Buscar en la Página

RADIO FRANCISCANA

VIDEOS FRANCISCANOS

Loading...

lunes, 16 de julio de 2012

La selva central y los franciscanos: el Cerro de la Sal

Por: Juan Luis Orrego Penagos
http://www.juanluisorrego.org


La selva central fue asiento tradicional de los grupos étnicos yánesha (amuesha) y asháninca (campa). Durante la invasión española, en el siglo XVI, la zona se mantuvo alejada de los acontecimientos que provocaron la caída del Imperio de los Incas y, en un hecho difícil de comprender, esta región, siendo el espacio selvático más próximo la capital del Virreinato, escapó al interés de los conquistadores. Es probable que la “leyenda de El Dorado” o del “País de la Canela” empujó a los españoles a explorar otras zonas de la selva; eso lo demostrarían las fundaciones, en la selva norte, de Jaén de Bracamoros (1536) y Santiago de los Ocho Valles de Moyobamba (1540), y, en el sur, de San Juan del Oro (entre 1540 y 1553). De otro lado, testimonios históricos nos revelan que fueron muy escasos los contactos entre las poblaciones amazónicas y andinas en el centro del país durante los tiempos prehispánicos; en todo caso, el comercio o los intercambios fueron muy esporádicos.
El verdadero interés por la selva central surgió a mediados del siglo XVII cuando se descubrieron las minas de plata de la vecina zona de Cerro de Pasco, que influyó en la orientación de la producción de esta región de la montaña. Recordemos, además, que a lo largo de los siglos XVII y XVIII, las minas de Pasco competían con las de Oruro el segundo lugar de la producción de plata luego de las de Potosí. Este auge minero de la sierra central, una zona tradicionalmente poco habitada, atrajo un fuerte flujo de población. Cerro de Pasco dependía de la jurisdicción de Huánuco, cuyos vecinos notables vieron en la selva central una oportunidad de negocio para abastecer al mercado minero. Fernando Tello Sotomayor, por ejemplo, vecino de Huánuco, tenía un obraje (o taller de manufacturas) en el pueblo de Paucartambo, ubicado en la cabecera del río del mismo nombre y que comunicaba Pasco con el famoso Cerro de la Sal, en Quimiri. No por casualidad, por ultimo, los primeros misioneros que exploraron la selva central salieron del convento franciscano de Huánuco.
Sin duda, fueron los frailes y clérigos los que exploraron la selva llevando la evangelización, la Biblia y la Cruz, los forjadores de la integración de la amazonía al territorio del Virreinato, primero, y la República peruana, después. Fueron ellos, también, los que escribieron la historia, describieron la geografía y estudiaron las lenguas y las costumbres de los pueblos amazónicos. Los testimonios dan cuenta de más de 140 pueblos  fundados por ellos y  unas 170 crónicas, con descripciones e informes de valor incalculable. Hoy, centenares de miles de aborígenes que hablan español, profesan la religión católica y votan en las elecciones lo hacen gracias a esta larga historia que se remonta al siglo XVII.
En efecto, si llevamos este tema al terreno puramente histórico, la acción de los misioneros en la Amazonía, durante los siglos XVII y XVIII, ha sido objeto de duras críticas como de reconocimiento por los esfuerzos que realizaron por “civilizar” a los indios amazónicos. Fueron los jesuitas y los franciscanos quienes jugaron un papel fundamental en el proceso misional del oriente peruano. En este sentido, la actividad misional fue apoyada por la fuerza de las armas, empleada especialmente cuando la población aborigen oponía resistencia al establecimiento de las reducciones efectuada por los curas misioneros.
Para el padre Armando Nieto, la historia de estas misiones es grandiosa y estimulante por el heroísmo desplegado debido a las dificultades y obstáculos enormes de todo tipo: impenetrabilidad de los bosques, peligros mortales de pongos y turbiones, clima tórrido, pesado y malsano; fieras y serpientes, enfermedades tropicales, hostilidad y desconfianza por parte de las tribus; la barrera lingüística por la infinidad de dialectos; carencia absoluta de comodidades y de un mínimo de existencia civilizada. En realidad, cuando leemos las relaciones o crónicas de los misioneros se percibe un aliento caso sobrehumano, alentado por el impulso de la fe, capaz de sobrellevar cualquier tipo de adversidad.
