoras, es la condición sine qua non de una pastoral vocacional y de un anuncio creíble del Evangelio. Francisco nos muestra el camino para llegar a sembrar alegría: dejar que Cristo entre en nuestros corazones, en nuestra vida,
y caminar mano con mano con los demás: primero con los hermanos que el Señor me regaló, y con los que comparto vida y misión, y luego con todos los hombres amados de Dios, particularmente de los últimos y de los excluidos.

Con un abrazo de Paz y Bien, os deseo a todos:
¡Gozosa y Feliz Navidad!
Roma, 8 de noviembre,
fiesta del Beato Juan Duns Scoto, 2011

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