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lunes, 26 de diciembre de 2011

El Papa invita al mundo a "volverse al Niño de Belén" para pedir por la paz


VATICANO, 25 Dic. 11 / 02:31 pm (ACI)
En un emotivo mensaje Navideño pronunciado desde la Logia de la Plaza de San Pedro en el Vaticano, el Papa Benedicto XVI llamó a todos los cristianos este 25 de diciembre a dirijirse "al Niño de Belén, al Hijo de la Virgen María" para invocar por la paz y estabilidad en "la Tierra en la que ha decidido entrar en el mundo"; así como otras puntos del planeta afligidos "por tantos conflictos que todavía hoy ensangrientan el planeta".
A continuación, la versión íntegra del discurso del Papa Benedicto el día de Navidad 2011.
Queridos hermanos y hermanas, volvamos la vista a la gruta de Belén: el niño que contemplamos es nuestra salvación. Él ha traído al mundo un mensaje universal de reconciliación y de paz. Abrámosle nuestros corazones, démosle la bienvenida en nuestras vidas. Repitámosle con confianza y esperanza: «Veni ad salvandum nos».
Queridos hermanos y hermanas de Roma y del mundo entero
Cristo nos ha nacido. Gloria a Dios en el cielo, y paz a los hombres que él ama. Que llegue a todos el eco del anuncio de Belén, que la Iglesia católica hace resonar en todos los continentes, más allá de todo confín de nacionalidad, lengua y cultura. El Hijo de la Virgen María ha nacido para todos, es el Salvador de todos.
Así lo invoca una antigua antífona litúrgica: «Oh Emmanuel, rey y legislador nuestro, esperanza de las naciones y salvador de los pueblos, ven a salvarnos, Señor Dios nuestro». Veni ad salvandum nos. Este es el clamor del hombre de todos los tiempos, que siente no saber superar por sí solo las dificultades y peligros. Que necesita poner su mano en otra más grande y fuerte, una mano tendida hacia él desde lo alto. Queridos hermanos y hermanas, esta mano es Cristo, nacido en Belén de la Virgen María. Él es la mano que Dios ha tendido a la humanidad, para hacerla salir de las arenas movedizas del pecado y ponerla en pie sobre la roca, la roca firme de su verdad y de su amor (cf. Sal 40,3).
Sí, esto significa el nombre de aquel niño, el nombre que, por voluntad de Dios, le dieron María y José: se llama Jesús, que significa «Salvador» (cf. Mt 1,21; Lc 1,31). Él fue enviado por Dios Padre para salvarnos sobre todo del mal profundo arraigado en el hombre y en la historia: ese mal de la separación de Dios, del orgullo presuntuoso de actuar por sí solo, del ponerse en concurrencia con Dios y ocupar su puesto, del decidir lo que es bueno y es malo, del ser el dueño de la vida y de la muerte (cf. Gn 3,1-7). Este es el gran mal, el gran pecado, del cual nosotros los hombres no podemos salvarnos si no es encomendándonos a la ayuda de Dios, si no es implorándole: «Veni ad salvandum nos - Ven a salvarnos».
Ya el mero hecho de esta súplica al cielo nos pone en la posición justa, nos adentra en la verdad de nosotros mismos: nosotros, en efecto, somos los que clamaron a Dios y han sido salvados (cf. Est 10,3f [griego]). Dios es el Salvador, nosotros, los que estamos en peligro. Él es el médico, nosotros, los enfermos. Reconocerlo es el primer paso hacia la salvación, hacia la salida del laberinto en el que nosotros mismos nos encerramos con nuestro orgullo. Levantar los ojos al cielo, extender las manos e invocar ayuda, es la vía de salida, siempre y cuando haya Alguien que escucha, y que pueda venir en nuestro auxilio.
Jesucristo es la prueba de que Dios ha escuchado nuestro clamor. Y, no sólo. Dios tiene un amor tan fuerte por nosotros, que no puede permanecer en sí mismo, que sale de sí mismo y viene entre nosotros, compartiendo nuestra condición hasta el final (cf. Ex 3,7-12). La respuesta que Dios ha dado en Jesús al clamor del hombre supera infinitamente nuestras expectativas, llegando a una solidaridad tal, que no puede ser sólo humana, sino divina. Sólo el Dios que es amor y el amor que es Dios podía optar por salvarnos por esta vía, que es sin duda la más larga, pero es la que respeta su verdad y la nuestra: la vía de la reconciliación, el diálogo y la colaboración.
Por tanto, queridos hermanos y hermanas de Roma y de todo el mundo, dirijámonos en esta Navidad 2011 al Niño de Belén, al Hijo de la Virgen María, y digamos: «Ven a salvarnos». Lo reiteramos unidos espiritualmente tantas personas que viven situaciones difíciles, y haciéndonos voz de los que no tienen voz.
Invoquemos juntos el auxilio divino para los pueblos del Cuerno de África, que sufren a causa del hambre y la carestía, a veces agravada por un persistente estado de inseguridad. Que la comunidad internacional no haga faltar su ayuda a los muchos prófugos de esta región, duramente probados en su dignidad.
Que el Señor conceda consuelo a la población del sureste asiático, especialmente de Tailandia y Filipinas, que se encuentran aún en grave situación de dificultad a causa de las recientes inundaciones.
Y que socorra a la humanidad afligida por tantos conflictos que todavía hoy ensangrientan el planeta. Él, que es el Príncipe de la paz, conceda la paz y la estabilidad a la Tierra en la que ha decidido entrar en el mundo, alentando a la reanudación del diálogo entre israelíes y palestinos. Que haga cesar la violencia en Siria, donde ya se ha derramado tanta sangre. Que favorezca la plena reconciliación y la estabilidad en Irak y Afganistán. Que dé un renovado vigor a la construcción del bien común en todos los sectores de la sociedad en los países del norte de África y Oriente Medio.
Que el nacimiento del Salvador afiance las perspectivas de diálogo y la colaboración en Myanmar, en la búsqueda de soluciones compartidas. Que nacimiento del Redentor asegure estabilidad política en los países de la región africana de los Grandes Lagos y fortaleza el compromiso de los habitantes de Sudán del Sur para proteger los derechos de todos los ciudadanos
Queridos hermanos y hermanas, volvamos la vista a la gruta de Belén: el niño que contemplamos es nuestra salvación. Él ha traído al mundo un mensaje universal de reconciliación y de paz. Abrámosle nuestros corazones, démosle la bienvenida en nuestras vidas. Repitámosle con confianza y esperanza: «Veni ad salvandum nos».

Navidad: ponerse en camino hacia el centro

Ministro general Fr. José Rodríguez Carballo OFM, durante exposición
de nacimientos de Navidad en Palestrina.
Es Navidad, “la fiesta de las fiestas” para Francisco (cf. 2 Cel 199), por ser el día del gran regalo de Dios a la humanidad, el regalo de su Hijo. Hoy se ha cumplido plenamente el anuncio de Isaías: “Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado” (Is 9, 5). Es Navidad, la fiesta de la vida. En el “Niño de Belén”, como amaba llamarlo nuestro Padre san Francisco, el padre de las Misericordias nos ha regalado la vida y la vida en abundancia. Es Navidad, la fiesta de la eterna juventud de Dios, y de aquellos que le acogen en los humildes signos de un recién nacido envuelto en pañales (cf. Lc 2, 7). Es Navidad, el Altísimo y Omnipotente se revela como el Emanuel, el Dios-con-nosotros. Desde entonces la humanidad ya no podrá decirse abandonada.

“Hemos heredado un país en el que la fe en Jesús y en la Navidad es una maravilla”


El Cardenal Juan Luis Cipriani presidió la Santa Misa de Nochebuena en la Basílica Catedral de Lima, en donde recordó que en esta fecha tan importante contemplamos ese gran misterio del nacimiento del Hijo de Dios, nuestro Salvador.
Mencionó que hemos de contemplar la Navidad con fe y con humildad y que el encuentro con Jesús se logra si cada uno de nosotros procura en la inmensidad de Dios ser un niño muy pequeño.
"La Navidad tiene un gran mensaje de recuerdo agradecido a nuestros padres y abuelos que nos trajeron a la vida y nos transmitieron la fe. Y esa sencillez del niño parecería que es una condición que pone Dios para que el encuentro en esta Navidad tenga un cambio en mi vida", afirmó.
El Arzobispo de Lima comentó que en todos los rincones y en las situaciones más varadas de nuestro país brilla la luz de la fe y Jesús es recibido con cariño, con gozo y con alegría
"Aquel nacimiento pequeñito en un rincón del cerro, en aquella cárcel, en aquel hospital, es un iluminar de gozo, de alegría y de paz. Gracias a Dios y a nuestros hermanos mayores hemos heredado un país en el que la fe en Jesús y en la Navidad es una maravilla. No dejemos que este ambiente cristiano se vea invadido o sofocado por un exceso de bienestar o comodidad. Nosotros tenemos el deber de entregar a los niños esas costumbres y tradiciones de la fe que nos dejaron nuestros padres", exhortó.
Manifestó también que este mundo de hoy se presenta tantas veces cargado de tinieblas: guerras, crisis, enfrentamientos, una soberbia tan grande; pero Jesús nos recuerda que ha venido para salvarnos.
"Cada uno de nosotros tiene tantas veces esa oscuridad de una fe frágil o de una esperanza que se quiebra con facilidad ante una dificultad o de un amor tibio. Pensemos en esa nueva vitalidad de la fe del Niño, una convicción más profunda, una fuerza mayor de la gracia", señaló. 
"Jesús ha venido al mundo, ha venido a tu vida y a tu familia, se acabó la oscuridad. Dios no ha venido a un mundo que desaparece, que no tiene arreglo, Dios ha venido para unirse de una manera muy especial a cada uno de nosotros a lo largo de la historia", continuó.
En otro momento, el Cardenal Cipriani animó a entregarnos con confianza a ese Niño bueno y sencillo; a su Madre maravillosa y a San José, para que puedan entrar en nuestra alma.
"Yo solo pido Jesús, cólmanos de tu bendición, de tu perdón, de tu alegría y de tu paz; Madre mía, Madre de Dios, llévanos a Jesús siempre, danos la Navidad; José, limpia nuestro corazón con esa pureza de tu amor, danos esa firmeza para cuidar el hogar. Tantos deseos ponemos al pie del nacimiento con inmensa alegría", expresó.
Finalmente, concluyó su homilía enviando un saludo de Navidad a todos los hogares peruanos: "Yo, en nombre de la Iglesia como Pastor, les digo a todos con enorme gozo ¡Feliz Navidad!, que Dios bendiga a todos sus hogares".
Concelebró con el Cardenal Cipriani, Monseñor Kevin Randall, encargado de negocios de la Nunciatura Apostólica.
 

