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sábado, 7 de abril de 2012

¡No tengáis miedo! Id y testimoniad: ¡Ha resucitado!

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¡No tengáis miedo! Id y testimoniad: ¡Ha resucitado!




Queridos hermanos y hermanas:

¡El Señor os dé la paz!

Es Pascua, el día que ha hecho el Señor (cf. Sal 117).

El que fue colgado de un madero, Dios lo ha resucitado. Y a nosotros se nos encargó predicar y dar testimonio de cuanto ha sucedido (cf. Hch 10, 39-40. 42). Esa es nuestra misión: comunicar a todos la gran noticia que ha cambiado la suerte de la historia: Jesús que padeció bajo  el poder de Poncio Pilato, murió y fue sepultado, al tercer día ha resucitado y vive para siempre.

El próximo mes de octubre la Iglesia celebra un nuevo Sínodo de Obispos, en el que tendré la dicha de participar en nombre de la Unión de Superiores Generales. Esta vez el Sínodo estará dedicado a la nueva evangelización. Hagamos un poco de historia. El tema de la evangelización ya fue objeto de la reflexión sinodal en 1974, cuando los padres sinodales se ocuparon de la evangelización en el mundo contemporáneo. Fruto de aquel Sínodo fue la exhortación apostólica Evangelii nuntiandi de Pablo VI, uno de los grandes documentos pontificios del siglo XX. En este documento, concretamente en el capítulo II, el Papa se preguntaba: ¿Qué es evangelizar?
A esta pregunta daba una respuesta en el número 24 de dicha exhortación afirmando que es un camino  complejo, con elementos variados: “renovación de la humanidad, testimonio, anuncio explícito, adhesión del corazón, entrada en la comunidad, acogida de los signos, iniciativas de apostolado. Estos elementos pueden parece contrastantes, incluso exclusivos. Y sin embargo son complementarios y se enriquecen. Es necesario que cada uno esté integrado en los otros”.
La evangelización siguió siendo una de las atenciones prioritarias del pontificado de Juan Pablo II, el cual, preocupado por el fenómeno de la secularización, acuñó la expresión de nueva evangelización: “nueva en su ardor, nueva en sus métodos, nueva en sus expresiones” (Haití 1983). En la exhortación apostólica Pastores dabo vobis Juan Pablo II vuelve sobre el tema afirmando que la nueva evangelización exige nuevo ardor, nuevos métodos, nuevo lenguaje para anunciar y testimoniar el Evangelio.
Benedicto XVI toma el testigo de sus predecesores y vuelve a insistir en el tema de la nueva evangelización, instituyendo, con el motu proprio Ubicumque et semper, un nuevo dicasterio con el objetivo de promover una evangelización renovada en los países de vieja tradición cristiana que viven una secularización progresiva y un “eclipse de Dios”. Y llegamos así al Sínodo de 2012 que, como ya dijimos, se ocupará de la nueva evangelización. Y aquí nace  una pregunta: ¿Cómo prepararnos a este acontecimiento eclesial y, en cierto modo, participar activamente en él?
El Capítulo del 2009 nos invitó a restituir con la vida y la palabra el don del Evangelio. En su documento final, Portadores del don del Evangelio, el Capítulo nos recuerda como “desde los primeros días la  eternidad se descubre llamada a anunciar aquello mismo que vive” (n. 7), el Evangelio, don que está en su mismo origen (n. 6). Nos recuerda que estamos llamados a “acoger el Evangelio y a restituirlo creativamente […], recorriendo los caminos del mundo como hermanos menores evangelizadores con el corazón vuelto hacia el Señor (n. 10).
Nos recuerda que el inmovilismo y la instalación “que amenazan con paralizar el dinamismo evangelizador” tal vez nos estén hablando “de una crisis de fe que toca a algunos de nosotros” (n. 12). Nos recuerda que hemos de ponernos encamino (n. 11), cruzar todo tipo de fronteras antropológicas, culturales, religiosas y geográficas, y desde la lógica del don (cf. n. 12), ser creativos (n. 9), hablar un lenguaje comprensible que tenga en cuenta los códigos comunicativos de nuestro mundo y haga inteligible el mensaje que queremos transmitir (n. 16), sentir simpatía por nuestro mundo (n. 7) y tener en cuenta la realidad socio-cultural de nuestros pueblos (n. 14), de tal modo que podamos encarnar el mensaje evangélico en los diversos contextos en que vivimos” (n.16). Nos recuerda, en fin, el marco dentro del cual ha de encuadrarse
nuestra evangelización. Ésta ha de estar sostenida por una fuerte experiencia de Dios, ha de hacerse desde y como fraternidad, en colaboración con los laicos y la familia franciscana, privilegiando los claustros  humanos, las zonas difíciles, de riesgo y de cercanía a los más pobres, a los que más sufren y a los excluidos (cf. mandato 13).
Todo un programa y toda una metodología. Pero, sigamos preguntándonos: ¿Todo ello qué exige?
