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miércoles, 21 de marzo de 2012

"Noche oscura, resplandor y estrellas"

www.fratefrancesco.org


Por P. Alejandro Fernández Barrajón, mercedario


Noche oscura


En los últimos tiempos me ha tocado atravesar una cañada oscura, como esas de las que habla el salmo 22, o una noche oscura como esa de la que hablan mis dos poetas favoritos: san Juan de la Cruz y José Luis Martín Descalzo. Sí, así ha sido y así os lo cuento. La noche oscura comenzó así:


Como en la película de Michael Ende «La Historia interminable», una niebla oscura y fría, como una noche amenazante, se fue apoderando de mí y de mi futuro, sin que apenas pudiera darme cuenta. Mis piernas comenzaron a flaquear y mi andar se hizo lento y pesado; cualquier desnivel en la acera era una buena razón para caerme al suelo. Mi brazo izquierdo perdió su fuerza y se colgaba de mi hombro sin que pudiera dominarlo. 


Mi vida se deslizaba por la pendiente de un abismo. Llegó un momento en que me orinaba en cualquier lugar sin poderlo controlar. Sobre todo me angustiaba que apenas podía rezar, ni tan siquiera escribir, que es mi pasión y mi afición más querida. Los correos electrónicos se acumulaban en mi ordenador y apenas tenía fuerza para ponerme a responderlos. Mi blog personal en internet se quedó paralizado –y así sigue–, como le sucedió a la mujer de Lot cuando miró hacia atrás. 


Algo estaba fallando en mi cuerpo y en mi mente y una y otra vez le preguntaba al Señor por qué permitía esto, si yo era su consagrado y sacerdote y ardía en deseos de servir a mis hermanos y a la comunidad parroquial en la que estoy destinado, pero solo el silencio me respondía. Recordaba aquel verso de Martín Descalzo: «Nunca podrás dolor acorralarme», pero me faltaba la madurez y la santidad que él tenía para aceptarlo todo como él lo aceptó, sabedor incluso de la cercanía de su muerte.


Durante dos años todo había sido confuso para mí; de médico en médico sin obtener un diagnóstico concreto.
Un buen día me encontré en la calle con Álvaro, un buen amigo osteópata y me dijo:
- Noto que caminas muy mal. Pásate por mi clínica y te daré un buen masaje a ver si te alivia un poco. 


Durante algún tiempo me hice el remolón, pero Álvaro insistía cada vez que se encontraba conmigo. Al fin, cansado de tanta debilidad, fui y su masaje me alivió, pero Álvaro fue claro conmigo y me dijo:
-Tal vez yo pueda aliviarte un poco, pero no puedo curarte; creo que tienes algo cerebral y necesitas hacerte una Resonancia Magnética. Vete a un neurólogo.


Al salir de la clínica de Álvaro se lo comenté a la hermana María y a ella le faltó tiempo para buscarme una clínica y un médico especialista. Inmediatamente los doctores Benito, Bustos y Gutiérrez me confirmaron la existencia de un tumor bastante desarrollado en mi cerebro. Os confieso que después de tantas idas y venidas sin saber qué me ocurría, descubrir que tenía un tumor me alivió; al menos ya podía explicar qué me estaba sucediendo. Si el tumor llegara a confirmarse como maligno las esperanzas serían pocas. 


Recordé entonces aquellas palabras terribles que Dante escribió en la puerta del infierno: «Los que habéis llegado hasta aquí perded toda esperanza», y la noche oscura se expandió dentro de mí sin permitirme un respiro. Yo era consciente de la gravedad de mi situación; estaba en un momento crucial de mi vida y la posibilidad de sufrir pérdidas vitales, e incluso la muerte, me hacían guiños de complicidad como afilados cuchillos que me quitaban la serenidad. Esta vez estaba frente a una amenaza real y amarga y quise unirme a Getsemaní y al Calvario y convocar a todos los sufrientes del mundo ¡tantos!, para que juntos fuéramos hasta el pie de la cruz y nos abrazáramos a ella llenos de esperanza. 