"Jesús es el garante de nuestra libertad, es el amor eterno hecho niño"



 
"En estos días de Navidad le pedimos a Jesús que ilumine los corazones y mentes para que dejemos de lado ideologías trasnochadas y vayamos con espíritu abierto a buscar la felicidad para todos", mencionó el Cardenal Juan Luis Cipriani durante la Misa que presidió en la Basílica Catedral de Lima, el domingo 25 de diciembre, Solemnidad de la Natividad del Señor.
"Las ideologías no salvan el mundo, sino solo dirigir la mirada a Dios que nace. Jesús es el garante de nuestra libertad, de lo que realmente es bueno y auténtico, es el amor eterno hecho niño. Dejemos de lado lenguajes que no recogen la grandeza del ser humano. Que si la izquierda o la derecha; hermanos, todos somos hijos de Dios, una sola raza de un solo Perú a los pies del niño Jesús", refirió el Arzobispo de Lima.
"Por eso desde aquí nuestra cercanía con tantos hermanos de toda condición y de todo lugar. Que nadie se sienta dejado de lado de este niño Dios y del gozo de la Navidad. Que la fe se exprese con ese respeto, libertad y firmeza", prosiguió. En tal sentido, animó a los fieles a vivir con mayor rectitud, justicia y veracidad.
"Tu vida vale mucho no por tus ideas, ni por tu credo, ni por tu condición social, vale por tu dignidad, esto es lo que la venida de ese Dios que se hace hombre repite a la humanidad una y mil veces. La vida de Jesús es la escuela de la lucha por la dignidad,  la libertad y la verdad", señaló.
Vocación a la trascendencia
Asimismo, exhortó a todos los peruanos a vivir una vocación a la trascendencia, para buscar más allá de lo meramente material.
"Sé que son tiempos en que lo que no es tangible y visible tiene poco espacio en el pensamiento. Ahora todo se mide con cosas materiales, pero la vida así no tiene futuro. Hay que trascender. El hombre necesita respirar con esa alma de donde nace la justicia, la valentía, la verdad y la libertad, y eso es dado por Dios".
La herencia católica peruana
El Cardenal Cipriani también reflexionó sobre la importancia de reconocer la gran tradición católica que hereda el pueblo peruano.
"Recibimos hermanos un pueblo maravilloso que tenazmente busca la felicidad, el desarrollo y el bienestar. Y nuestro pueblo ha heredado esa fe católica que con gran respeto y sin esconder la realidad histórica ha conformado la identidad de nuestra gente. Por eso las luchas fratricidas que de manera tan dura vivimos en años pasados deben terminar, pero no terminarán con pacifismos, terminarán cuando la verdad que es Jesús, se abra campo", refirió.
"No nos dejemos invadir por ese atraso que viene del mundo desarrollado que nos quiere decir que "guardemos" el amor a Jesús. Felizmente nuestro Perú no es así ni será así. No queremos seguir esa senda, por supuesto que respetamos todas las religiones, pero amamos la fe católica que el único Redentor Jesús ha traído al mundo", continuó.
Concelebraron con el Cardenal Cipriani, los Obispos Auxiliares de Lima, Monseñores Adriano Tomasi y Raúl Chau; así como Monseñor Kevin Randall, Encargado de Negocios de la Nunciatura Apostólica.
Participaron de la Santa Misa la Primera Vicepresidenta de la República, Dra. Marisol Espinoza; el Presidente del Poder Judicial, Dr. César San Martín, el Presidente del Consejo de Ministros, Dr. Oscar Valdez; el Ministro de Justicia, Dr. Juan Jiménez; el Ministro del Trabajo, José Villena; así como el miembros del Cuerpo Diplomático acreditado en el Perú; y autoridades civiles y militares, a quienes el Arzobispo de Lima agradeció de manera especial su presencia en la Basílica Catedral de Lima.
"Aprecio en toda su dimensión la presencia de ustedes en este día de Navidad, y los saludo con afecto", culminó.
 

domingo, 25 de diciembre de 2011

CLARISAS CAPUCHINAS DEL MONASTERIO DE JESÚS, MARÍA Y JOSÉ

Estimados hermanos, Paz y bien:


Con mucho cariño les enviamos este saludo; unidos en oración para que Jesús "El Rey de Reyes" sea conocido hasta los confines de la tierra y este 24 a una sola voz alabemos y demos gloria al Salvador del mundo por quien todo se ha hecho y seamos instrumentos de PAZ, ALEGRÍA, ESPERANZA, AMOR, FE, CONVERSIÓN, UNIÓN.






Sus hermanas Clarisas Capuchinas de Lima-Perú.

sábado, 24 de diciembre de 2011

Saludo franciscano

Por: Fr. Carlos Caselli OFM (1918-1976)

En esta santa oficina
costumbre laudabilísima,
el saludar a María
con el "Ave María Purísima"

Buen cristiano será quien
tal salutación oída,
al punto responda, y bien,
"Sin pecado concebida".




El saludo tradicional en los pueblos castellanos AVE MARÍA PURÍSIMA, SIN PECADO CONCEBIDA", es el típico saludo franciscano, que perdura  en la liturgia al iniciar el sacramento de la confesiòn. Tiene su origen en la historia del dogma de la Inmaculada Concepción, que para concientizar y difundir la tesis sobre la INMACULADA CONCEPCIÓN  DE LA VIRGEN MARÍA, los defensores de esta doctrina iniciada por el  teólogo  beato "doctor sutil"Juan Duns Escoto, y en lo sucesivo los franciscanos, se propusieron mentalizar al pueblo cristiano con este lema, que culminó con la Definición dogmática de la Inmaculada Concepción por el papa Pío IX el 8 de diciembre de 1854. 
 Se trata de un "lema", "santo y seña", "consigna" que en muchos casos usamos para identificarnos o reforzar una idea común. Por ejemplo, el saludo "HERMANO, MORIR TENEMOS, de un monje cisterciense al encontrarse con otro, quien responde... YA LO SABEMOS Y EN CIELO NOS ENCONTRAREMOS" .  En Italia se usa el saludo con la expresión "SÌA LODATO GESUCRISTO... al cual responde el interlocutor SEMPRE SÌA LODATO" . Igualmente en los países sajones, especialmente Alemania, se saluda diciendo "Grüß Gott"... y el interlocutor responde "Grüß Gott". Este es el típico saludo franciscano, que perdura  en la liturgia al iniciar el sacramento de la confesiòn.

viernes, 23 de diciembre de 2011

Horarios de Misa por Navidad y fin de año en Lima

www.arzobispadodelima.org


Basílica Catedral de Lima
Sábado, 24 de diciembre: Misa de Nochebuena a las 8:00 pm.
Domingo, 25 de diciembre: Misa de Navidad a las 11:00 am
Domingo, 01 de enero de 2012: Solemnidad de la Maternidad de María a las 11:00 am
Asimismo damos a conocer los horarios de Misa por Navidad y fin de año en algunas parroquias de la Arquidiócesis de Lima (el listado se elabora por distritos).
Ate 
Parroquia Nuestra Señora de la Esperanza
Av. Los Quechuas cuadra 4, Salamanca; ATE
Sábado, 24 a las 9 p.m.
Domingo, 25 a las 7 a.m., 9 a.m. y 11 a.m.; 6 p.m. y 7:30 p.m.
Sábado, 31 a las 7 p.m.
Domingo 01 a las 7 a.m., 9 a.m. y 11 a.m.; y 6 p.m. y 7:30 p.m.
Barranco
Parroquia La Santísima Cruz
Parque Municipal 110, BARRANCO
Sábado, 24 a las 8 p.m.
Domingo, 25 a las 10 a.m., 12 p.m.; 6 p.m. y 7:30 p.m.
Sábado, 31 a las 8 p.m.
Domingo, 01 a las 10 a.m., 12 p.m.; 6 p.m. y 7:30 p.m.
Parroquia San Francisco de Asís – Barranco
Calle Colón 324, BARRANCO
Sábado, 24 a las 8 p.m.
Domingo, 25 a las 7 a.m., 8 a.m.; 12 p.m., 6 p.m. y 7 p.m.
Sábado, 31 a las 7 a.m. y 8 a.m.; 8 p.m.
Domingo, 01 a las 7 a.m., 8 a.m.; 12 p.m., 6 p.m., 7 p.m.
Breña
Parroquia María Auxiliadora 
Psje. María Auxiliadora 191 / Av. Brasil 210, BREÑA
Sábado, 24 a las 8 p.m.
Domingo, 25 a las 7 a.m., 8 a.m., 9 a.m., 10:15 a.m., 11:30 a.m.; 1 p.m., 6 p.m., 7 p.m. y 8:15 p.m.
Sábado, 31 a las 8 p.m.
Domingo, 01 a las 7 a.m., 8 a.m., 9 a.m., 10:15 a.m., 11.30 a.m., 1 p.m., 6 p.m., 7 p.m. y 8:15 p.m.
Parroquia San Pablo y Nuestra Señora del Carmen
Gral. Orbegoso 1160, Azcona, BREÑA
Sábado, 24 a las 6 p.m. (Misa para niños) y 8 p.m.
Domingo, 25 a las 11:30 a.m. y 7 p.m.
Sábado, 31 a las 7 p.m.
Domingo, 01 a las 11:30 a.m. y 7 p.m.
Cercado de Lima
Parroquia El Sagrario
Carabaya s/n - Plaza Mayor de Lima, CERCADO
Sábado, 24 a las 7 p.m.
Domingo, 25 a las 7 p.m. (Misa y Concierto de Navidad con Los Toribianitos)
Lunes, 26 a las 8 p.m. (Concierto Coro de la Universidad Católica)
Sábado, 31 a las 5 p.m. y 7 p.m.
Domingo, 01 a las 7 p.m.
Parroquia Nuestra Señora de Montserrat y San Sebastián
Jr. Callao 842, CERCADO
San Sebastián
Sábado, 24 a las 8 p.m.
Domingo, 25 a las 8 a.m., 11 a.m.; y 7 p.m.
Sábado, 31 a las 8 p.m.
Domingo, 01 a las 8 a.m., 10 a.m. y 11 a.m.
Nuestra Señora de Montserrat
Sábado, 24 a las 7 p.m.
Domingo, 25 a las 7 a.m. y 7 p.m.
Sábado, 31 a las 7 p.m.
Domingo, 01 a las 7 a.m. y 7 p.m.
Parroquia San Marcelo 
Jr. Rufino Torrico 618, CERCADO
Sábado, 24 a las 8 p.m.
Domingo,  25 a las 10:30 a.m (Misa Tridentina), y a las 6 p.m.
Sábado, 31 a las 8 p.m.
Domingo, 01 a las 6 p.m.
Parroquia Nuestra Señora de Cocharcas
Jr. Huanuco 970, CERCADO
Sábado, 24 a las 7 p.m. y 9 p.m.
Domingo, 25 a las 7 a.m., 8 a.m., 9:30 a.m., 10:30 a.m.; 12 p.m., 6 p.m., 7 p.m. y 8 p.m.
Sábado, 31 a las 7 p.m. y 9 p.m.
Domingo, 01 a las 7 a.m., 8 a.m., 9:30 a.m., 10:30 a.m.; 12 p.m., 6 p.m., 7 p.m. y 8 p.m.
Parroquia Nuestra Señora de las Mercedes
Jr. Ancash 1114, Barrios altos, CERCADO.
Sábado, 24 a las 9 p.m.
Domingo, 25 a las 7 p.m.
Sábado, 31 a las 7 p.m.
Domingo, 01 a las 7 p.m.
Parroquia Santiago Apóstol – Cercado
Jr. Conchucos 720, Plaza del Cercado, CERCADO
Sábado, 24 a las 9 p.m.
Domingo, 25 a las 9 a.m., 11 a.m.; y 7 p.m.
Sábado, 31 a las 7 p.m.
Domingo, 01 a las 7 p.m.
Parroquia Cristo Rey
Enrique Villar 605, Urb. Santa Beatriz, CERCADO
Sábado, 24 a las 9 p.m.
Domingo, 25 a las 9 a.m., 10:30 a.m., 12 p.m., 6 p.m., 7:30 p.m.
Sábado, 31 a las 8 p.m.
Domingo, 01 a las 9 a.m., 10:30 a.m., 12 p.m., 6 p.m., 7:30 p.m.
Parroquia Nuestra Señora de Fátima- Unidad Vecinal
Unidad Vecinal Nº 3 (Altura cuadra 27 Av. Colonial), CERCADO
Sábado, 24 a las 6 p.m., 7:30 p.m., 9 p.m.
Domingo, 25 a las 7:30 a.m., 10:30 a.m., 12 p.m., 6 p.m. y 7:30 p.m.
Sábado, 31 a las 6 p.m. y 7 p.m.
Domingo, 01 a las 10:30 a.m., 12 p.m., 6 p.m., 7:30 p.m.
Parroquia Santa Teresita del Niño Jesús
Jr. Madre de Dios 333, CERCADO.
Sábado, 24 a las 7 p.m.
Domingo, 25 a las 7 p.m.
Sábado, 31 a las 7 p.m.
Domingo, 01 a las 7 p.m.
Chorrillos
Parroquia San Pedro – Chorrillos
Av. Mcal. Castilla 296, CHORRILLOS
Sábado, 24 a las 9 p.m.
Domingo, 25 a las 7 a.m., 8:30 a.m., 10 a.m.; 12 p.m., 6 p.m. y 7:30 p.m.
Sábado, 31 a las 9 p.m.
Parroquia Los Doce Apóstoles
Haití 142, Los Laureles, CHORRILLOS
Sábado, 24 a las 7 p.m. y 9 p.m.
Domingo, 25 a las 6 p.m. y 7:30 p.m.
Sábado, 31 a las 7 p.m.
Domingo, 01 a las 6 p.m. y 7:30 p.m.
Jesús María
Parroquia San José
República Dominicana 458, JESÚS MARÍA
Sábado, 24 a las 8 p.m.
Domingo, 25 a las 8:30 a.m., 10 a.m., 11:30 a.m., 1 p.m., 6 p.m., 7:30 p.m.
Sábado, 31 a las 7 p.m.
Domingo, 01 a las 8:30 a.m., 10 a.m., 11:30 a.m.; 1 p.m., 6 p.m. y 7:30 p.m.
La Molina Parroquia Inmaculado Corazón
Av. Alameda de la Paz (ex. Av. Las Palmeras) s/n urb. El Remanso, La Molina.
Sábado, 24 a las 6:30 p.m. y 8 p.m.
Domingo, 25 a las 7:30 a.m., 10 a.m.; 12 p.m., 5 p.m., 6 p.m., 7 p.m., 8 p.m.
Sábado, 31 a las 8 a.m.; 6 p.m. y 7 p.m.
Domingo, 01 a las 7:30 a.m., 10 a.m.; 12 p.m., 5 p.m., 6 p.m., 7 p.m., 8 p.m.
Parroquia San Pablo de la Cruz
Calle Cusco esq. Con Calle Tacna, urb. Santa Patricia, La Molina.
Sábado, 24 a las 6 p.m., 7 p.m. y 9 p.m.
Domingo, 25 a las 7:30 a.m., 10:30 a.m.; 12 p.m., 6 p.m. y 7:30 p.m.
Sábado, 31 a las 6 p.m. y 7 p.m.
Domingo, 01 a las 7:30 a.m., 10:30 a.m.; 12 p.m., 6 p.m., 7:30 p.m.
La Victoria
Parroquia San Norberto
Av. San Eugenio 860, Santa Catalina, LA VICTORIA.
Sábado, 24 a las 7 p.m.
Domingo, 25 a las 8 a.m., 10 a.m.; 12 p.m., 6 p.m. y 7:30 p.m.
Sábado, 31 a las 7 p.m.
Domingo, 01 a las 8 a.m., 10 a.m.; 12 p.m., 6 p.m. y 7:30 p.m.
Parroquia Nuestra Señora de Guadalupe
Parque Unión Panamericana s/n, Balconcillo, LA VICTORIA
Sábado, 24 a las 8 p.m.
Domingo, 25 a las 7:15 a.m., 9:30 a.m.; 12 p.m., 6 p.m. y 7:30 p.m.
Sábado, 31 a las 8 p.m.
Domingo, 01 a las 7:15 a.m., 9:30 a.m.; 12 p.m., 6 p.m. y 7:30 p.m.
Lince
Parroquia Santa Rosa de Lima
Almirante Guisse 2150, LINCE
Sábado, 24 a las 6 p.m. y 8 p.m.
Domingo, 25 a las 12 p.m., 6 p.m. y 7:30 p.m
Sábado, 31 a las 6 p.m. y 7 p.m.
Domingo, 01 a las 12 p.m., 6 p.m. y 7:30 p.m
Magdalena del Mar
Parroquia Sagrado Corazón de Jesús
José Benito Lazo 525, MAGDALENA
Sábado, 24 a las 9 p.m.
Domingo, 25 a las 7 a.m., 8 a.m., 9:30 a.m.; 12:15 p.m., 6 p.m., 7:30pm.
Sábado, 31 a las 9 p.m.
Domingo, 01 a las 7 a.m., 8 a.m., 9:30 a.m.; 12:15 p.m., 6 p.m., 7:30pm.
Concurso de Nacimientos: Inscripciones del 02 al 05 de enero del 2012 en el despacho parroquial. La premiación será el 08 de enero del 2012 en la Misa de 7:30 p.m.
Miraflores
Parroquia Nuestra Señora de la Asunción
Av. Santa Cruz cuadra 14 s/n, MIRAFLORES
Sábado, 24 a las 9 p.m.
Domingo, 25 a las 12 p.m.
Sábado, 31 a las 8 p.m.
Domingo, 01 a las 12 p.m.
Parroquia La Virgen Milagrosa
Calle Lima 345, MIRAFLORES
Sábado, 24 a las  6 p.m. y 9 p.m.
Domingo, 25 a las 9:30 a.m., 11 a.m.; 12 p.m., 6 p.m., 7 p.m. y 8 p.m.
Sábado, 31 a las 6 p.m. y 11 p.m.
Domingo, 01 a las 9:30 a.m., 11 a.m.; 12 p.m., 6 p.m., 7 p.m. y 8 p.m.
Pueblo Libre
Parroquia Santa María Magdalena
Av. San Martín 1138, PUEBLO LIBRE
Sábado, 24 a las 8 p.m.
Domingo, 25 a las 7 a.m., 8 a.m., 9:30 a.m., 11 a.m.; 12 p.m., 5 p.m., 6:30 p.m. y 8 p.m.
Sábado, 31 a las 8 p.m.
Domingo, 01 a las 7 a.m., 8 a.m., 9:30 a.m., 11 a.m.; 12 p.m., 5 p.m., 6:30 p.m. y 8 p.m.
Iglesia de Nuestra Señora de la Encarnación
Av. Brasil 1780, PUEBLO LIBRE
Sábado, 24 a las 7:30 p.m.
Domingo, 25 a las 11 a.m. y 7 p.m.
Sábado, 31 a las 7 p.m.
Domingo, 01 a las 11 a.m. y 7 p.m.
Rímac
Parroquia San Francisco de Paula Francisco
Pizarro 620, RÍMAC
Sábado, 24 a las 10 p.m.
Domingo, 25 a las 11 a.m. y 7 p.m.
Domingo, 01 a las 7 a.m. y 7 p.m.
Parroquia San Francisco Solano
Psje. Madrid s/n, Alt. Av. Alcázar 5ª cdra., Unidad Vec. del Rímac, RÍMAC
Sábado, 24 a las 8 p.m. y 10 p.m.
Domingo, 25 a las 7 a.m., 9:30 a.m., 11:30 a.m.; 6 p.m. y 7:30 p.m.
Sábado, 31 a las 8 p.m.
Domingo, 01 a las 7 a.m., 9:30 a.m., 11:30 a.m.; 6 p.m. y 7:30 p.m.
San Borja
Parroquia Nuestra Señora de la Alegría
Calle Alvarez Calderón 384, SAN BORJA
Sábado, 24 a las 6 p.m. y 8 p.m.
Domingo, 25 a las 8 a.m., 10 a.m., 11:30 a.m.; 6 p.m. y 7:30 p.m.
Sábado, 31 a las 6 p.m.
Domingo, 01 a las 8 a.m., 10 a.m., 11:30 a.m.; 6 p.m. y 7:30 p.m.
Parroquia Santísimo Nombre de Jesús
Calle Las Garzas 188, Chacarilla, SAN BORJA
Sábado, 24 a las 5 p.m. (Misa de niños), 7 p.m. y 9 p.m.
Domingo, 25 a las 10 a.m.; 12 p.m., 5 p.m., 6:30 p.m. y 8 p.m.
Sábado, 31 a las 6 p.m. y 9 p.m.
Domingo, 01 a las 10 a.m.; 12 p.m., 5 p.m., 6:30 p.m. y 8 p.m.
San Isidro
Parroquia Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa
Juan Dellepiani 399, Orrantia, SAN ISIDRO
Sábado, 24 a las 5 p.m., 6 p.m. y 9 p.m.
Domingo, 25 a las 9 a.m., 10 a.m., 11 a.m.; 12 p.m., 5:30 p.m., 6 p.m., 7:30 p.m.
Sábado, 31 a las 5 p.m., 6 p.m. y 8 p.m.
Domingo, 01 a las 9 a.m., 10 a.m., 11 a.m.; 12 p.m., 5:30 p.m., 6 p.m., 7:30 p.m.
Parroquia Santa Mónica
Calle Los Cisnes 321, Urb. Jardín, SAN ISIDRO
Sábado, 24 a las 8 p.m.
Domingo, 25 a las 11 a.m. y 7:30 p.m.
Sábado, 31 a las 7:30 p.m.
Domingo, 01 a las 9 a.m., 11 a.m.; y 7:30 p.m.
San Luis
Parroquia Nuestra Señora de la Piedad
La Castellana 102, Villa Jardín, SAN LUIS
Sábado, 24 a las 9 p.m.
Domingo, 25 a las 7 a.m., 10 a.m., 11:30 a.m.; 6 p.m. y 7:30 p.m.
Sábado, 31 a las 7 p.m.
Domingo, 01 a las 7 a.m., 10 a.m., 11:30 a.m.; 6 p.m. y 7:30 p.m.
El 15 de enero de 2012 se realizará el Concierto de Coros de Villancicos, cerrando el tiempo de Navidad. Después de Misa de 6 p.m.
San Miguel
Parroquia Jesús Redentor
Los Canamelares 225, Maranga, SAN MIGUEL
Sábado, 24 a las 7 p.m. (Misa de niños) y 9 p.m.
Domingo, 25 a las 10 a.m. y 7 p.m.
Sábado, 31 a las 8:30 p.m.
Domingo, 01 a las 6 p.m.
Santiago de Surco
Parroquia del Sagrado Corazón de Jesús
Santorín 258 - Surco, Lima 33
Sábado, 24 a las 6 p.m. (Misa de niños) y 8:30 p.m.
Domingo, 25 a las 11:30 a.m. y 6:30 p.m.
Sábado, 31 a las 8:30 p.m.
Domingo, 01 a las 11:30 a.m. y 6:30 p.m.
Señor de la Divina Misericordia
Av. Caminos del Inca, Cdra. 21 s/n Urb. Las Gardenias, SURCO.
Sábado, 24 a las 6 p.m., 8 p.m. y 10 p.m.
Domingo, 25 a las 12 p.m., 6 p.m. y 7:30 p.m.
Sábado, 31 a las 6 p.m. y 9 p.m.
Domingo, 01 a las 12 p.m., 6 p.m. y 7:30 p.m.
Surquillo
Parroquia Nuestra Señora de la Evangelización
Av. Hillman s/n - La Calera de la Merced (Alt. Cdra. 39 de Aviación), SURQUILLO
Sábado, 24 a las 6 p.m. y 9 p.m.
Domingo, 25 a las 7 a.m., 9 a.m.; 12 p.m., 6:30 p.m.
Sábado, 31 a las 6 p.m. y 7 p.m.
Domingo, 01 a las /01 7 a.m., 9 a.m.; 12 p.m., 6:30 p.m.