Sintetizando mucho, yo diría que lo que exige la nueva evangelización es, sobre todo, pasión por la Palabra.
“¡Ay de mí si no evangelizara!”, dirá el Pablo (1Cor 9, 16). La evangelización no es algo facultativo, es algo que me incumbe en primera persona. No puedo ser cristiano, no puedo ser religioso sin evangelizar. Quien se haya encontrado con el Señor y haya hecho experiencia del Resucitado, no puede tener esa experiencia para sí, sino que siente la urgencia de comunicarla, y restituirla a los demás. La nueva evangelización habla, por tanto, de una experiencia intensa que califica la propia identidad, implica toda la persona, y que comporta sentirse y comprenderse solo desde ese servicio. Todo ello es lo que lleva a la pasión, al descubrimiento de que en ese ministerio se esconde el yo verdadero, lo que soy, y lo que estoy llamado a ser. Y si hay pasión, entonces la evangelización será llevada a cabo con creatividad, con fantasía, con plena
dedicación y generosidad, en cualquier etapa de la vida, también en la enfermedad y debilidad física, aunque sea en modo diverso, desde la vida apostólica, como desde el  retiro claustral.
En estos días, visitando a un hermano que hasta hace bien poco trabajaba en un territorio misionero, me decía: “Desde siempre he pensado que mi vida era para la misión.
Ahora que he regresado a causa de la enfermedad, he descubierto que el Señor me llama a seguir siendo misionero desde esta situación en que me encuentro. Quiero seguir siendo misionero. Ofrezco mi vida y mis sufrimientos por las misiones, por la difusión del Evangelio”. Este hermano, como Pablo, descubrió que la evangelización era su vida. ¡Cuántos hermanos he encontrado en estos años que han hecho ese mismo descubrimiento! Por todos ellos no ceso de dar gracias al Señor.
La nueva evangelización, como toda misión, nace de un hecho relacional y no puramente autorreferencial.
Responder a la llamada de la nueva evangelización es sentirse llamado, conquistado y urgido por el Señor
que, como a tantos profetas, nos saca de nuestro pequeño mundo, hecho de pequeñas o grandes seguridades, y nos coloca delante de un mundo mendicante de sentido, sediento de plenitud, con la única certeza de que él va por delante: ve, yo te envío, no temas, yo estaré siempre contigo. En estos años de servicio a toda la Fraternidad he visto hermanos que, buscando la autorrealización en las diversas tareas evangelizadoras, al final con lo único que se han encontrado es con un profundo vacío interior y
una fuerte sensación de haber perdido el tiempo. Al mismo tiempo he encontrado hermanos que, conscientes de obedecer a una llamada, se han entregado sin reserva de ningún tipo a la restitución del don del Evangelio, a los de cerca y a los de lejos (cf. Ef 2, 17) y, aún sintiéndose siervos inútiles, como todo trabajador en la viña del Señor (cf. Mt 20, 1-16), han visto cómo el Señor iba haciendo crecer la semilla del Evangelio hasta dar abundantes frutos (cf. Mc 4, 8).
En la nueva evangelización no puede faltar esa conciencia de ser enviados. Es entonces cuando la pasión por el Evangelio será vivida como urgencia, como un verdadero imperativo existencial que lleva a poner la vida entera al servicio de la pasión de Dios por la humanidad. Solo desde esa conciencia, la vida misma, sostenida por una fuerte experiencia de Dios que “empuja” y “obliga” a ponerse en camino, se convierte ella misma en evangelización, y el creyente se convierte, como Francisco, en “Evangelio viviente”, en “exégesis viviente de la Palabra de Dios” (Verbum Domini, 83). Solo desde esa profunda convicción de ser enviado, la evangelización dejará de ser simple “operación” pastoral, o puro gesto filantrópico, y se saldará con un fuerte amor y preocupación por el otro que le lleva a compartir el tesoro que él mismo ha encontrado (cf. Mt 13, 44).
Nunca insistiremos suficientemente sobre la necesidad de una fuerte experiencia de Dios para ser auténticos
evangelizadores. Solo desde un contacto permanente con él, solo cuando su Palabra queme nuestras entrañas, como en el caso de los discípulos de Emaús, correremos a anunciar la Buena Noticia (cf. Lc 24, 32-33); solo cuando nos dejemos encontrar por el Viviente, entonces nuestras puertas, cerradas por el miedo o tal vez por una fatal resignación –a veces he oído decir: no hay nada que hacer en esta situación-, se abrirán de par en par, y sin temor a quienes nos pueden quitar la vida del cuerpo pero no la que perdura (cf. Mt 10, 28), con nuevo ardor, audacia y valentía, obedeciendo a Dios antes que a los hombres (cf.
Hch 4,19), daremos testimonio de aquel que después de padecer y morir, ha sido colocado a la derecha del Padre y vive para siempre (cf. Hch 3, 15). Y entonces, los nuevos métodos exigidos por la nueva evangelización no se harán esperar.

Cuando contemplo la hermosa y gran epopeya misionera de la Orden, particularmente en el lejano Oriente o en el continente americano, y cuando pienso a hermanos que en su propia cultura o lejos de ella se entregan incansablemente a la tarea de la evangelización, no puedo dejar de pensar a hombres profundamente enamorados de Jesús.
Era ese amor el que le llevaba a hacerse, como Pablo, “todo para todos” (1Cor 9, 22). Es desde el amor a Jesús, desde una experiencia espiritual profunda marcada por el encuentro personal con él, desde donde nace la motivación profunda y auténtica que lleva a uno a actuar a favor de la redención de los hermanos y a consagrarse todo entero a la obra de la evangelización.

Pasión por Cristo y pasión por la humanidad, eso es lo que requiere la nueva evangelización. Ni la primera
sin la segunda, ni la segunda sin la primera. La pasión por Dios lleva necesariamente a la pasión por el hombre, hijos del cielo e hijos de la tierra, como decimos tantas veces. Siento la necesidad de recordar la urgencia de salir de nuestro raquitismo espiritual; ha llegado la hora de despertarnos del letargo, de dar sentido pleno a nuestra vida, de hacer experiencia de salvación: ha sonado la hora de una nueva evangelización que empieza por dejarnos habitar por el Evangelio y permitir que éste cambie nuestro corazón, como cambió el corazón de Francisco y de tantos hermanos y hermanas nuestros.
Se dice que la juventud de hoy es una juventud sentada y renunciataria. Eso lo decimos los adultos. ¿Qué dicen de nosotros los jóvenes? ¿No dirán lo mismo de nosotros que nosotros decimos de ellos? Yo creo que en muchos jóvenes, también entre los jóvenes hermanos y hermanas, hay tanta sed de espiritualidad auténtica, sensibilidad a los grandes valores, búsqueda de nuevos valores, sed de verdad, de autenticidad, de coherencia, hay pasión por Cristo y pasión por el hombre y la mujer de hoy. Como también estoy  convencido que eso mismo se da en tantos adultos. Pero también estoy convencido que a unos y a
otros nos sobra realismo asfixiante, cansancio, rutina.
Siento que es urgente el que nosotros mismos nos sintamos destinatarios de una nueva evangelización, de
una anuncio renovado del kerigma, del primer anuncio, para luego proveer, de manera sistemática, no solamente puntual, a anunciarlo a los demás. Siento que es necesario que nosotros mismos encontremos palabras de esperanza, motivos para caminar hacia delante, con paso ligero y sin tropiezos en los pies (cf. 2CtaCl 12), para luego proponer a los demás ese mismo camino de esperanza. Siento que es necesario que hagamos nosotros mismos experiencia del Dios revelado en Jesús, para poder ofrecerlo a quienes lo buscan, ¡y son tantos!, respuestas vividas, y no solo grandes respuestas doctrinales, pero pobres de vida. Y es
que la nueva evangelización ya no puede hacerse con slogans, con palabras preparadas por otros. La nueva evangelización necesita de testigos que comuniquen lo que han visto, oído y tocado (cf. 1Jn 1, 1-3); testigos que no se homologuen al contexto social actual, por miedo a ser rechazados, hasta el punto de ser invisibles o difícilmente identificados como discípulos y misioneros, o ineficaces y poco incisivos, poco proféticos y poco misioneros.
Necesitamos construir caminos de iniciación en la fe, sin excluirnos a nosotros mismos de esos itinerarios,
o dar por supuesto lo que no se puede dar por supuesto, es más, lo que, como dice Benedicto XVI en el motu proprio con el que convoca el año de la fe, “a menudo es incluso negado” (La puerta de la fe, 2). “La crisis de fe ha tocado a muchas personas”, sigue afirmando el Papa, y tal vez, podríamos añadir, a algunos de nosotros. En este contexto no podemos permitir que la sal se vuelva insípida y la luz permanezca escondida (cf. Mt 5, 13-16). Llamados a evangelizar, primero hemos de dejarnos evangelizar nosotros
mismos. Solo entonces podemos ver la sociedad  secularizada en que nos ha tocado vivir no tanto como
una amenaza, sino como una oportunidad, un nuevo areópago para anunciar al Dios vivo; ese Dios desconocido por muchos, pero que constituye el sentido último, pleno y definitivo de la vida de todo ser humano.
En el contexto secularizado en que estamos viviendo y que ciertamente va más allá de Europa ¿cómo anunciarlo?
Solo algunas pistas:
- Siendo ecos de la Palabra de Dios. En la nueva evangelización tenemos que hablar con Dios, hablar de Dios  y dar voz a un Dios que parece guardar silencio y que muchas veces parece que no escucha.
- Siendo elocuentes silencios. Palabra y silencio son complementarios en la evangelización. El peligro entre
nosotros es hablar mucho de Dios y escuchar poco a Dios; hablar mucho a los hombres y escucharles poco.
Nos da miedo el silencio y sin embargo es necesario, huimos de la escucha, y sin embargo hoy es más importante que nunca. El misterio de Dios, como nos dice san Agustín, se sugiere, se indica, se gusta y se hace gustar. Es inútil pretender abarcarlo con la palabra. Por ello hemos de cultivar más el silencio habitado que nos abra al misterio de Dios revelado en Cristo y acalle nuestras manipulaciones de Dios.
- Siendo imágenes y testimonios significativos, narraciones y símbolos relevantes. Tenemos que aprender el
arte de presentar los contenidos doctrinales de manera narrativa e icónica. El agente de la nueva evangelización introduce a los demás en el mundo de los símbolos, de la Palabra hecha narración, de la celebración.
- Siendo apóstoles de la alegría. Leon Bloy dice que “la alegría es el signo infalible de la presencia de Dios”. Si el Evangelio es buena noticia, la nueva evangelización se llevará a cabo con la sonrisa, no con cara de “viernes santo”.
El Apóstol nos recuerda que el Hijo de Dios es el “sí” de Dios (cf. 2Cor 1, 18ss). Los mensajeros del Evangelio no pueden ser un “no”.
- Y todo en fraternidad. Para todo religioso, y máxime para un franciscano, ningún proyecto de evangelización es individual. Es siempre la fraternidad la que evangeliza. La nueva evangelización ha de realizarse, por tanto, con el testimonio de la vida fraterna.
El anuncio del Evangelio hoy se sitúa entre missio ad gentes y nueva evangelización. Es innegable la crisis
de fe. Ésta se manifiesta unas veces en la indiferencia, otras en el alejamiento de la comunidad de los creyentes.
Pero también es cierto que entre los que se confiesan agnósticos y ateos hay muchos que buscan a Dios. Esto nos da esperanza y fuerza para seguir anunciando el Evangelio, sin miedos y sin triunfalismos, pero seguros en el poder de Aquel al que anunciamos resucitado y presente en medio de nosotros, y en la verdad de su mensaje. La nueva evangelización es una llamada a conocer, amar y servir no una cosa, ni siquiera una doctrina, sino una persona:  la persona de Jesús.
Es pascua: ¡Id, hermanos y hermanas, anunciad y testimoniad la buena nueva del Evangelio, a los de cerca y a los de lejos, con nuevo ardor, nuevos métodos y nuevas expresiones! ¡Cristo ha resucitado! Sí, ¡verdaderamente ha resucitado! ¡Feliz Pascua de Resurrección!

Roma, 19 de marzo de 2012,

Solemnidad de San José


Fr. José Rodríguez Carballo, ofm
Ministro general, OFM
















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