Recordé entonces a mi amigo de la infancia, Zacarías, que estaba sufriendo en mi pueblo una situación semejante a la mía y me uní a él y oré por él. El dolor del mundo y el desvalimiento humano han sido siempre para mí motivo de interrogación, de compasión y de búsqueda. Nada me conmueve tanto como el sufrimiento de la humanidad. Y solo en el Evangelio he podido encontrar una explicación y un cierto consuelo, contemplando la realidad de Cristo entregado por amor en la cruz. ¡Qué bien lo dice san Juan de la Cruz cuando habla del pastor que se entrega por su bella pastora, que es la Iglesia!: 


Y al cabo de un gran rato se ha encumbrado
sobre un árbol do abrió sus brazos bellos,
y muerto se ha quedado asido de ellos,
el pecho del amor muy lastimado


Me consolaba y me serenaba pensar que, aunque Jesús no nos había explicado el misterio del dolor, tampoco se había escapado por la puerta de atrás, haciendo mutis por el foro, sino que había sido solidario con los sufrientes hasta la muerte, y una muerte de cruz. Y gritaba desde el silencio de mi corazón:
- ¡Venid todos los sufrientes del mundo y vayamos juntos hasta el pie de la cruz, allí encontraremos consuelo!


El tiempo que pasé en la UVI me resultó excesivamente largo: unos 23 días. Los días eran eternos y las noches interminables. Me sentía desorientado, sin saber si era de día o de noche, y era testigo permanente de otros pacientes que compartían sufrimientos y dolores conmigo. Allí estaba yo tumbado en mi cama, boca arriba, contemplando el monótono cielo blanco de la habitación; no sabía qué hacer con tanto tiempo y decidí aprovecharlo para encomendarme a todos mis santos preferidos, sobre todo a aquellos que están en proceso de beatificación o canonización y se necesitan milagros para la causa. 


Recordé con emoción a santa Quiteria, la patrona de mi pueblo, por quien he sentido un cariño muy especial desde que era un niño. Recordé y me encomendé a los mártires mercedarios de Castilla y Aragón en la persecución religiosa y odio a la fe de 1936, que están en proceso de beatificación (el Papa ya ha aprobado la beatificación de los mártires mercedarios de Aragón). ¡Gloria a Dios! 


Me encomendé a santa Josefina Bakita, por la que siempre he sentido una devoción especial desde que conocí su historia: una mujer de piel negra, que fue siempre esclava y solo se sintió libre cuando se encontró con Jesucristo. Me encomendé al beato P. Zegrí, fundador de las Hermanas Mercedarias de la Caridad, en cuya misa de beatificación tuve la suerte de participar en Roma. Me encomendé a la sierva de Dios Carmen Sallés por consejo de mi amiga Benita, y pedí su intercesión al P. Luis Amigó en cuyo sepulcro oré en compañía del P. José Oltra, en uno de mis viajes a Valencia. 


Me encomendé finalmente al P. Gilabert Jofré, un mercedario muy original, que vio en Valencia cómo unos muchachos apedreaban a un niño loco y él se compadeció de este niño y fundó la primera casa conocida de acogida para estos niños; en la historia figura como el primer hospital psiquiátrico del mundo. Su sepulcro se conserva, y las gentes le profesan una gran devoción, en el impresionante Castillo-monasterio mercedario de Santa María del Puig, que tantas veces he visitado y que fue un regalo a san Pedro Nolasco, fundador de los mercedarios, del mismo rey Jaime I el Conquistador. 
Como veis, casi me encomiendo a toda la corte celestial pero, como dice el refrán castellano: «Nunca es mal año porque sobre el trigo», y yo estaba verdaderamente necesitado de ayuda de lo alto.


He tenido momentos en que el dolor me extenuaba y me torturaba hasta extremos que llegaron a parecerme inhumanos, y me preguntaba qué podía hacer con aquel dolor. ¿Serviría de algo? Tenía dos opciones: despreciarlo o aprovecharlo. 
Y me acordé entonces cómo mi madre, cuando yo era niño –y aún hoy lo hace–, encendía una lámpara a modo de ofrenda, para pedirle a Dios que las tormentas veraniegas no destruyeran la cosecha de las familias que necesitan esos recursos para sus hijos. Parece una simplicidad, pero mi madre lo hace con fe y yo estaba seguro, contemplando su rostro, que esa ofrenda tenía su sentido. Lo mismo quise hacer yo con el dolor sobrante que estaba sintiendo, mientras miraba el techo blanco y monótono de la UVI sin poder conciliar el sueño. 


Decidí entonces que mi dolor se convirtiera en ofrenda, como la lámpara que enciende mi madre en los días de tormenta. Una ofrenda que quise presentar a Dios, para que se hiciera realidad el proyecto de mi amigo y hermano mercedario Tomás con los niños de la calle, «los limpiabotas» en la República Dominicana. Y pensé entonces que Dios aceptaba mi ofrenda y que el proyecto de los niños «limpiabotas» se iba a hacer realidad. Era una manera de aprovechar aquel dolor, que en alguno momento llegó a ser excesivo y que no me permitía orinar sin sentir un intenso dolor. 


Y ofrecí mi dolor por la comunidad cristiana de mi parroquia de la Basílica Hispanoamericana de la Merced, por sus pobres, sus ancianos y enfermos, para que fuera un lugar de encuentro con Dios y con su Palabra, con el perdón y la nueva evangelización que el Papa nos ha pedido en su viaje a Madrid con motivo de la JMJ. Si Dios ha aceptado mi dolor como ofrenda, os aseguro que ha sido impresionante y sus frutos se dejarán ver más pronto que tarde. Solo la cruz puede ser camino hacia la luz.


¡Qué precioso regalo es poder orinar todos los días sin molestias ni dolores! ¡Y yo no me había dado cuenta antes! Dios nos rodea por delante y por detrás, nos envuelve con su amor y nosotros pasamos de largo sin percatarnos de ello. ¡Qué torpes y arcillosos somos! ¡Cómo nos gusta dar rodeos para no ver la realidad samaritana que nos regala nuestro Dios! Pero el amor de Dios se nos impone a nosotros y a nuestros cálculos, porque es un amor desmedido de padre-madre que no puede esconderse, como el agua no se detiene en la mano de un niño. 


Y convertí mi dolor en ofrenda, por los niños limpiabotas, por mi paisano Zacarías y por su madre Soledad, por la nueva misión mercedaria en África de las hermanas mercedarias del Santísimo Sacramento, con la hermana Ofelia al frente, por mi hermano José Luis, que en esos mismos días estaba operándose en Ciudad Real, por Fernando y Koldo, dos religiosos mercedarios que iban a ser operados en esos días próximos, por el éxito de la misión de CONFER, que estaba a punto de celebrar su asamblea general y a la que tanto quiero, porque ha sido una etapa muy gozosa de mi vida y ha sabido apostar por los desheredados, en tantos consagrados y consagradas que llevan a cabo todos los días una labor encomiable desde el Evangelio, en definitiva, por tantos sufrientes del mundo de ayer y de hoy. Y estoy seguro que Dios ha aceptado mi ofrenda. 


La originalidad y grandeza de nuestro Dios está en que se ha hecho Verbo Encarnado, es decir, Palabra que desea hacerse diálogo con nosotros y, además, Palabra encarnada, hecha carne viva para que le sintamos cercano y solidario con la humanidad. Nuestro Dios no es un dios filosófico o etéreo, es un Verbo Encarnado. Por eso, bien podía decir el pueblo de Israel: «Nadie tiene un Dios tan cercano como lo está Yavé de nosotros siempre que le invocamos». Nuestro Dios es el Abba de Jesús, el Verbo Encarnado. Me vienen a la memoria los hermosos versos del poeta:
Así: te necesito
de carne y hueso.
Te atisba el alma en el ciclón de estrellas
tumulto y sinfonía de los cielos;
y, a zaga del arcano de la vida,
perfora el caos y sojuzga el tiempo,
y da contigo, Padre de las causas,
Motor primero…
Carne soy, y de carne te quiero,
caridad que viniste a mi indigencia,
¡qué bien sabes hablar en mi dialecto!
Así, sufriente, corporal, amigo,
¡cómo te entiendo!
¡Dulce locura de misericordia:
los dos de carne y hueso!