miércoles, 21 de diciembre de 2011

Monumento al no nacido plasma dolor del aborto en mujeres


www.aciprensa.com

MADRID, 20 Dic. 11 / 08:31 am (ACI)

Un joven escultor presentó recientemente un monumento al niño no nacido, que permite ver el dolor y el arrepentimiento de las madres que se someten a un aborto, y el perdón del nuevo ser a quien no se le permitió vivir.
La escultura del joven escultor eslovaco Martin Hudáčeka fue presentada el pasado 28 de octubre en Eslovaquia. La idea de la obra surgió de un grupo de mujeres jóvenes madres que conscientes del valor de la vida y del inmenso daño que ocasiona el aborto.
Forum Libertas en España cita a Carmen Bellver, que en su blog titulado "Diálogo sin fronteras" en Periodista Digital afirma que el niño de la escultura "parece esculpido en cristal, mientras se arrodilla a su lado una madre arrepentida que se representa en piedra".
"Materiales por sí mismos bastante metafóricos. A su vez el niño levanta la mano sobre la cabeza inclinada de su madre, en un gesto de amor filial", añade.
Para Bellver, hablar del aborto en un país como Eslovaquia con un promedio de natalidad de 1,33 hijos por mujer," es bastante representativo de cómo algunos países han caído en la cuenta del invierno demográfico que les golpeará en apenas dos décadas". 
A la inauguración de la obra acudió el ministro de Salud de Eslovaquia.
La foto del monumento al no nacido ha sido ampliamente divulgada a través de las redes sociales como Facebook, en donde los que defienden la vida la promueven para concientizar a las personas sobre este derecho inherente a todos, desde la concepción hasta la muerte natural.
El aborto provocado es la eliminación o asesinato de un ser humano dentro del vientre de la madre. 
La doctrina católica y la ley natural coinciden en que nunca tiene justificación pues nadie tiene derecho a decidir sobre la vida de otra persona, menos la de los más débiles e inocentes; los no nacidos.


martes, 20 de diciembre de 2011

Señor... una hora más

Padre nuestro que estás en los cielos
quiero con mi rezo llegar hasta ti
para pedirte en nombre de todos los niños
que aumentes el día una hora más.
No importa al comienzo o hacia el mediodía
pero no en la noche porque tengo sueño.


Yo quiero pedirte sesenta minutos
para que mis padres puedan escucharme.
Pero Señor, cuando aumentes una hora más al día,
que tú me has dada para hablar con él
que quiero mirarlo y que él me mire,
deseo escucharlo y que él me escuche
que cuando lo llamo o cuando me acuerdo
que no me conteste: ¡que no tengo tiempo!
porque de las horas que tienen los días
tú me has regalado una para mí.
y yo te prometo no abusar de ella.


Papá, sé que te preocupas, que me compras todo,
el mejor vestido, el mejor colegio, todos mis
caprichos, y dos empleadas, pero yo quisiera
cambiarlo todito por una caricia, por una palabra
por una mirada o por un regaño
pero no me digas que no tienes tiempo...
papito porque en esta hora que el Señor me ha dado
tengo puesta toda la esperanza mía,
y yo no quisiera que tú me la agarres
para tu trabajo, para tus negocios o para un amigo
por favor escucha y quédate conmigo.

lunes, 19 de diciembre de 2011

Malasia: Cristianos cantan villancicos con permiso de la policía

www.aciprensa.com

ROMA, 19 Dic. 11 / 07:35 am (ACI/EWTN Noticias)

Los cristianos de dos iglesias de Malasia rechazaron la exigencia de la Policía, que a través de una nota, informó que solo se podrán cantar villancicos en templos y hogares con autorización.
Según informó este jueves la agencia Fides, dos iglesias de Klang, a las afueras de Kuala Lumpur (Malasia), recibieron una nota de la Policía pidiendo nombres y datos de las personas que cantan villancicos, ya que, según las autoridades, se requiere una autorización previa para poder hacerlo en templos y hogares.
El Presidente de la Conferencia Episcopal, Mons. Paul Tan Chee Ing, dijo a Fides que si la Policía sigue exigiendo "estos requisitos burocráticos", el país estará en "un estado policial".
En ese sentido, el director del semanario diocesano "Herald", P. Andrew Lawrence, explicó a la agencia vaticana que lo sucedido "es una interpretación estricta de las normas vigentes sobre el ejercicio de actividades de culto y la libertad de religión. La policía tiene una confusión total. Tras las protestas de los cristianos, los representantes del gobierno han negado la necesidad de este tipo de autorizaciones".
De otro lado un nuevo proyecto de ley denominado "Ley de reunión pacífica", que regula el ejercicio del derecho de reunión y manifestación, aprobado por la cámara baja del Parlamento, atribuye más poder y control al ejecutivo y a la Policía.
Esto ha provocado protestas incluso entre las minorías religiosas, que se reunieron en el "Consejo Consultivo Malasio de Budismo, Cristianismo, Hinduismo, Sijismo y Taoísmo", pues la medida establece expresamente que "los lugares donde se pueden mantener reuniones también son lugares de culto".
Según Teresa Mok, secretaria nacional del Partido de Acción Democrática, las nuevas normas son "un abuso de poder por parte de las autoridades" y "un intento de violar la libertad religiosa".

La Navidad según san Francisco de Asís

www.fratefrancesco.org


Por Fr. Tomás Gálvez

Sucedió en Rivotorto, en el año 1209. El 25 de diciembre de ese año cayó en viernes y los hermanos, en su ignorancia, se preguntaban si había que ayunar o no. Entonces fray Morico, uno de los primeros compañeros, se lo planteó a San Francisco y obtuvo esta respuesta: "Pecas llamando 'día de Venus' (eso significa la palabra viernes) al día en que nos ha nacido el Niño. Ese día hasta las paredes deberían comer carne; y, si no pueden, habría que untarlas por fuera con ella".
La devoción de San Francisco por la fiesta de la Natividad de Cristo le venía, pues, ya desde los comienzos de su conversión, y era tan grande que solía decir: "Si pudiera hablar con el emperador Federico II, le suplicaría que firmase un decreto obligando a todas las autoridades de las ciudades y a los señores de los castillos y villas a hacer que en Navidad todos sus súbditos echaran trigo y otras semillas por los caminos, para que, en un día tan especial, todas las aves tuvieran algo que comer. Y también pediría, por respeto al Hijo de Dios, reclinado por su Madre en un pesebre, entre la mula y el buey, que se obligaran esa noche a dar abundante pienso a nuestros hermanos bueyes y asnos. Por último, rogaría que todos los pobres fuesen saciados por los ricos esa noche".
Su devoción era mayor que por las demás fiestas pues decía que, si bien la salvación la realizó el Señor en otras solemnidades –Semana Santa/Pascua–, ésta ya empezó con su nacimiento.
Entre los salmos del Oficio de la Pasión, compuestos por el santo para su devoción personal hay también uno para el tiempo de Navidad, que dice así:
"Aclamad a Dios, nuestra fuerza (Sal 80, 2), 
Señor Dios vivo y verdadero, con gritos de júbilo;
porque el Señor es sublime y terrible, emperador de toda la tierra (Sal 46, 2-3). 
Porque el Santísimo Padre del cielo, nuestro rey desde siempre (Ver Sal 72, 13), 
envió a su amado Hijo desde lo alto y nació de la bienaventurada Virgen Santa María.
Él me invocará: "Tú eres mi Padre"; y yo lo nombraré mi primogénito,
excelso entre los reyes de la tierra (Sal 88, 27-28) .
De día el Señor me hará misericordia,
de noche cantaré la alabanza del Dios de mi vida (Sal 41, 9). 
Este es el día en que actuó el Señor;
sea nuestra alegría y nuestro gozo (Sal 117, 24). 
Porque se nos ha dado un niño santo y amado,
y nació por nosotros (Is 9, 5) fuera de casa,
y fue colocado en un pesebre, porque no había sitio en la posada (Lc 2, 7). 
Gloria al Señor Dios en las alturas,
 y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad (Ver Lc 2, 14). 
Alégrese el cielo y goce la tierra, retumbe el mar y cuanto contiene;
vitoreen los campos y cuanto hay en ellos (Sal 95, 11-12). 
Cantad al Señor un cántico nuevo, cantad al Señor toda la tierra (Sal 95, 1).
Porque grande es el Señor, y muy digno de alabanza,
terrible sobre todos los dioses (Sal 95, 4). 
Familias de los pueblos, aclamad al Señor, aclamad la gloria y el poder del Señor,
aclamad la gloria del nombre del Señor (Sal 95, 7-8). 
Tomad vuestros cuerpos y cargad con su santa cruz,
y seguid hasta el fin sus santísimos preceptos (Ver Rm 12, 1; Lc 14, 27; 1Pe 2, 21).
Sin embargo, lo más conocido de san Francisco con relación al nacimiento del Redentor fue la celebración de la nochebuena que escenificó en una cueva del monte, cerca del castillo de Greccio. He aquí el relato del episodio, contado por el primer biógrafo del santo:
1Celano, 84. La suprema aspiración de Francisco, su más vivo deseo y su más elevado propósito, era observar en todo y siempre el santo Evangelio (120) y seguir la doctrina de nuestro Señor Jesucristo y sus pasos con suma atención, con todo cuidado, con todo el anhelo de su mente, con todo el fervor de su corazón. En asidua meditación recordaba sus palabras y con agudísima consideración repasaba sus obras. Tenía tan presente en su memoria la humildad de la encarnación y la caridad de la pasión, que difícilmente quería pensar en otra cosa.
"San Francisco de Asís", dibujo del pintor J. Benlliure.
Digno de recuerdo y de celebrarlo con piadosa memoria es lo que hizo tres años antes de su gloriosa muerte, cerca de Greccio, el día de la natividad de nuestro Señor Jesucristo. Vivía en aquella comarca un hombre, de nombre Juan, de buena fama y de mejor tenor de vida, a quien el bienaventurado Francisco amaba con amor singular, pues, siendo de noble familia y muy honorable (121), despreciaba la nobleza de la sangre y aspiraba a la nobleza del espíritu. Unos quince días antes de la navidad del Señor, el bienaventurado Francisco le llamó, como solía hacerlo con frecuencia, y le dijo: «Si quieres que celebremos en Greccio esta fiesta del Señor, date prisa en ir allá y prepara prontamente lo que te voy a indicar. Deseo celebrar la memoria del niño que nació en Belén y quiero contemplar de alguna manera con mis ojos (122) lo que sufrió en su invalidez de niño, cómo fue reclinado en el pesebre y cómo fue colocado sobre heno entre el buey y el asno». En oyendo esto el hombre bueno y fiel, corrió presto y preparó en el lugar señalado cuanto el Santo le había indicado.
85. Llegó el día, día de alegría, de exultación. Se citó a hermanos de muchos lugares; hombres y mujeres de la comarca, rebosando de gozo, prepararon, según sus posibilidades, cirios y teas para iluminar aquella noche que, con su estrella centelleante, iluminó todos los días y años. Llegó, en fin, el santo de Dios y, viendo que todas las cosas estaban dispuestas, las contempló y se alegró. Se prepara el pesebre, se trae el heno y se colocan el buey y el asno. Allí la simplicidad recibe honor, la pobreza es ensalzada, se valora la humildad, y Greccio se convierte en una nueva Belén. La noche resplandece como el día, noche placentera para los hombres y para los animales. Llega la gente, y, ante el nuevo misterio, saborean nuevos gozos. La selva resuena de voces y las rocas responden a los himnos de júbilo. Cantan los hermanos las alabanzas del Señor y toda la noche transcurre entre cantos de alegría. El santo de Dios está de pie ante el pesebre, desbordándose en suspiros, traspasado de piedad, derretido en inefable gozo. Se celebra el rito solemne de la misa sobre el pesebre (123) y el sacerdote goza de singular consolación.
86. El santo de Dios viste los ornamentos de diácono (124), pues lo era, y con voz sonora canta el santo evangelio. Su voz potente y dulce, su voz clara y bien timbrada, invita a todos a los premios supremos. Luego predica al pueblo que asiste, y tanto al hablar del nacimiento del Rey pobre como de la pequeña ciudad de Belén dice palabras que vierten miel. Muchas veces, al querer mencionar a Cristo Jesús, encendido en amor, le dice «el Niño de Bethleem», y, pronunciando «Bethleem» como oveja que bala, su boca se llena de voz; más aún, de tierna afección. Cuando le llamaba «niño de Bethleem» o «Jesús», se pasaba la lengua por los labios como si gustara y saboreara en su paladar la dulzura de estas palabras.
Se multiplicaban allí los dones del Omnipotente; un varón virtuoso (125) tiene una admirable visión. Había un niño que, exánime, estaba recostado en el pesebre; se acerca el santo de Dios y lo despierta como de un sopor de sueño. No carece esta visión de sentido (126), puesto que el niño Jesús, sepultado en el olvido en muchos corazones, resucitó por su gracia, por medio de su siervo Francisco, y su imagen quedó grabada en los corazones enamorados. Terminada la solemne vigilia, todos retornaron a su casa colmados de alegría.
87. Se conserva el heno colocado sobre el pesebre, para que, como el Señor multiplicó su santa misericordia, por su medio se curen jumentos y otros animales. Y así sucedió en efecto: muchos animales de la región circunvecina que sufrían diversas enfermedades, comiendo de este heno, curaron de sus dolencias. Más aún, mujeres con partos largos y dolorosos, colocando encima de ellas un poco de heno, dan a luz felizmente. Y lo mismo acaece con personas de ambos sexos: con tal medio obtienen la curación de diversos males.
El lugar del pesebre fue luego consagrado en templo del Señor (127): en honor del beatísimo padre Francisco se construyó sobre el pesebre un altar y se dedicó una iglesia, para que, donde en otro tiempo los animales pacieron el pienso de paja, allí coman los hombres de continuo, para salud de su alma y de su cuerpo, la carne del Cordero inmaculado e incontaminado, Jesucristo, Señor nuestro, quien se nos dio a sí mismo con sumo e inefable amor y que vive y reina con el Padre y el Espíritu Santo y es Dios eternamente glorioso por todos los siglos de los siglos. Amén. Aleluya. Aleluya.

Mensaje de Benedicto XVI para la Jornada Mundial de Oración por la paz


“Educar a los jóvenes en la justicia y la paz” es el lema que el Papa Benedicto XVI propone este año para la Jornada Mundial de Oración por la Paz. Desde 1968, cada uno de enero, y por iniciativa del Papa, la Iglesia dedica el comienzo del año a rezar por la paz.
Texto del mensaje
1. El comienzo de un Año nuevo, don de Dios a la humanidad, es una invitación a desear a todos, con mucha confianza y afecto, que este tiempo que tenemos por delante esté marcado por la justicia y la paz.
¿Con qué actitud debemos mirar el nuevo año? En el salmo 130 encontramos una imagen muy bella. El salmista dice que el hombre de fe aguarda al Señor «más que el centinela la aurora» (v. 6), lo aguarda con una sólida esperanza, porque sabe que traerá luz, misericordia, salvación. Esta espera nace de la experiencia del pueblo elegido, el cual reconoce que Dios lo ha educado para mirar el mundo en su verdad y a no dejarse abatir por las tribulaciones. Os invito a abrir el año 2012 con dicha actitud de confianza. Es verdad que en el año que termina ha aumentado el sentimiento de frustración por la crisis que agobia a la sociedad, al mundo del trabajo y la economía; una crisis cuyas raíces son sobre todo culturales y antropológicas. Parece como si un manto de oscuridad hubiera descendido sobre nuestro tiempo y no dejara ver con claridad la luz del día.
En esta oscuridad, sin embargo, el corazón del hombre no cesa de esperar la aurora de la que habla el salmista. Se percibe de manera especialmente viva y visible en los jóvenes, y por esa razón me dirijo a ellos teniendo en cuenta la aportación que pueden y deben ofrecer a la sociedad. Así pues, quisiera presentar el Mensaje para la XLV Jornada Mundial de la Paz en una perspectiva educativa: «Educar a los jóvenes en la justicia y la paz», convencidos de que ellos, con su entusiasmo y su impulso hacia los ideales, pueden ofrecer al mundo una nueva esperanza.
Mi mensaje se dirige también a los padres, las familias y a todos los estamentos educativos y formativos, así como a los responsables en los distintos ámbitos de la vida religiosa, social, política, económica, cultural y de la comunicación. Prestar atención al mundo juvenil, saber escucharlo y valorarlo, no es sólo una oportunidad, sino un deber primario de toda la sociedad, para la construcción de un futuro de justicia y de paz.
Se ha de transmitir a los jóvenes el aprecio por el valor positivo de la vida, suscitando en ellos el deseo de gastarla al servicio del bien. Éste es un deber en el que todos estamos comprometidos en primera persona.
Las preocupaciones manifestadas en estos últimos tiempos por muchos jóvenes en diversas regiones del mundo expresan el deseo de mirar con fundada esperanza el futuro. En la actualidad, muchos son los aspectos que les preocupan: el deseo de recibir una formación que los prepare con más profundidad a afrontar la realidad, la dificultad de formar una familia y encontrar un puesto estable de trabajo, la capacidad efectiva de contribuir al mundo de la política, de la cultura y de la economía, para edificar una sociedad con un rostro más humano y solidario.
Es importante que estos fermentos, y el impulso idealista que contienen, encuentren la justa atención
en todos los sectores de la sociedad. La Iglesia mira a los jóvenes con esperanza, confía en ellos y los anima a buscar la verdad, a defender el bien común, a tener una perspectiva abierta sobre el mundo y ojos capaces de ver «cosas nuevas» (Is 42,9; 48,6).
Los responsables de la educación
2. La educación es la aventura más fascinante y difícil de la vida. Educar –que viene de educere en latín– significa conducir fuera de sí mismos para introducirlos en la realidad, hacia una plenitud que hacer crecer a la persona. Ese proceso se nutre del encuentro de dos libertades, la del adulto y la del joven. Requiere la responsabilidad del discípulo, que ha de estar abierto a dejarse guiar al conocimiento de la realidad, y la del educador, que debe de estar dispuesto a darse a sí mismo. Por eso, los testigos auténticos, y no simples dispensadores de reglas o informaciones, son más necesarios que nunca; testigos que sepan ver más lejos que los demás, porque su vida abarca espacios más amplios. El testigo es el primero en vivir el camino que propone.
¿Cuáles son los lugares donde madura una verdadera educación en la paz y en la justicia? Ante todo la familia, puesto que los padres son los primeros educadores. La familia es la célula originaria de la sociedad. «En la familia es donde los hijos aprenden los valores humanos y cristianos que permiten una convivencia constructiva y pacífica. En la familia es donde se aprende la solidaridad entre las generaciones, el respeto de las reglas, el perdón y la acogida del otro»[1].Ella es la primera escuela donde se recibe educación para la justicia y la paz.
Vivimos en un mundo en el que la familia, y también la misma vida, se ven constantemente amenazadas y, a veces, destrozadas. Unas condiciones de trabajo a menudo poco conciliables con las responsabilidades familiares, la preocupación por el futuro, los ritmos de vida frenéticos, la emigración en busca de un sustento adecuado, cuando no de la simple supervivencia, acaban por hacer difícil la posibilidad de asegurar a los hijos uno de los bienes más preciosos: la presencia de los padres; una presencia que les permita cada vez más compartir el camino con ellos, para poder transmitirles esa experiencia y cúmulo de certezas que se adquieren con los años, y que sólo se pueden comunicar pasando juntos el tiempo. Deseo decir a los padres que no se desanimen. Que exhorten con el ejemplo de su vida a los hijos a que pongan la esperanza ante todo en Dios, el único del que mana justicia y paz auténtica.
Quisiera dirigirme también a los responsables de las instituciones dedicadas a la educación: que vigilen con gran sentido de responsabilidad para que se respete y valore en toda circunstancia la dignidad de cada persona. Que se preocupen de que cada joven pueda descubrir la propia vocación, acompañándolo mientras hace fructificar los dones que el Señor le ha concedido. Que aseguren a las familias que sus hijos puedan tener un camino formativo que no contraste con su conciencia y principios religiosos.
Que todo ambiente educativo sea un lugar de apertura al otro y a lo transcendente; lugar de diálogo, de cohesión y de escucha, en el que el joven se sienta valorado en sus propias potencialidades y riqueza interior, y aprenda a apreciar a los hermanos. Que enseñe a gustar la alegría que brota de vivir día a día la caridad y la compasión por el prójimo, y de participar activamente en la construcción de una sociedad más humana y fraterna.
Me dirijo también a los responsables políticos, pidiéndoles que ayuden concretamente a las familias e instituciones educativas a ejercer su derecho deber de educar. Nunca debe faltar una ayuda adecuada a la maternidad y a la paternidad. Que se esfuercen para que a nadie se le niegue el derecho a la instrucción y las familias puedan elegir libremente las estructuras educativas que consideren más idóneas para el bien de sus hijos. Que trabajen para favorecer el reagrupamiento de las familias divididas por la necesidad de encontrar medios de subsistencia. Ofrezcan a los jóvenes una imagen límpida de la política, como verdadero servicio al bien de todos.
No puedo dejar de hacer un llamamiento, además, al mundo de los medios, para que den su aportación educativa. En la sociedad actual, los medios de comunicación de masa tienen un papel particular: no sólo informan, sino que también forman el espíritu de sus destinatarios y, por tanto, pueden dar una aportación notable a la educación de los jóvenes. Es importante tener presente que los lazos entre educación y comunicación son muy estrechos: en efecto, la educación se produce mediante la comunicación, que influye positiva o negativamente en la formación de la persona.
También los jóvenes han de tener el valor de vivir ante todo ellos mismos lo que piden a quienes están en su entorno. Les corresponde una gran responsabilidad: que tengan la fuerza de usar bien y conscientemente la libertad. También ellos son responsables de la propia educación y formación en la justicia y la paz.
Educar en la verdad y en la libertad
3. San Agustín se preguntaba: «Quid enim fortius desiderat anima quam veritatem? – ¿Ama algo el alma con más ardor que la verdad?»[2]. El rostro humano de una sociedad depende mucho de la contribución de la educación a mantener viva esa cuestión insoslayable. En efecto, la educación persigue la formación integral de la persona, incluida la dimensión moral y espiritual del ser, con vistas a su fin último y al bien de la sociedad de la que es miembro. Por eso, para educar en la verdad es necesario saber sobre todo quién es la persona humana, conocer su naturaleza. Contemplando la realidad que lo rodea, el salmista reflexiona: «Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que has creado. ¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano, para que de él te cuides?» (Sal 8,4-5). Ésta es la cuestión fundamental que hay que plantearse: ¿Quién es el hombre? El hombre es un ser que alberga en su corazón una sed de infinito, una sed de verdad –no parcial, sino capaz de explicar el sentido de la vida– porque ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. Así pues, reconocer con gratitud la vida como un don inestimable lleva a descubrir la propia dignidad profunda y la inviolabilidad de toda persona. Por eso, la primera educación consiste en aprender a reconocer en el hombre la imagen del Creador y, por consiguiente, a tener un profundo respeto por cada ser humano y ayudar a los otros a llevar una vida conforme a esta altísima dignidad. Nunca podemos olvidar que «el auténtico desarrollo del hombre se refiere a la totalidad de la persona en todas sus dimensiones»[3],incluida la trascendente, y que no se puede sacrificar a la persona para obtener un bien particular, ya sea económico o social, individual o colectivo.
Sólo en la relación con Dios comprende también el hombre el significado de la propia libertad. Y es cometido de la educación el formar en la auténtica libertad. Ésta no es la ausencia de vínculos o el dominio del libre albedrío, no es el absolutismo del yo. El hombre que cree ser absoluto, no depender de nada ni de nadie, que puede hacer todo lo que se le antoja, termina por contradecir la verdad del propio ser, perdiendo su libertad. Por el contrario, el hombre es un ser relacional, que vive en relación con los otros y, sobre todo, con Dios. La auténtica libertad nunca se puede alcanzar alejándose de Él.
La libertad es un valor precioso, pero delicado; se la puede entender y usar mal. «En la actualidad, un obstáculo particularmente insidioso para la obra educativa es la masiva presencia, en nuestra sociedad y cultura, del relativismo que, al no reconocer nada como definitivo, deja como última medida sólo el propio yo con sus caprichos; y, bajo la apariencia de la libertad, se transforma para cada uno en una prisión, porque separa al uno del otro, dejando a cada uno encerrado dentro de su propio “yo”. Por consiguiente, dentro de ese horizonte relativista no es posible una auténtica educación, pues sin la luz de la verdad, antes o después, toda persona queda condenada a dudar de la bondad de su misma vida y de las relaciones que la constituyen, de la validez de su esfuerzo por construir con los demás algo en común»[4].
Para ejercer su libertad, el hombre debe superar por tanto el horizonte del relativismo y conocer la verdad sobre sí mismo y sobre el bien y el mal. En lo más íntimo de la conciencia el hombre descubre una ley que él no se da a sí mismo, sino a la que debe obedecer y cuya voz lo llama a amar, a hacer el bien y huir del mal, a asumir la responsabilidad del bien que ha hecho y del mal que ha cometido[5].Por eso, el ejercicio de la libertad está íntimamente relacionado con la ley moral natural, que tiene un carácter universal, expresa la dignidad de toda persona, sienta la base de sus derechos y deberes fundamentales, y, por tanto, en último análisis, de la convivencia justa y pacífica entre las personas.
El uso recto de la libertad es, pues, central en la promoción de la justicia y la paz, que requieren el respeto hacia uno mismo y hacia el otro, aunque se distancie de la propia forma de ser y vivir. De esa actitud brotan los elementos sin los cuales la paz y la justicia se quedan en palabras sin contenido: la confianza recíproca, la capacidad de entablar un diálogo constructivo, la posibilidad del perdón, que tantas veces se quisiera obtener pero que cuesta conceder, la caridad recíproca, la compasión hacia los más débiles, así como la disponibilidad para el sacrificio.
Educar en la justicia
4. En nuestro mundo, en el que el valor de la persona, de su dignidad y de sus derechos, más allá de las declaraciones de intenciones, está seriamente amenazo por la extendida tendencia a recurrir exclusivamente a los criterios de utilidad, del beneficio y del tener, es importante no separar el concepto de justicia de sus raíces transcendentes. La justicia, en efecto, no es una simple convención humana, ya que lo que es justo no está determinado originariamente por la ley positiva, sino por la identidad profunda del ser humano. La visión integral del hombre es lo que permite no caer en una concepción contractualista de la justicia y abrir también para ella el horizonte de la solidaridad y del amor[6].
No podemos ignorar que ciertas corrientes de la cultura moderna, sostenida por principios económicos racionalistas e individualistas, han sustraído al concepto de justicia sus raíces transcendentes, separándolo de la caridad y la solidaridad: «La “ciudad del hombre” no se promueve sólo con relaciones de derechos y deberes sino, antes y más aún, con relaciones de gratuidad, de misericordia y de comunión. La caridad manifiesta siempre el amor de Dios también en las relaciones humanas, otorgando valor teologal y salvífico a todo compromiso por la justicia en el mundo»[7].
«Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados» (Mt 5,6). Serán saciados porque tienen hambre y sed de relaciones rectas con Dios, consigo mismos, con sus hermanos y hermanas, y con toda la creación.
Educar en la paz
5. «La paz no es sólo ausencia de guerra y no se limita a asegurar el equilibrio de fuerzas adversas. La paz no puede alcanzarse en la tierra sin la salvaguardia de los bienes de las personas, la libre comunicación entre los seres humanos, el respeto de la dignidad de las personas y de los pueblos, la práctica asidua de la fraternidad»[8].La paz es fruto de la justicia y efecto de la caridad. Y es ante todo don de Dios. Los cristianos creemos que Cristo es nuestra verdadera paz: en Él, en su cruz, Dios ha reconciliado consigo al mundo y ha destruido las barreras que nos separaban a unos de otros (cf. Ef 2,14-18); en Él, hay una única familia reconciliada en el amor.
Pero la paz no es sólo un don que se recibe, sino también una obra que se ha de construir. Para ser verdaderamente constructores de la paz, debemos ser educados en la compasión, la solidaridad, la colaboración, la fraternidad; hemos de ser activos dentro de las comunidades y atentos a despertar las consciencias sobre las cuestiones nacionales e internacionales, así como sobre la importancia de buscar modos adecuados de redistribución de la riqueza, de promoción del crecimiento, de la cooperación al desarrollo y de la resolución de los conflictos. «Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios» (Mt 5,9).
La paz para todos nace de la justicia de cada uno y ninguno puede eludir este compromiso esencial de promover la justicia, según las propias competencias y responsabilidades. Invito de modo particular a los jóvenes, que mantienen siempre viva la tensión hacia los ideales, a tener la paciencia y constancia de buscar la justicia y la paz, de cultivar el gusto por lo que es justo y verdadero, aun cuando esto pueda comportar sacrificio e ir contracorriente.
Levantar los ojos a Dios
6. Ante el difícil desafío que supone recorrer la vía de la justicia y de la paz, podemos sentirnos tentados de preguntarnos como el salmista: «Levanto mis ojos a los montes: ¿de dónde me vendrá el auxilio?» (Sal 121,1).
Deseo decir con fuerza a todos, y particularmente a los jóvenes: «No son las ideologías las que salvan el mundo, sino sólo dirigir la mirada al Dios viviente, que es nuestro creador, el garante de nuestra libertad, el garante de lo que es realmente bueno y auténtico [...], mirar a Dios, que es la medida de lo que es justo y, al mismo tiempo, es el amor eterno.
Y ¿qué puede salvarnos sino el amor?»[9]. El amor se complace en la verdad, es la fuerza que nos hace capaces de comprometernos con la verdad, la justicia, la paz, porque todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta (cf. 1 Co 13,1-13).
Queridos jóvenes, vosotros sois un don precioso para la sociedad. No os dejéis vencer por el desánimo ante a las dificultades y no os entreguéis a las falsas soluciones, que con frecuencia se presentan como el camino más fácil para superar los problemas. No tengáis miedo de comprometeros, de hacer frente al esfuerzo y al sacrificio, de elegir los caminos que requieren fidelidad y constancia, humildad y dedicación. Vivid con confianza vuestra juventud y esos profundos deseos de felicidad, verdad, belleza y amor verdadero que experimentáis. Vivid con intensidad esta etapa de vuestra vida tan rica y llena de entusiasmo.
Sed conscientes de que vosotros sois un ejemplo y estímulo para los adultos, y lo seréis cuanto más os esforcéis por superar las injusticias y la corrupción, cuanto más deseéis un futuro mejor y os comprometáis en construirlo. Sed conscientes de vuestras capacidades y nunca os encerréis en vosotros mismos, sino sabed trabajar por un futuro más luminoso para todos. Nunca estáis solos. La Iglesia confía en vosotros, os sigue, os anima y desea ofreceros lo que tiene de más valor: la posibilidad de levantar los ojos hacia Dios, de encontrar a Jesucristo, Aquel que es la justicia y la paz.
A todos vosotros, hombres y mujeres preocupados por la causa de la paz. La paz no es un bien ya logrado, sino una meta a la que todos debemos aspirar. Miremos con mayor esperanza al futuro, animémonos mutuamente en nuestro camino, trabajemos para dar a nuestro mundo un rostro más humano y fraterno y sintámonos unidos en la responsabilidad respecto a las jóvenes generaciones de hoy y del mañana, particularmente en educarlas a ser pacíficas y artífices de paz. Consciente de todo ello, os envío estas reflexiones y os dirijo un llamamiento: unamos nuestras fuerzas espirituales, morales y materiales para «educar a los jóvenes en la justicia y la paz».

Vaticano, 8 de diciembre de 2011
BENEDICTUS PP XVI

Notas
[1] Discurso a los Administradores de la Región del Lacio, del Ayuntamiento y de la Provincia de Roma, (14 enero 2011), L’Osservatore Romano, ed. en lengua española (23 enero 2011), 3.
[2] Comentario al Evangelio de S. Juan, 26,5.
[3] Carta enc. Caritas in veritate (29 junio 2009), 11: AAS 101 (2009), 648; cf. Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio (26 marzo 1967), 14: AAS 59 (1967), 264.
[4] Discurso en la ceremonia de apertura de la Asamblea eclesial de la diócesis de Roma (6 junio 2005): AAS 97 (2005), 816.
[5] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 16.
[6]Cf. Discurso en el Bundestag (Berlín, 22 septiembre 2011): L’Osservatore Romano, ed. en lengua española (25 septiembre 2011), 6-7.
[7] Carta enc. Caritas in veritate (29 junio 2009), 6: AAS 101 (2009), 644-645.
[8] Catecismo de la Iglesia Católica, 2304.
[9] Vigilia de oración con los jóvenes (Colonia, 20 agosto 2005): AAS 97 (2005), 885-886.

"Despójate de tu tristeza". Carta de Navidad del Ministro General OFM


Sollemnitas Nativitatis Domini Nostri Jesu Christi 2011
Litterae Ministri Generali Ordinis Fratrum Minorum

Fr. José Rodríguez Carballo OFM
Ministro General.
Queridos hermanos: Es Navidad, la fiesta Dios-con-nosotros, del Emmanuel. Es    Navidad, la fiesta del Verbo hecho carne; del   jo que, sin dejar de serlo, se hace nuestro hermano (cf. 2Cel 198). Es Navidad, anuncio de paz: “Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que Dios ama” (Lc 2, 14), Cristo “es nuestra paz” (Ef 2, 14). Es Navidad, buena noticia para toda la humanidad: El Impasible se siente arrastrado por una inmensa pasión de amor. Sí, la Navidad nos revela el carácter pasional de la encarnación: revela la pasión de Dios por el hombre. Navidad es el inicio de las bodas entre Dios y la humanidad, el inicio de un amor que será más fuerte que la muerte (cf. Cant 8, 6). Y si es cierto que “hay más alegría en dar que en recibir” (Hch 20, 35), entonces Navidad no es sólo fiesta de la alegría
del hombre porque se siente amado, sino también la fiesta de la alegría de Dios porque ama. Navidad es el nacimiento de Dios en la tierra, nacimiento del hombre en los cielos.

“Os anuncio una gran alegría” (Lc 2, 10)
En Navidad todo invita a la alegría. Y el motivo de esa alegría es sencillo, y a la vez humanamente increíble, sólo comprensible desde la fe: Dios nos ha visitado, la carne de Dios se ha hecho solidaria con nuestra debilidad. Finalmente el hombre es abrazado por quien
lo ama. Pero esto se realiza de un modo totalmente nuevo e inesperado. Si los ídolos se caracterizan por su “grandeza enorm ”, su “esplendor extraordinario” y su “aspecto terrible” (cf. Dn 2, 31), si en otros tiempos Dios se reveló como un Dios grande, tremendo, potente y glorioso, un Dios que infunde temor (cf. Gn 3, 10), ahora, al cumplirse la plenitud de los tiempos (cf Gal 4, 4), Dios manifiesta su grandeza en la pequeñez de un recién nacido, su esplendor fascinante en un niño envuelto en pañales, y su aspecto tremendo en un niño tiritando de frío en un establo (cf. Lc 1, 12). El Altísimo y Omnipotente Señor, precisamente porque es grande,
es también aquel del cual no se puede pensar nada más pequeño (cf. Lc 9, 48). El Dios que se nos revela en Navidad, de hecho, es un Dios pequeño, impotente, necesitado del hombre; un Dios frágil e indefenso, que se confía al hombre (cf. Lc 2, 7). Y, precisamente
por ello, se expone al rechazo (cf. Jn 1, 11). Es la vulnerabilidad del amor, que no puede no respetar la libertad del hombre. Pero a cuantos le acogen en su pobreza, humillación y humildad, a cuantos le acogen en su vulnerabilidad, le da “el poder de llegar a ser hijos
de Dios” (Jn 1, 12).
La Navidad es siempre la fiesta de los pobres y sencillos, y es que “Dios ama hablar con los sencillos” (Volg. Pr 3,23). María fue la primera en recibir la invitación a la alegría (Lc 1, 28), y su Magnificat es el himno de exultación de todos los humildes (cf. Lc 1, 46ss). Los pastores son los primeros en recibir la buena noticia del nacimiento del Salvador (cf. Lc 2, 10), y en responder a ella con la alabanza (cf. Lc 2, 20). Juan salta de gozo cuando estaba todavía en el seno de su madre (cf. Lc 1, 44), y cuando Jesús da comienzo a su ministerio, el Precursor “se llena de alegría por la voz del Esposo” (Jn 3, 29). Por su parte, Francisco, el Poverello, el mismo que hacia el final de sus días, ya medio ciego y en medio de las mayores privaciones, pudo cantar el Cántico de las Criaturas, considerando la humildad de la encarnación, y contemplando el misterio de la Navidad deja derretir su corazón en inefable gozo (cf. 1Cel 84).
Es la alegría de la Navidad comunicada a los pobres, a los sencillos, a los limpios de corazón, como María, los pastores, Juan, Francisco. Dios no se revela a los sabios y prudentes (cf. Lc 10, 21), escoge a lo que el mundo desprecia (cf. 1Cor 1, 28). Estos no se alegran ni siquiera por lo que Dios hace en ellos. Sería como apropiarse del don recibido. Los pobres y sencillos se alegran porque se descubren llenos de Dios. Y es que cada uno lo acoge en la medida en que lo magnifica y es capaz de magnificarlo en la medida en que cede el puesto a su grandeza, abajándose. La Navidad no sólo nos muestra el camino que Dios ha recorrido para encontrarse con el hombre, sino también el camino que el hombre debe recorrer para acoger a Dios: Él, siendo rico se hizo pobre por amor, para enriquecernos con su pobreza (cf. 2Cor 8, 9); Él, “el Pastor grande de las ovejas” (Heb 13, 20), se muestra a los últimos, como a los pastores, a los humildes, como a María; a los pequeños, como a Francisco; a cuantos se retiran para dejarle crecer, como a Juan. La grandeza del amor de Dios se manifiesta en hacerse pequeño. Del mismo modo, la grandeza del hombre se muestra en dejar espacio a aquel por cuyo nacimiento una legión del ejército celestial alaba a Dios diciendo: “Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad” (Lc 2, 14).

“Alegrémonos todos en el Señor” (Fil 4,4)
¡Alegrémonos hermanos!, porque ha llegado el momento prometido. ¡Alegrémonos! ¡Hagamos fiesta!, participemos de la alegría de Dios! (cf. Sof 3, 14-17). Sí, hay motivos más que sobrados para alegrarnos. Los que no saben leer los signos de los tiempos con los ojos de Dios, viendo las dificultades por las que está atravesando la Iglesia, pensemos, entre otras cosas, en los últimos escándalos; viendo las dificultades por las que atraviesa nuestra Orden y toda la vida consagrada, pensemos en la escasez de vocaciones; y viendo las dificultades por las que atraviesa la sociedad, pensemos no sólo en la crisis económica que afecta a tantos, particularmente a los más pobres, sino también la profunda crisis cultural que estamos viviendo, piensan que hay muchas razones para estar preocupados y se dejan arrastrar por la tristeza, induciendo a otros al desánimo. A muchos de estos, Dios les parece abstracto e incluso inútil, a otros muchos, sin que lo confiesen abiertamente, les pesa el silencio de Dios. Son muchos los que ante una realidad como la que hemos descrito
y que es ciertamente dura, están viviendo la misma experiencia por la que atravesaban los discípulos de Emaús antes de encontrarse con el Resucitado, reflejada en aquel “nosotros esperábamos…” (Lc 24, 21). Para quien, en cambio, sabe leer todo desde Dios, sin cerrar los ojos ante todas estas realidades que acabamos de señalar, descubre sobrados motivos para estar alegres. Estos asumen la realidad no como una derrota sino como un desafío, una oportunidad y un kairós. Y todo ello porque saben que el Señor vino para quedarse con nosotros –“plantó su tienda entre nosotros” (Jn 1, 14)-; vino para caminar a nuestro lado todos los días, hasta el final de los tiempos (cf. Mt 28, 21). Ya no nos podrán llamar abandonados, ni a nuestra tierra devastada (cf. Is 62, 4). Hemos sido visitados por quien esperábamos: El Salvador, el Mesías, el Señor (cf. Lc 2, 11).
Si la fuente de la alegría está en la posesión de un bien conocido y amado, y en el encuentro y la comunión con los demás, con mayor razón como creyentes y como Hermanos Menores estamos llamados a experimentar una gran alegría cuando entramos en comunión profunda con Dios, confesado con el bien supremo (cf. AlD, 3), aun en medio del invierno, y de la noche oscura por la que uno pueda estar pasando.

“…para que vuestra alegría sea plena” (Jn 15, 11)
En estos tiempos delicados y duros es cuando más necesario se hace el testimonio de la alegría. Quienes seguimos “más de cerca” a Cristo estamos llamados a participar de la alegría del mismo Jesús: “Os he dicho estas cosas para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría sea plena” (Jn 15, 11). La alegría plena no es una posibilidad, menos aún una utopía. Para nosotros los creyentes es una responsabilidad. Si la alegría “está determinada por el descubrimiento de sentirse satisfechos” (H. G. Gademer); si la alegría es la experiencia de plenitud, entonces quien ha gustado el amor de Dios, y lo ama con corazón acogedor y agradecido, no puede dejar de gustar esa alegría que nadie le podrá arrebatar: ni las tribulaciones de todo tipo, ni las situaciones de gran sufrimiento y contradicción (cf. 2Cor 7, 4; Col 1, 24). Es más, entonces descubrirá la necesidad de testimoniar esa alegría que inunda su corazón en medio de quienes están pasando por las mismas situaciones. Y su vida será un canto: la canción de la alegría que ahonda sus raíces en la certeza de caminar de la mano del Dios con nosotros. Y su canto ayudará a que la vida de los demás sea una vida abierta a la esperanza. Para cuantos creemos en Cristo, la Navidad es invitación apremiante a ser testigos de la alegría en un mundo triste, a pesar de tantas distracciones, o probablemente a causa de tantas distracciones, que le alejan de la razón verdadera para estar alegres: Cristo Jesús.
Queridos hermanos: siendo la alegría una responsabilidad para nosotros, en cuanto cristianos y atítulo añadido en cuanto hijos de Francisco, no podemos privar al mundo del testimonio de esa alegría, indecible y gloriosa (cf. 1P 1, 8-9), que nace de la fe en Cristo y que consiste en una vida escondida en Dios.
Algunos podrían preguntarse: ¿Cómo, cuándo y dónde testimoniar esa alegría? Para responder a estas preguntas pienso sobre todo en el deber de mostrar la alegría de nuestra vocación. La vocación nos llegó sin que la hayamos provocado nosotros. En cierto sentido podemos decir que nos hemos tropezado con Él y la hemos ido descubriendo a medida que le permitíamos entrar en nuestro corazón, a través de la escucha de la Palabra y la participación en los sacramentos, y en la medida en que hemos acogido las mediaciones que el mismo Señor ponía en nuestro camino para discernir su proyecto sobre nosotros. Y poco a poco, casi sin darnos cuenta, fue naciendo una fuerte pasión por Cristo que nos llevó a seguirle, asumiendo el Evangelio como regla y vida, y abrazando la misma vida de Jesús: obediente, sin nada de propio, y en castidad (cf. 2R 1, 1). Y al mismo tiempo nació la pasión por los demás, particularmente por los últimos, y la pasión por la Iglesia, pues descubrimos que a Jesús no se le puede seguir dando la espalda a los rostros de Cristo pobre y crucificado, y que no podemos amar a Cristo al margen de la Iglesia. Y nos entregamos de todo corazón a llevar el don del Evangelio a los demás porque nos sentíamos
habitados por él. Y, como en el caso de la samaritana, la sed saciada se convirtió en anuncio y misión (cf. Jn 4, 1ss).
Son muchos los hermanos que, aún después de muchos años y en medio de toda clase de pruebas, siguen testimoniando la alegría de su vocación. Pienso en los hermanos que viven con gozo sin nada propio y que por ello son verdaderamente libres de todo afán
de poder y de poseer. Son tan pobres que sólo tienen a Dios y eso les basta, pues lo han descubierto como riqueza a saciedad (cf. AlD 4). Son tan pobres que sienten la alegría de la libertad evangélica. Pienso en los hermanos que viviendo desde la lógica del don, y
superando cualquier tipo de barrera cultural, religiosa, y geográfica, se entregan incondicionalmente a llevar la buena noticia del Evangelio a todos, a los de cerca y a los de lejos. Pienso en quienes son probados por la enfermedad, o en quienes, como Pablo, sienten el dolor
de una espina clavada en su carne (cf. 2Cor 12, 7), y, sin embargo, siguen derramando sonrisa y sembrando alegría a su alrededor, porque se sienten amados por el Dios amor (cf. AlD 4). Pienso en quienes, sabedores de que llevan su vocación en vasijas de barro (cf. 2Cor 4,
7), pero seguros de que en su debilidad se manifiesta la potencia del Señor (cf. 2Cor 12, 9), siguen, día a día, soportando el peso y el calor de la jornada, con la mano en el arado sin mirar atrás, a pesar de que el suelo a roturar se presenta duro y haya que contar con muchas piedras y malezas que ponen en peligro el que la semilla fructifique. Pienso, en fin, a cuantos acogen con gozo el don de los hermanos (cf. Test 14), y, al mismo tiempo, se dedican con constancia a construir fraternidad, sin esperar nada a cambio sino el bien del hermano. ¡Gracias hermanos por ser misioneros de la alegría!
Junto a estos, hay otros hermanos en los cuales el peligro de la rutina, de la desmotivación, de la tristeza, de la mediocridad y de la falta de pasión en la entrega se hace presente en sus vidas y se trasparenta en sus rostros. Sufren y sin querer hacen sufrir pues no se les
ve felices. En situaciones así, si uno no quiere entrar en un camino sin retorno, se hace necesario volver al primer amor, a redescubrir al Dios-con-nosotros. Se hace necesario volver a la oración, fuente de la que mana la alegría de encontrarse con el Señor, fuego
contra el frío de la indiferencia, de la desmotivación y de la tristeza. Cuando oramos nuestro corazón se libra de tantas escorias y nos libra de los caprichos del humor pasajero. Además, cuando entramos en nuestro cuarto y en lo secreto oramos al Padre (cf. Mt 6, 6), sentimos otra gran alegría: la de interceder por los demás. Como lo fue para Francisco, también para nosotros, la experiencia de Dios ha de ser la primera fuente de alegría. Por otra parte es necesario descubrir la belleza de la fraternidad abierta a la Iglesia, al mundo y a la creación entera.
El invierno por el que estamos atravesando en la vida religiosa y franciscana, y en la misma vida de la Iglesia, no ha de verse como un camino de muerte, sino como un tiempo de poda, el tiempo propicio para trabajar las raíces, para volver a lo esencial, para dejaros encontrar
de nuevo por Dios. Lo demás lo hará él y nuestra vida volverá a ser un canto a la alegría.

“¡Despójate de tu tristeza!” (cf. Ba 5, 1)
Hermano, tú que vives envuelto en la tristeza, despójate de ella, porque “ya reina tu Dios” (Is 52, 7), porque el recién nacido es el Emmanuel, el Dios-connosotros (cf. Mt 1, 23). Vosotros que estáis atravesando una noche oscura y que pensáis que hemos llegado al
ocaso, “no estéis tristes ni lloréis […], porque la alegría del Señor es vuestra fuerza” (Neh 8, 9-10). Navidad nos cuestiona profundamente si estamos viviendo o no la alegría del Dios-con-nosotros. La humanidad tiene necesidad de una vida cristiana y franciscana que sea
trasparencia de Cristo y que se manifieste en la donación total, gozosa y apasionada. Ésta será una gran propuesta vocacional. Somos misioneros más por lo que somos que por lo que hacemos o decimos. Ser alegres, cambiar nuestras actitudes deprimentes, negativas y derrotistas por otras entusiastas, positivas y esperanzadoras, es la condición sine qua non de una pastoral vocacional y de un anuncio creíble del Evangelio. Francisco nos muestra el camino para llegar a sembrar alegría: dejar que Cristo entre en nuestros corazones, en nuestra vida,
y caminar mano con mano con los demás: primero con los hermanos que el Señor me regaló, y con los que comparto vida y misión, y luego con todos los hombres amados de Dios, particularmente de los últimos y de los excluidos.

Con un abrazo de Paz y Bien, os deseo a todos:
¡Gozosa y Feliz Navidad!
Roma, 8 de noviembre,
fiesta del Beato Juan Duns Scoto, 2011