Jesuitas y franciscanos se repartieron el territorio. Los jesuitas cubrieron la región nor oriental, especialmente al zona comprendida por los ríos Marañón y sus afluentes (Nieva, Santiago y Morona), Amazonas, Napo, Ucayali y parte del Huallaga. Su centro de operaciones estuvo en Quito. Desde allí penetraron, siguiendo la ruta de Orellana, hasta fundar Maynas, en 1638.
 Los frailes de San Francisco fueron los que se reservaron la selva central, utilizando las entradas de Huánuco y Andamarca. Hasta inicios del siglo XVIII, realizan entradas a los indios de motilones (Chachapoyas, Moyobamba y Lamas) y a los indios panataguas de Huánuco. Asimismo, a Chanchamayo, la zona oriental de Jauja, a los indios cholones e hibitos (misión de Cajamarquilla o Pataz) y a las provincias de Urubamba y Madre de Dios.
Al igual que los jesuitas, se preocuparon en fundar pueblos y reducciones para instruir a los indios en la religión católica. Para fundarlos se valieron de obsequios y otros ofrecimientos; en ocasiones, el uso de la fuerza también fue un método para conseguir sus objetivos. Pero, a diferencia de los jesuitas, los franciscanos tuvieron que enfrentar una resistencia mucho mayor por parte de los grupos a quienes pretendieron “civilizar”.
Ya en 1580, los franciscanos habían fundado un convento en Huánuco. Desde allí incursionaron por el Huallaga donde fundaron varias reducciones, en el señorío de los panatahuas. Un año especialmente clave fue 1635 cuando intentaron ingresar al Cerro de la Sal, sabiendo que a ese lugar acudían grupos de diversas tribus para aprovisionarse de aquel producto. Ese año fundaron el pueblo de Quimiri (La Merced), en las inmediaciones del Cerro de la Sal, con el propósito de conquistarlo.
Pero ¿qué era el Cerro de la Sal? Este cerro se ubica a unos tres kilómetros del actual pueblo de Puente Paucartambo, sobre la margen izquierda del río del mismo nombre, en los límites del territorio amuesha y asháninka. Es una suave pendiente que conduce hasta el pequeño río de la Sal, tributario del Paucartambo que, al cruzarlo, se hace más fuerte y es a partir de allí sonde se encuentra la mayor parte de los yacimientos. El cerro está cubierto por una espesa vegetación.
Ya que era uno de los principales centros de abastecimiento de sal en la región, el Cerro atraía, cada año, a un número importante de indios, incluso de lugares tan distantes como el Ucayali o el Urubamba, quienes llegaban por tierra o río para abastecerse de sal. Si bien la explotación del Cerro se realizaba en forma consensual y aparentemente era un enclave interétnico, los amuesha y asháninkas, por vivir en las cercanías, eran los que sacaban mejor provecho del Cerro al cortar los bloques de sal e intercambiarlos por los productos de los indios que llegaban de otras zonas. Sabemos que este interesante “mercado” funcionaba desde los tiempos prehispánicos y su valor no solo era material sino también sagrado: la sal era un don de los dioses para ser utilizado por todos.
Hacia principios del siglo XVII, surge la noticia que en el Cerro de la Sal había oro, lo que ocasionó una importante presencia de colonos españoles en la zona. Pero no fue sino hasta 1645, aproximadamente, que el Cerro fue casualmente descubierto por fray Jerónimo de Jiménez quien, en una incursión misional, encontró allí a un grupo de indios amueshas. La actitud pacífica de los nativos, en un primer momento, animó al padre Jiménez a establecer una capilla en el lugar.
