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viernes, 9 de diciembre de 2011

El inmaculismo: la polémica sobre la Inmaculada Concepción

Por José Calvo Poyato

La polémica de la Inmaculada Concepción fue muy fuerte en Andalucía, principalmente en Sevilla y Granada

Inmaculada Concepción,
óleo pintado por Murillo

Acomienzos del siglo XVII, bajo el reinado de Felipe III, se desató en España una fuerte polémica en torno a la Inmaculada Concepción de María, donde intervinieron algunas órdenes religiosas. El enfrentamiento fue muy fuerte en Andalucía, principalmente en Sevilla y Granada, aunque el posicionamiento a favor y en contra de tan ardua cuestión se produjo hasta los más apartados rincones. En el centro de la tormenta, pues tormentosa y violenta fue la defensa de tan antagónicas posiciones, se situaron los dominicos y los franciscanos.
Los hermanos de orden de Santo Tomás de Aquino sostenían que la Virgen María fue concebida con el primigenio pecado y por lo tanto manchada, como toda la estirpe humana desde que nuestros primeros padres actuaron indebidamente en el Paraíso Terrenal. Por el contrario, los franciscanos defendían la concepción inmaculada de la Virgen que fue concebida sin mácula y libre del pecado original. La tesis inmaculista de los franciscanos fue mucho mejor acogida por las autoridades civiles y por las clases populares quienes la defendieron con ardor.
También tomaron cartas en el asunto los cabildos eclesiásticos. En Sevilla el canónigo don Mateo Vázquez de Leca encargó a Miguel Cid que compusiera unas coplillas alusivas al hecho, cuyo estribillo se hizo rápidamente muy popular: «Todo el mundo en general/ a voces, Reina escogida/ diga que sois concebida/ sin pecado original». Los dominicos del convento de San Pablo respondieron desde el púlpito, señalando que todo aquello eran «novedades, que andan cantando disparates contra lo que tiene ya definido la escuela de Santo Tomás». Calificaban a las coplas de Cid como «glosilla inventada por Satanás».
Los enfrentamientos fueron tan recios y ásperos que no se limitaron, como pudiera pensarse, a disputas teológicas y excesos verbales. Dieron lugar a las llamadas «guerras marianas» en las que los dominicos rompieron carteles donde se decía: «María Santísima sin pecado original» y los concepcionistas amenazaron con prender fuego a un perro «prieto y blanco», símbolo de Santo Domingo. Los dominicos afirmaron que si tal cosa tenía lugar, quemarían unas zorrillas llenas de pólvora en la fiesta de su octavario. También respondieron a una procesión que se celebró en Sevilla a favor de la Inmaculada y a la que según las crónicas acudieron 40.000 personas, lanzando un libelo difamatorio contra el arzobispo, donde había algunos sonetos satíricos en los que vertían toda clase de invectivas.
En algún lugar se llegó a las manos, como en Aracena donde, según un testimonio de la época, se «cometieron muchos otros delitos, tirando pedradas, dando muchas coces y puñadas». También en Jerez de la Frontera se vivieron los enfrentamientos con mucha pasión; allí un dominico insultó a un albañil que cantaba las coplas de la Concepción, al que llamó perro judío, ensambenitado él, su padre y su abuelo.
En 1615 don Pedro de Castro, arzobispo de Sevilla (antes lo había sido de Granada) —ferviente inmaculista— elevó un memorial a Felipe III para que solicitase a Roma un pronunciamiento sobre la Inmaculada Concepción de María, algo que se retrasó casi dos siglos y medio, al no proclamarse dicho dogma hasta el 8 de diciembre de 1854 en que Pío IX publicó la bula Ineffabilis Deus.

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