Los doctores decidieron, por fin, llevar a cabo la extirpación del tumor. Ellos fueron claros conmigo, desde el primer momento, sobre la gravedad que suponía una intervención cerebral, pero su cercanía y profesionalidad me infundían mucha confianza y les dije:
- Estoy en sus manos, dispuesto a lo que ustedes vean mejor. 


En un momento en que estaba vagando por las praderas de mi pensamiento, llegaron los celadores a buscarme para llevarme al quirófano. Este momento no fue fácil. Llegué a pensar en la posibilidad de no volver a ver nunca más a mis seres queridos o a mis amigos y un estremecimiento terrible, como un puñal de hielo, sajó mis adentros. Fue en ese momento cuando quise ponerme en manos de la Virgen y, mientras los celadores me llevaban por los pasillos, quise traer a mi memoria el rostro de las imágenes de la Virgen más queridas para mí. 


En primer lugar, la imagen de la Virgen de la Merced de Barcelona, cuyo rostro es tan hermoso que habla con solo mirarlo y que ha conseguido emocionarme más de una vez cuando lo he contemplado de cerca. 
Vino a mi recuerdo la imagen de la Virgen del Puig, patrona del Reino de Valencia, que tantas veces he contemplado en el retablo del Monasterio del Puig: la Virgen que abraza a su Hijo llena de ternura. 


Contemplé, así mismo, la imagen de la Virgen del Perpetuo Socorro, que un día pinté en una tabla para la iglesia de mi pueblo y allí se conserva desde entonces. Además soy y he sido buen amigo de los redentoristas, promotores de la devoción a ese hermoso icono, sobre todo del P. Francis, que me concedió el honor de ser el predicador en su primera misa, allá en Chimeneas (Granada). Él me explicó en cierta ocasión la simbología que contiene ese precioso icono y me transmitió la devoción a la Virgen del Perpetuo Socorro.


En estos pensamientos estaba, cuando sentí el dolor de la inyección de la anestesia –supongo– y una mascarilla me cubrió el rostro hasta desvanecerme. Lo siguiente fue abrir los ojos y descubrir que ya estaba operado. Oí a uno de los doctores decir que todo había salido bien y todo mi ser se hizo agradecimiento a Dios por el don de la vida, y a aquellos doctores por su sabiduría, que hacían realidad una vez más el juramento hipocrático de cuidar la vida y habían conseguido con su pericia y su profesionalidad mantener abierta la puerta de mi vida, que amenazaba con cerrarse. 


Quise agradecer a Dios este momento con el salmo 148, que tantas veces he recitado en la Liturgia de la Horas, pero solo me acordé del comienzo: 
Alabad al Señor en el cielo,
alabad al Señor en lo alto.
Alabadlo todos sus ángeles,
alabadlo todos sus ejércitos.
Alabadlo sol y luna,
alabadlo estrellas lucientes.


No supe seguir más y preferí pasar al himno de alabanza de san Francisco, que dominaba mucho mejor y que me recordaba al P. José Oltra, amigoniano y buen amigo, que me ha acompañado todo el tiempo, antes, durante y después de este proceso doloroso y difícil. Y me puse a rezar mentalmente:


Loado seas por toda criatura mi Señor,
y en especial loado por el hermano sol,
que alumbra, y abre el día, y es bello en su esplendor
y lleva por los cielos noticia de su autor.
Y por la hermana luna de blanca luz menor
y las estrellas claras que tu poder creó.
Tan limpias, tan hermosas, tan vivas como son
y brillan en los cielos, ¡loado mi Señor!


Cada vez que el P. José Oltra me visitaba, se despedía ofreciéndome la bendición franciscana: El Señor te bendiga y te dé su paz. Siempre me he sentido muy cerca del espíritu franciscano, pero el P. Oltra, terciario capuchino, me ha ganado para ser un mercedario muy franciscano. 
Si el tumor llegara a ser maligno, el pronóstico era de mucha gravedad y, en medio de la incertidumbre, mi increpación se hizo herida como en los profetas y se elevaba hasta el cielo una y otra vez: 


Mis ojos se deshacen en lágrimas,
día y noche no cesan.
¿Por qué me has herido sin remedio?,
al tiempo de la cura sucede la turbación.
No me rechaces, por tu nombre,
recuerda y no rompas tu alianza (Jer 14,17ss).


La respuesta me vino mucho tiempo después de la operación, en un momento en que mi madre me estaba curando una de las heridas y me dijo:
- Hijo mío, esto ha sido una prueba de amor.
Sí, en verdad lo había sido. Ahora que ya ha pasado todo, siento que amo más a Dios, a mi familia, a mis hermanos de comunidad, a mis amigos y a tantos y tantas como se han cruzado en mi cañada oscura en forma de visita, de llamada, de mensaje. Ha sido un «tsunami» de afecto y de amor el que he recibido y al que solo puedo corresponder en forma de amor. Es el único lenguaje que Dios entiende. 


¡Cómo podré olvidar que mi amiga Nieves, con sus más de ochenta años, ha ofrecido todos los días sus dolores –que no son pocos– por mi recuperación y que Esperanza Domenech, feligresa de mi parroquia, se había ofrecido a Dios para cambiarse por mí y que mi dolor pasara a ella y me abandonara a mí (y a los pocos días de mi intervención ha sufrido un ictus cerebral), y a Felisa, con sus más de noventa años, que un buen día apareció por mi casa para regalarme unos patucos de lana que me había tejido ella misma, para que no tuviera frío en los pies.


¿Cómo podré pagar al Señor todo el bien que me ha hecho?
Alzaré la copa de la salvación invocando su nombre.
Cumpliré al Señor mis votos, en presencia de todo el pueblo (Sal 115,3-5).


Mi oración cada noche, cuando llegaba el momento de dormir, no podía faltarme; además mi madre se encargaba de recordarme a mí, en voz alta, y a todos los enfermos que había en ese momento en la UVI:
- Hijo, es hora de dormir, pero no te olvides antes de rezar un rato.
En ese momento me venían a la memoria del corazón los versos iluminados, que siempre me han hecho mucho bien, del gran poeta Leopoldo Panero y que he logrado memorizar para siempre:


No sé de dónde brota la tristeza que tengo.
Mi dolor se arrodilla, como el tronco de un sauce,
sobre el agua del tiempo, por donde voy y vengo,
casi fuera de madre, derramado en el cauce.
Lo mejor de mi vida es el dolor.
Tú sabes cómo soy, Tú levantas esta carne que es mía,
Tú, esa luz que sonrosa las alas de las aves.
Tú, esa noble tristeza que llaman alegría.
Tú me diste la gracia para vivir contigo.
Tú me diste las nubes como el amor humano.
Y al principio del tiempo, Tú me ofreciste el trigo
con la primera alondra que nació de tu mano.
Como el último rezo de un niño que se duerme,
y con la voz nublada de sueño y de pureza
se vuelve hacia el silencio, yo quisiera volverme
hacia Ti y en tus manos desmayar mi cabeza.


Con esta oración y alguna más que me enseñó mi madre de niño, aunque parecieran muy infantiles, me entregaba al sueño reparador –cuando era posible– y me ponía en manos de Dios, como ese niño de los versos de Panero

1 comentario:

Anónimo dijo...

Gracias Alejandro. La experiencia de tu dolor y sufrimiento nos ayuda a ser mas humanos y agradecer a Dios cada momento de nuestra vida. Hagamos el bien mientras nos sea posible.