Fue así que los franciscanos consideraron estratégico instalar una misión en las inmediaciones del Cerro de la Sal. Pero luego, cuando los indios dejaron su actitud dócil, los frailes llegaron a la conclusión de que controlando y restringiendo el acceso al Cerro podrían vigilar a los recién conversos y expandir su radio de acción. Ya en 1686, el padre Biedma lo reconocía: “El medio que yo hallo más fácil para recoger, no solo las almas que tenemos reconocidas por dichos lugares sino muchas más y que asegurará la conversión, conservando los ministros y nuestra santa ley, era que se recogiese el Cerro de la Sal por parte del Rey, o que se diese a algún particular por conquista o encomienda… y situándose con gente española, no se diese, ni permitiese sacar sal a  los infieles, sino llevasen papel de nosotros los ministros de por acá”.
Muy valiosos, de otro lado, son los testimonios que sobre el Cerro de la Sal dejó, en el siglo XIX, el sabio italiano Antonio Raimondi: “Hacia el oriente de la gran cordillera nevada que ladea la extensa laguna de Junín o de Chinchaycocha, se desprende un ramal, dirigiéndose al Este y luego al Sur Este, dividiendo las aguas que van al río Pachitea, de las que afluyen al río Chanchamayo. El remate de este ramal de la cordillera, es formado por el famoso Cerro de la Sal, así llamado porque tiene una gran veta de sal gemma… Este célebre cerro, al que recurren para proveerse de sal, los nativos de distintas naciones, fue descubierto por los misioneros franciscanos, siendo el primero que lo visitó  Fray Jerónimo Jiménez en el año de 1635, que ingresa por las montañas de Huancabamba, llegando al Cerro de La Sal, para posteriormente remontar a Chanchamayo, desde su confluencia con el río Paucartambo donde fundara la primera población con el nombre de San Buenaventura de Quimiri, que sería posteriormente el primer pueblo de La Merced… Dos caminos se abrieron por esta región; el principal y el más remoto fue el de la quebrada de Tarma y Acobamba, siguiendo después el curso del río Chanchamayo, hasta dos leguas más allá del río Paucartambo y el Valle de Huancabamba, pasando por la población del mismo nombre, que fuera fundada por los misioneros, poco antes de la entrada del padre Jiménez, quien siguió esta ruta para llegar al Cerro de la Sal”.
Por su parte, el misionero José Amich nos presenta la siguiente descripción: “En este paisaje se eleva dicho cerro como un pan de gran altura, poblado de monte, excepto en la cumbre que solamente tiene algunos matorrales de palmas… Este cerro tiene una veta de sal, que desde la cumbre corre al  sur oeste por espacio de más de tres leguas y, otras tantas hacia el noreste; dicha veta de sal tiene de ancho regularmente treinta varas. La sal es de piedra mezclada con algún barro colorado… El Cerro de La Sal es muy famoso por el gran concurso de indios infieles, que las naciones más remotas de la montaña acuden a él por sal; porque dentro de la montaña no hay salinas, entonces les es forzoso venir a este cerro a buscarla, los uno para su uso y consumo y otros para comercializar con ella otras cosas que necesitan las otras naciones… El Cerro de La Sal es un verdadero punto estratégico; por un lado domina la hoya del río Chanchamayo, y por el norte domina la del Pachitea; pues el Pichis, afluente de este último río, tiene algunas vertientes en el mismo Cerro de la Sal… Fray Jerónimo Jiménez, construye en el Cerro de la Sal una capilla con el nombre de San Francisco de Salinas, luego funda el pueblo de Quimiri con el nombre de San Buenaventura de Quimiri a la izquierda de las orillas del río Chanchamayo. En esta gesta de conquista misionera en la ruta descrita, también interviene el Padre Cristóbal Larios, que en compañía del Fray Jiménez son muertos con flechas por los nativos en el año de 1637”[1].

[1] Es justo mencionar que una gran placa de bronce referente al tricentenario de la muerte de Jerónimo Jiménez y Cristóbal Larios (1637-1937), figura en el frontis de la Casa Parroquial de San Ramón, una leyenda dice: La nación peruana honra aquí la memoria de los heroicos misioneros nacionales de la orden de San Francisco, descubridores, evangelizadores y pro mártires de la región de Chanchamayo y el Perené: padre Cristóbal Larios y fray Jerónimo Jiménez en el tricentenario de su gloriosa muerte. Se inauguró este monumento siendo Presidente de la República el general de división don Óscar R. Benavides.

No hay comentarios: