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viernes, 10 de agosto de 2012

SALUDOS DE LA MINISTRA NACIONAL OFS POR EL DIA DE SANTA CLARA

Estimados hermanos y amigos, paz y bien!


Con especial alegría los saludo y a su vez, estando adportas de la Celebración del dia de nuestra ejemplar hermana Santa Clara de Asis, de cuya dulzura, entrega y valor no hay quien pueda hablar de manera acertada por que el lenguaje humano queda corto ante tan grande mujer. Quiero compartir con ustedes un material sobre nuestra amada hermana Clara "plantita de Francisco", obtenido de un hermano nuestro de Venezuela, compartanlo en sus fraternidades/comunidades y adentrémonos en la vida de Clara, orar con ella y decir al Altísimo "Gracias Señor por que me pensaste, por que me creaste gracias!".


                                                                                                                                              .



El Señor nos conceda la gracia de servirle mas fielmente y en humildad.
 Bendiciones,


ANA MARIA RAFFO LAOS
Ministra Nacional OFS Perú




UN CORAZÓN ENAMORADO DE CRISTO
                                                                                                                      

(Tomado del FB de Giovanni Ortiz OFS Venezuela)

¿SABES QUIÉN FUE SANTA CLARA?

Seguramente habéis oído hablar mucho de S. Francisco de Asís, pero menos, mucho menos de Santa Clara. Nosotras que somos hijas de tan insigne madre y seguidoras de su preciosa espiritualidad queremos con este motivo de nuestro centenario daros a conocer a esta mujer excepcional. A pesar de haber pasado ocho siglos de su paso por la tierra, dejó tal rastro de sus huellas y tal atractivo en su vida que ha podido llegar hasta nuestros días con nombres tan sugerentes como “mujer nueva”, “icono de la Virgen María”, a quien siguió tan de cerca que pudo llegar a ser como una imagen de la Virgen por sus virtudes excelsas, derivadas todas de la altísima pobreza que practicó heroicamente, siguiendo a Cristo desde el pesebre hasta la Cruz. Santa Clara podía decir como San Francisco:

“Conozco a Cristo pobre y crucificado, y no necesito nada más”

“Dios mío y todas mis cosas”.

Nació en el año 1193. Fue aristocrática desde la cuna, de un nobilísimo linaje, cuyo castillo de caballeros militares abundaba en bienes de fortuna.

Su madre, Hortolana era una mujer de profunda piedad que, cuando esperaba a su primogénita, estando en oración, tuvo una revelación sobrenatural oyendo las siguientes palabras: “No temas, mujer, porque alumbrarás felizmente una luz que iluminará el mundo”.

Tras haber oído este oráculo tan consolador, Doña Hortolana no dudó en poner a su primera hijita un nombre luminoso que hacía referencia al destino que se le había anunciado. En efecto: Clara, santa Clara ha llenado los siglos con su mensaje de luz y sigue, después de 8 siglos con los mismos fulgores, gracias a la obra de sus hijas, las Clarisas, extendidas por el mundo entero.

Los primeros años de la vida de Clara transcurren en un ambiente de guerra y de inquietud. El feudalismo decadente sustentado por los nobles empezaba a dar paso a una nueva sociedad en que la nobleza ya no tenía la fuerza de los pasados siglos. La burguesía rica que ejercía el comercio y todo tipo de negocios empezaba a tener una gran preponderancia. Así había frecuentes enfrentamientos entre dichas clases sociales.

Corría el año 1200 cuando sucedió una guerra entre el pueblo o burguesía y los nobles de Asís. A estos les obligaron a refugiarse en Perusa.

La familia de Clara tuvo que sufrir este destierro. Cuando vuelve a su castillo de Asís, Clara tiene unos doce años. Es una niña rubia, preciosa y llena de virtudes. Había sido exquisitamente educada por su madre, Doña Hortolana, según su rango y condición. Ella fue siempre una niña muy inclinada a la piedad, a favorecer a los pobres y hacer el bien cuanto podía. Era muy inteligente y aprendió perfectamente a leer y escribir, cosa completamente inusual entre las mujeres de la Edad Media.

Su carácter reúne todas las cualidades de una persona amable y atrayente: es buena, comprensiva, llena de piedad, alegre y agradable con todos, serena y delicada a la vez que firme y fiel en sus propósitos referentes a su entrega a Dios y a su divina voluntad. Así cuando a su tiempo se le propuso el matrimonio, lo rehusó desde luego, pues tenía ya el proyecto de ser toda de Cristo, todo su corazón era de Él.

Su madre se complacía al ver los progresos de su hija en todos los aspectos...

Publicado por Hermanas Pobres de Santa Clara

CLARA MUJER CARISMÁTICA

1.- LA SANTA UNIDAD

De la contemplación y amor tan ardiente de Santa Clara a Cristo Jesús se deriva su amor a la Iglesia, que era muy grande, y también el cúmulo de todas las virtudes que la adornaron.

Clara vive en fraternidad, vive con las hermanas “la santa unidad” y tiene la experiencia de lo que dice el salmo: “Ved qué dulzura, qué delicia convivir los hermanos unidos” (Salmo 132).

Tiene muy en cuenta las palabras de Jesús en el Evangelio sobre el mandato muevo del amor:

“Amaos los unos a los otros como yo os he amado… Padre Santo… que todos sean uno, como Tú, Padre, estás en mí y yo en Ti, que ellos también sean uno en nosotros…. Que sean completamente uno.”

¡Con qué insistencia suplica Jesús al Padre, para que los suyos estén unidos! Y se lo pide en la última hora de su vida, como una especie de garantía para que todos perseveren en su amor.

San Gregorio de Nisa comenta así este precioso pasaje evangélico:

“El Señor aseguró a los discípulos que así ya no se encontrarían divididos por la diversidad de opiniones al enjuiciar el bien, si no que permanecerían en la unidad, vinculados en la comunión con el sólo y único Bien. De este modo, unidos en el Espíritu Santo y en el vínculo de la paz, habrían de formar todos un solo cuerpo y un solo espíritu… Este es el principio y el cúlmen de todos los bienes”

Son ideas muy afines a las de Santa Clara que insertó en su Regla este consejo:

“Sean solícitas las hermanas de guardar unas con otras la unidad del mutuo amor que es vínculo de perfección”

Ella, viviendo tan hondamente el Evangelio dio siempre una importancia extraordinaria a la “Santa unidad” de las hermanas, y la practicó con el mayor esmero.

En este punto podemos considerar el amor de nuestra Madre hacia el misterio de la Santísima Trinidad, en su esencia de Dios único en TRES Personas: es el modelo acabado de Santa Unidad ¡Dios-Amor!

Así para Santa Clara, cada hermana que recibe en el convento es una gracia del Señor, y en todas ve reflejada la belleza y la bondad de Dios, procurando ser para todas ellas como un mensaje de amor, de sencillez y de alegría. Forman una comunidad evangélica: juntas oran; juntas trabajan; juntas sufren; juntas se recrean oportunamente… Clara precede en todo a sus hijas y con sus ejemplos las arrastra.

Tengamos, por último, en cuenta sus consejos de inapreciable valor, que nos dejó, en este sentido de la “santa unidad”.

En su Testamento, que es uno de los documentos más importantes para nosotras, dice así la Santa Madre:

“Amándoos mutuamente en la caridad de Cristo, mostrad exteriormente lo que interiormente tenéis, a fin de que estimuladas las Hermanas con este ejemplo crezcan siempre en el amor de Dios y en la recíproca caridad.”

2.- LA CARIDAD FRATERNA

Santa Clara se desvivió siempre por las Hermanas.

Fue diligentísima en la exhortación y cuidado espiritual de las Hermanas, manifestándose ante ellas con alegría constante. Nunca estaba alterada, si no con mucha mansedumbre y benevolencia las reprendía con amor. Era admirable la humildad, la afabilidad y la dulce paciencia con que las trataba, según el testimonio de las hermanas que convivieron con ella.

Deseaba ver a todas con alegría y paz, pues “amaba a las Hermanas como a sí misma” y quería imitar en lo posible, que sintieran angustia, soledad o desamparo, pues consideraba que la tristeza y el desánimo eran tan perniciosos para las Hermanas que no quería que ninguna se sintiera bajo su influencia. Por eso, las animaba con estas palabras:

“ ¡Alegraos siempre en el Señor, hijas carísimas! Y no permitáis que nuble vuestro corazón sombra alguna de tristeza”.

Y así se hallaba cercana a todas ellas para animarlas y consolarlas en cualquier pena o amargura, pues: “Era ella la que confortando los corazones de las Hermanas, los reanimaba amorosamente con el antídoto de un consuelo ininterrumpido”.

Por otra parte, su vida estuvo sembrada de prodigios y milagros, también en favor de sus mismas hijas, como ellas mismas han testificado en el proceso de canonización.

Así en una ocasión multiplicó el aceite, e igualmente multiplicó el pan; se mostraba con gran cariño y alegría al hacerlas cualquier servicio, como lavarles los pies, o cubrirlas por la noche en el lecho, visitándolas para que descansaran sin pasar frío. Ella misma las despertaba a media noche para el Oficio de Maitines, y también al amanecer para la oración de la alabanza.

Cuando caían enfermas, Clara apenas tiene medicinas, pero tiene para sus hijas del alma, su amor y su fe: la señal de la cruz salvadora que trazaba sobre ellas, y las curaba de sus dolencias. Recordemos algunos ejemplos:

Sor Pacífica declaró que en una ocasión curó haciendo sobre ellas la señal de la Cruz a cinco Hermanas enfermas, entre ellas a ella misma. Sor Bienvenida dijo que habiendo ella perdido la voz hasta no poder apenas hablar, la visitó la Santa Madre, y haciendo sobre su garganta la señal de la Cruz quedó curada, recobrando la voz completamente. Sor Amada recordó que estando ella gravemente enferma de hidropesía, fiebre y tos, con dolor de un costado, vino Santa Clara e hizo con su mano sobre la enferma la señal de la Cruz e inmediatamente se sintió curada. Preguntada sobre las palabras que decía la santa, respondió que, habiéndola puesto encima la mano rogó a Dios la librase de aquella enfermedad, si era mejor para su alma. Y así de repente, quedó curada.

Son muchísimos los ejemplos de este tipo de curaciones (cfr. Proceso de canonización).

La fama de santidad de Clara era tan grande que se había extendido también fuera de los muros de San Damián; acudían a ella enfermos de todos los contornos de Asís, para ser curados por la santa. Ella llena de compasión y misericordia hacia los pobres enfermos, curaba sus dolencias con el signo bendito de la cruz.

La señal de la Cruz para Santa Clara es el signo de su amor, y ve en ella el signo de victoria de su Dios Crucificado y Resucitado, e hizo mediante este signo incontables milagros. Considera la Cruz no como señal de muerte y de derrota, sino como anuncio de vida y de salvación: señal amorosa, bienhechora, protectora, triunfadora; señal cristológica y trinitaria por la que se alcanza todos los bienes. Ella podía exclamar:

¡Ave, oh Cruz, esperanza única! ¡Árbol de la vida! ¡Iris de paz!

Veamos ahora además otro milagro de Santa Clara con la Cruz, que narra la siguiente encantadora “Florecilla”:

“Cruces y panes de Santa Clara”

“Santa Clara, devotísima discípula de la Cruz y preciosa plantita del bienaventurado Francisco, había llegado a tanta santidad, que no sólo los obispos y cardenales, sino también el Sumo Pontífice deseaba con grande afecto verla y oírla, y muchas veces la visitaba personalmente. Sucedió una vez que el Papa vino al monasterio de Santa Clara para escuchar la conversación celestial y divina de la que era sagrario del Espíritu Santo. Y mientras hablaban ambos largamente de la salvación del alma y de la alabanza divina, Santa Clara mandó preparar panes para las hermanas en todas las mesas, con la intención de guardar aquellos panes una vez que los hubiese bendecido el Vicario de Cristo.

En efecto, terminada la plática santísima, la santa se arrodilló con gran reverencia y rogó al Sumo Pontífice se dignase bendecir los panes preparados. Pero el Papa le respondió: - “Hermana Clara fidelísima, yo quiero que seas tú la que bendiga esos panes haciendo sobre ellos la bendición de Cristo, a quien te has entregado por completo como precioso sacrificio”.

-“ Perdonadme Santísimo Padre -repuso ella,- pero sería digna de muy grande reprensión si delante del Vicario de Cristo me atreviese a dar semejante bendición yo, que soy una vil mujercilla”.

- “Para que no pueda atribuirse a presunción -insistió el Papa- y hasta que te sea de mérito, te mando por santa obediencia que hagas la señal de la Cruz sobre estos panes y los bendigas en el nombre de Nuestro Señor Jesucristo”.

Entonces ella, como verdadera hija de obediencia, bendijo devotísimamente los panes con la señal de la Cruz. ¡Cosa admirable! Al instante apareció una bellísima cruz sobre todos los panes. De estos panes algunos los comieron entonces con gran devoción y otros los guardaron por milagrosos. El Papa, maravillado por la prodigiosa cruz hecha por la esposa de Cristo dio primero gracias a Dios y luego bendijo a la bienaventurada Clara con palabras de consuelo.”


2.- FRATERNIDAD UNIVERSAL

Se ha destacado ya la caridad de Clara con sus hermanas y demás personas que acudían a ella. Debemos recordar también su vivencia grande y espléndida de fraternidad universal. Su amor se extendía a todos los seres, viendo en ellos un reflejo de la belleza, la misericordia, el amor infinito de Dios, creador de tantas maravillas.

Admiraba la belleza de la creación, los amaneceres dorados, las noches estrelladas, las montañas y valles de su tierra umbra… las flores de las praderas y los pájaros que llenaban el cielo de trinos.

Todas las criaturas le hablaban de Dios y por todas le glorificaba ella, que era la “plantita” de Francisco, el cantor admirable de la creación:

“Loado seas mi Señor por el hermano sol, y por todas las criaturas….”

“Tú eres la hermosura, Tú eres el gozo… Tú eres la quietud y la paz… Tú eres caridad y amor, Tú eres sabiduría, Tú eres el Bien, todo Bien, sumo Bien, Señor Dios vivo y verdadero”.

Entre todas las criaturas es el hombre en el que más se ha centrado el amor de Dios. Él es su criatura predilecta, para salvar la cual dice el Evangelio que “tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo único” (San Juan).

Y así concluye viendo Santa Clara más claramente la obra de Dios y su supremo amor a los hombres, en éste mismo Cristo entregado en la Cruz y en la Eucaristía: la Cruz y la Eucaristía fueron los misterios que subyugaron a Santa Clara.

Por eso se ha podido decir que fue su vida cristocéntrica y eucarística, que al fin es igual.

NUEVA FORMA DE VIDA EN POBREZA Y HUMILDAD

Habíamos dejado a Clara instalada en el pobrecillo conventillo de San Damián con sus numerosas hermanas. Francisco las había dado unas normas evangélicas para su vida y así vivían alegres, confiadas plenamente en la Divina Providencia que no las faltaba jamás. Vivían una experiencia de fe muy confortadora.

Todas ellas han encontrado el atractivo supremo en Aquel que sabe cautivar los corazones generosos y llenos de ideales: ¡Cristo-Jesús!, que era el Centro de su vida.

Así con Clara y su grupo de almas orantes, se había dado origen a una nueva forma de vida en la Iglesia: la Orden de las “Hermanas Pobres”, rama femenina del reciente franciscanismo.

Clara es la que anima aquel plantel escogido. Ella con sus enseñanzas trata de que no decaiga nunca el espíritu seráfico que reina entre las hermanas.

El ejemplo y la doctrina de Francisco es para ellas como una senda viva que deben seguir, lo mismo en la pobreza que en las demás virtudes.

Y para que este modo de vivir en pobreza y humildad nunca se les arrebatara, Clara se había apresurado a pedir al Papa Inocencio lll el “Privilegio de la Pobreza”, es decir, que jamás pudieran ser obligadas a tener posesiones. Más tarde pudo obtener del Papa Gregorio lX la “confirmación” de dicho “Privilegio”, firmado en 1228.

Ella instruye a sus Hermanas en lo que se refiere a esta altísima pobreza evangélica:

- Observad que hay que poner constantemente la mirada contemplativa en Cristo Crucificado, cuyo anonadamiento en la Cruz, debe llenarnos de asombro. Es un vaciamiento y una expropiación que dejará nuestro corazón plenamente disponible para llenarse de Dios, y Dios es la máxima grandeza, la máxima riqueza, pues Dios es la única plenitud.

“Es un gran negocio y loable, dejar lo temporal por lo eterno, ganar el cielo a costa de la tierra”.

Ya veis que esta es nuestra vivencia diaria. ¿No sentimos una gran confianza al escuchar al Divino Maestro aquella bellísima página evangélica (Mt 6, 26-34)?

“No os inquietéis por vuestra vida ni por vuestro cuerpo...Mirad cómo las aves del cielo no siembran ni siegan ni tienen graneros, y vuestro Padre Celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas? Mirad los lirios del campo cómo crecen: no se fatigan ni hilan. Yo os digo que ni Salomón en toda su gloria se vistió como uno de ellos...

No os preocupéis, pues... bien sabe vuestro Padre Celestial que de todo eso tenéis necesidad...”

Con estas y otras exhortaciones parecidas, las Hermanas vivían ya lo que Santa Clara más tarde escribirá en su Regla: “Nada se apropien las hermanas, ni casa, ni lugar, ni cosa alguna. Y como peregrinas y forasteras en este mundo, sirvan al Señor en pobreza y humildad..” (Cap. Vlll) .

Todas en pos de Clara se habían entregado con tal entusiasmo a Jesucristo en este género de vida, que aún las cosas más desagradables y odiosas, como son la pobreza, el trabajo, las tribulaciones, las ignominias, el desprecio del mundo, dice la misma santa, que las tenían por “grandes delicias”. ¡Qué desprendimiento tan admirable! Así podían repetir con su Padre San Francisco:

“¡Dios mío y todas mis cosas!”

Esta breve oración franciscana sintetiza admirablemente este ideal.

VIDA DE ORACIÓN Y RETIRO

Una hermosa mañana de primavera se presentó en el conventito de San Damián un mensajero. Era un fraile, fray Maseo, enviado por San Francisco con un recado urgente:

“Hermana carísima Clara: quiero que ores ante el Señor para que Él te haga saber qué es lo quiere de éste su pobre siervo: ¿Quiere el Señor que dedique mi vida a la oración y contemplación, que tanto me atrae, o quiere que predique de cuando en cuando a los hermanos?”

Francisco esperaba con gran ansiedad la respuesta de Clara. Ella se puso inmediatamente en oración y con toda atención escuchó la inspiración del Espíritu del Señor, que una vez conocida pudo comunicársela a Fray Maseo:

“Esto dice el Señor, para que se lo comuniques a Fray Francisco; que Dios le ha llamado a la predicación, y debe ejercitarla para que haga fruto y se salven muchas almas por él”.

Fray Maseo regresaba muy contento con la respuesta de Clara, que, por cierto, comprobó ser idéntica a la que antes había recogido de Fray Silvestre. Llegó al encuentro de Francisco, quien le dijo con gran interés:

- “Vayamos al bosque y allí recibiré de rodillas la respuesta de lo que me manda hacer mi Señor Jesucristo”.

Fray Maseo le explicó que la respuesta de Jesucristo bendito había sido la siguiente:

- “Es a saber: quiere que vayas a predicar el Evangelio, y lo enseñes por los pueblos y ciudades para la salvación de muchas gentes”.

Entonces Francisco, levantándose enfervorizado y enardecido por la virtud del Altísimo, dijo a Fray Maseo:

- “¡Vamos, pues, en nombre del Señor!”

Entre tanto, Clara ya había comprendido que su vida y la de las Hermanas, era una vida entregada a la oración, en unión esponsal con Cristo para la salvación del mundo. Así ella ayudaría a Francisco y sus Hermanos en la misión de extender el Reino de Dios en el mundo. Desde su vida escondida en San Damián, ofreciendo a Cristo sumamente amado, una alabanza continua y una intercesión constante por los intereses de su Señor; ella y sus hijas serían las lámparas encendidas, que jamás debían apagarse.

Su centro era siempre Cristo Jesús, escondido en el Sagrario con el que compartían su propia vida. Tenían que agradecer al Señor el gran privilegio de tener la Divina Eucaristía, algo que en el lejano siglo Xlll era apenas posible. Pero, en efecto, por algunos restos de monumentos y excavaciones antiguas, se ha podido comprobar que este pequeño convento de San Damián fue el primer Santuario eucarístico de Italia.

Clara es la gran adoradora de la Eucaristía, juntamente con sus Hermanas. Seguramente pondrían en práctica aquellas normas que se descubrieron en unos escritos antiguos del siglo Xll:

“Desde el despertar que vuestros pensamientos se dirijan a la Eucaristía conservada en el altar de la Iglesia, para adorarla de rodillas y vueltas hacia Ella diciendo:

“¡Salve, Principio de nuestra creación!

¡Salve, Causa de nuestro rescate!

¡Salve, Viático de nuestra peregrinación!

¡Salve, Recompensa suspirada y deseada!”


MUJER EUCARÍSTICA

Santa Clara se asoció inmediatamente al movimiento sobre el Culto eucarístico que San Francisco promovió siguiendo la voluntad del papa Honorio lll, y con gran celo se dedicaba a confeccionar corporales, purificadores y todo lo necesario para las iglesias pobres, para que el Cuerpo y Sangre del Señor estuvieran dignamente tratados.

Cuando se preparaba para la Comunión no podía ocultar la emoción y las lágrimas, acercándose estremecida a Aquel por quien suspiraba su corazón.

Santa Clara es un modelo acabado de alma eucarística. Solamente contemplando su imagen ya nos habla de la Eucaristía, ahí la tiene presente en sus manos. Cristo Sacramentado es para Santa Clara y sus hijas como para los discípulos de Emaús: palabra que inflama su corazón; compañía y consuelo en sus tribulaciones; invitación y alimento sustancial para el camino. Ella tiene siempre clara su misión de sostener y edificar la Iglesia de Cristo: poner en la presencia del Señor Sacramentado cada día los momentos felices o atormentados de su historia. Y así con su confianza ilimitada en Jesús Eucaristía, se comprobó la eficacia de su oración en algunos sucesos memorables que se refieren en su vida.

Cuando el emperador Federico ll asolaba Italia con las tropas sarracenas, en una ocasión cayeron sobre los muros de San Damián, intentando saquear el sagrado recinto. Tiemblan las Damas Pobres ante tan terrible peligro y llegan hasta la Madre anegadas en llanto. Ella, aunque enferma se hace conducir hasta cerca de la puerta del refectorio y pide que le traigan la cajita de plata que contiene el Santísimo Sacramento de Nuestro Señor Jesucristo. Postrada en tierra, sumida en oración rogó con lágrimas diciendo:

“Señor, protege Tú a estas siervas tuyas, pues yo no puedo defenderlas en este trance”

Y una voz de maravillosa suavidad se dejó oír diciendo:

“Yo seré siempre vuestra custodia”.

“Mi Señor, -añadió Clara- protege también, si te place, a esta ciudad que nos sustenta por tu amor”.

Y Cristo a ella:

“Soportará molestias, mas será defendida por mi fortaleza”.

Entonces Santa Clara, levantando el rostro bañado en lágrimas conforta a las que lloran diciendo: “Hermanas e hijas mías, con seguridad os prevengo que no sufriréis nada malo; basta que confiéis en Cristo”.

Sin tardar más, de repente, el ejército sarraceno huye escapándose deprisa por los muros que habían escalado, sin causar el menor daño ni al convento ni a sus moradoras. Tal fue el milagro de la fe y del amor de Santa Clara.

El Papa Pablo Vl nos dijo así a las clarisas en una alocución: “Proteged hijas amadísimas a la Iglesia y sostened el Cuerpo de Cristo abrazando la Eucaristía, como lo hizo Santa Clara en su tiempo”. Precioso encargo que tenemos muy en cuenta todas sus hijas que sabemos el amor que tenía Santa Clara a la Iglesia, y con ese mismo amor ardentísimo permanecía en la presencia de Jesús Sacramentado en larga oración.

Así lo atestiguan las clarisas que convivieron con ella. Dicen que “cuando volvía de la presencia del Señor su rostro parecía más claro y más bello que el sol, y sus palabras transcendían una dulzura indecible al extremo que toda su vida parecía por completo celestial” (proceso de Canonización, lV, 4)


PATRONA DE LA TELEVISIÓN

Santa Clara vivió su vida contemplativa siempre en unión con Cristo-Jesús en su sagrario de San Damián (primer santuario eucarístico de Italia). De día y de noche, acompañaba cuanto podía a su Amado Señor Sacramentado, y por eso se había podido decir, que su vida “parecía por completo celestial”.

Estando ya muy enferma no dejaba de pensar

en Aquel que era el Centro de su espiritualidad: el “Espejo sin mancha”, para admirar las grandes virtudes que resplandecen en Él: mirar al Espejo, en la pobreza del pesebre; en la humildad de sus trabajos por el Reino y en la inefable caridad de la Cruz: su Cristo “pobre y crucificado”

En el pesebre: ¡Cuánto amó al “Niño de Belén”, al que S. Francisco había celebrado con tanta alegría!

Y así se narra, que la última Navidad que pasó Santa Clara en la tierra (año 1252) tuvo una visión mística muy admirable, por la que el Papa Pío Xll en 1958, la proclamó Patrona de la televisión.

Veamos la preciosa “Florecilla”:

La devotísima esposa de Cristo, Clara de hecho y de nombre, hallábase entonces retirada en San Damián, gravemente enferma, y no podía acudir a la iglesia con las demás hermanas a recitar las Horas canónicas. Llegada la solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo bendito, en la que las hermanas solían acudir a Maitines y comulgar devotamente en la Misa de Navidad, la bienaventurada Clara, cuando se fueron todas a la solemnidad, quedó sola, enferma y con no poco desconsuelo porque no podía estar presente en tan devotas celebraciones.

Pero el Señor Jesús, queriendo consolar a su esposa fidelísima, la hizo estar presente en espíritu en la Iglesia de San Francisco, tanto a Maitines como a Misa y a toda la celebración de la fiesta; y fue de manera que oyó claramente el canto de los frailes, los instrumentos musicales y toda la Misa. Y lo que es más, recibió la Sagrada Comunión y quedó llena de consuelo.

Cuando las hermanas terminado el Oficio en San Damián volvieron a Santa Clara le dijeron:

- “¡Oh carísima hermana Clara, qué gran consuelo hemos tenido en esta Navidad del Señor! ¡Pluguiera a Dios que hubieras estado con nosotras!”

Pero ella les contestó:

- “Doy gracias a mi Dios Jesucristo bendito, hermanas e hijas mías carísimas porque he asistido con gran consuelo a todas las celebraciones de esta Noche, pues estuve presente en la Iglesia de mi padre San Francisco, y con los oídos del cuerpo y del alma lo he oído todo, y además, he recibido allí la Sagrada Comunión. Alegraos pues conmigo por este favor tan grande que he recibido y alabad a Jesucristo bendito, porque estuve aquí enferma en cama y a la vez, no sé cómo, si con el cuerpo o sin el cuerpo, estuve presente en San Francisco durante toda la solemnidad como os he dicho.

HACIA EL PARAÍSO

Encontrándose Clara gravemente enferma, recibe la visita del Papa Inocencio lV, que la amaba como hija predilecta de la Iglesia. Le acompañan sus cardenales.

“Entrando en el monasterio se dirige al lecho y acerca su mano a los labios de la enferma para que la bese. La toma ella con suma gratitud y pide besar con exquisita reverencia el pie del Papa.” “Pide luego con rostro angelical al Sumo Pontífice la remisión de todos sus pecados, y él exclama:

- ¡Ojalá no tuviese yo más necesidad de perdón!. Y le imparte con el beneficio de una total absolución la gracia de una bendición amplísima”.

“Clara, levantando los ojos al cielo, y juntas las manos hacia Dios dice con lágrimas a sus hermanas:

- Hijas mías alabad al Señor, ya que Cristo se ha dignado concederme hoy tales beneficios que cielo y tierra no se bastarían para pagarlos. Hoy he recibido al Altísimo y he merecido ver a su Vicario.”

El Papa estaba muy emocionado viendo a Clara en esta disposición, pues ya la tenía por santa, pero comprobando la paz, la alegría, la belleza de su rostro en esta última etapa de su vida, acabó de confirmarse en su persuasión. Se despidió de ella dejándola muy consolada.

En efecto, Clara se acercaba ya a la agonía. Ella había caminado siempre por la senda del amor y ha llegado a muy altas cumbres. Sufre mucho, se siente crucificada con el Amado de su corazón, con el que siempre ha querido identificarse. Las hermanas la rodean llorosas y muy desconsoladas, pues sienten que la separación de esta madre excepcional es inminente y ya comienzan a sufrir el dolor de su ausencia. La santa las consuela con preciosas palabras de cariño y consejo:

“Hijas mías amadísimas: Os bendigo en mi vida cuanto puedo y más aún de lo que puedo... pido a nuestro Padre celestial que os multiplique, que llenéis el mundo con vuestro amor seráfico y que permanezcáis sin cansancio en ese amor. Recordadme siempre, siendo vosotras enteramente fieles a Dios y tratando de vivir las hermanas en santa unidad y altísima pobreza, como lo habéis prometido. Os aseguro que nunca os abandonaré.”

Las hermanas lloran mucho, pues las parece que no van a saber vivir sin la maternal presencia y vigilancia de una tan querida madre y fundadora, a la que recurrían siempre con la mayor confianza. Ella era su apoyo y su consuelo en todo momento difícil.

Ahora no se apartan de su lecho para recoger todas sus palabras y hasta sus gestos más sencillos.

Parece que sólo sostiene su vida únicamente el deseo de ver confirmada con Bula papal, la Regla que ella había escrito. Deseo que ve cumplido, al firmar el Papa Inocencio lV la aprobación de su Regla, con la Bula Solet Annuere, en Asís el 9 de Agosto de 1253.

Clara la recibe y la besa con gran emoción y gratitud.

Han de pasar aún dos días hasta el desenlace final.


MUERTE PRECIOSA

Han pasado dos días desde que Inocencio lV aprobara y confirmara la Regla de Santa Clara.

También había llegado de Florencia su queridísima hermana Inés, que quería estar a su lado en esta hora suprema. Esta visita la dio gran alegría. Inés lloraba inconsolable y Clara le dijo con inmenso cariño:- No llores, hermana mía; Pronto se acabará ya mi

destierro; pero no te dejaré, pues el Señor tiene dispuesto que muy pronto estemos juntas por toda la eternidad.



- Qué consuelo tan grande es para mí esa revelación; -dijo Inés entre lágrimas- ¡Ah! Sin ti ya no sabría vivir en adelante.

Clara va perdiendo fuerzas. Ahora quiere escuchar el relato de la Pasión del Señor. Allí están llorosos y contristados Fray Rainaldo y Fray Ángel, compañeros de Francisco de la “primera hora”, que tienen a Clara como “la plantita tan querida del “Poverello” y espejo viviente de su Regla. Ven que se va de este mundo y no pueden menos de llorar su pérdida. No falta a su lado Fray León, “la ovejuela de Dios”, que, si no se separó de San Francisco, tampoco puede dejar a la plantita: besa el lecho entre lágrimas en que ella padece y va a morir.

Estando así en la agonía, de pronto se la ve que habla y se la oye decir:

“Parte en paz, parte segura, que tendrás buena escolta. Aquél que te creó... te santificó, e infundió en ti el Espíritu Santo; y luego te ha cuidado siempre como la madre a su hijo pequeño”.

Una hermana, llena de admiración le pregunta:

- Madre ¿con quien hablas? ¿A quien dices tales cosas?

- Hablo a mi alma bendita; afirmó la santa con sencillez.

Y esforzando el acento cuánto podía, añadió:

- Tú, Señor, bendito seas, porque me creaste.

Todavía resistirá algún tiempo en esta gravedad.

Verá al Rey de la gloria y a la Virgen Santísima con un séquito de vírgenes vestidas de blanco y adornadas con sendas coronas de oro; rodean su lecho y la recrean con su cariño y con su presencia celestial.

Quedó como dormida, sonriente y feliz de unirse para siempre en el cielo a su Divino Esposo Cristo-Jesús, al que tan ardientemente amó en este mundo. Era el día 11 de agosto de 1253.



Cantará eternamente las misericordias del Señor;

Cantará eternamente el “cántico nuevo” de las vírgenes en pos del Esposo;

¡Cantará eternamente con júbilo sin fin el cántico del Amor!

En la tierra, se cierne sobre el convento de San Damián, una nube de intensa nostalgia. El dolor de la separación de madre tan querida produce un río de lágrimas, pero a la vez un sentimiento de honda paz embarga el ánimo de cuantos presenciaron muerte tan feliz.

La noticia se propagó por la ciudad y acudieron las gentes al Convento. Todos la tenían por santa.

El Papa Inocencio lV acudió con sus cardenales para celebrar este dichoso tránsito. Él se disponía a celebrar el funeral con el oficio de vírgenes, si no es que algún cardenal escrupuloso le advirtió que no debía hacerlo antes de su canonización oficial.

Con esta fama tan grande de santidad el mismo Papa Inocencio lV, que tanto estimaba a Santa Clara, ordenó que se comenzara inmediatamente el proceso de canonización, aunque no llegó a canonizarla él, por haber muerto el 7 de diciembre de 1254

SUS ESCRITOS

Santa Clara fue una escritora fina y muy delicada . En el siglo Xlll eso de saber escribir y leer las mujeres era muy poco corriente. Pero Santa Clara, de origen noble y aristocrático, tenía una formación completa en todas las artes y enseñanzas de aquella lejana época.

Así fue la primera mujer, en la Historia de la Iglesia, que ha escrito su propia Regla, que tuvo la alegría de ver aprobada por el Papa Inocencio lV estando ella en el lecho de muerte, dos días antes de su tránsito al cielo.

Tiene además otros escritos de gran valor.

LA REGLA

La Regla la escribió Santa Clara al final de su vida, con gran experiencia de la vida religiosa según su propio ideal. Es una Regla muy humana, llena de comprensión y de respeto a la inspiración divina y a la iniciativa personal. El Papa Juan Pablo ll la elogió en el 750 aniversario de su aprobación con unas preciosas palabras:

“... No podemos dejar de destacar que a 750 años de la confirmación pontificia, la Regla de Santa Clara conserva intacta su fascinación espiritual y su riqueza teológica...” (Mensaje a las Clarisas)

Actualmente está dividida en doce capítulos de formulación sencilla pero densa en sus enseñanzas. Toda ella está llena de sabiduría y de amor.

EL TESTAMENTO

Nuestra Seráfica Madre Santa Clara nos ha dejado un conmovedor testamento espiritual lleno de preciosa doctrina y saludables consejos. Lo redactó en 1253, poco antes de morir.

Podríamos hacer un resumen de su contenido:

1º. Gratitud por la vocación que la tiene por uno de los más grandes beneficios recibidos: “¡Grande es nuestra vocación!”...

2º. La atribuye a la aparición en su vida de nuestro Seráfico Padre San Francisco, que ha sido para ella un Profeta, un Maestro e Ideal y un Padre

3º. Exhorta para que seamos fieles a la “Santísima Pobreza”, “a seguir siempre el camino de la santa sencillez, humildad y pobreza, y el decoro de la santa conversación...” y la mutua caridad.

En síntesis este testamento se contiene un llamamiento vehemente de Santa Clara, que nos exhorta a la fidelidad: “¡Sed fieles!”

1º. Fieles a la propia vocación contemplativa, estimando este gran don recibido de Dios.

2º. Fieles a la pobreza, interior y exterior, el gran carisma que ella sigue radical, al estilo de nuestro Seráfico Padre S. Francisco
3º. Fieles a la vida de unión fraterna: vivir unidas, permanecer unidas por el amor.

4º. Fieles hasta el fin, o sea, nos pide la perseverancia.

Este es como el último grito de nuestra Seráfica Madre, que nos quiere fieles a Jesús en todo y siempre.

Tenemos como ejemplo a la Virgen Santísima, siempre fiel: fiel en la búsqueda de Dios; en la acogida a su Palabra; en la coherencia de su vida y de su perseverancia hasta el fin.

La perseverancia es un regalo de Dios a las almas enamoradas. “Sólo puede llamarse FlDELlDAD, a la coherencia que dura a lo largo de toda la vida”.

LA BENDlClÓN

Santa Clara deja a sus hijas una bendición final que refleja el grandísimo interés que tiene de que permanezcan siempre en el amor de Dios y en la recíproca caridad. Y prosigue:

“...Os bendigo en mi vida y después de mi muerte, cuanto puedo y más aún de lo que puedo... con todas las bendiciones del Padre de las Misericordias… Amad siempre a Dios, amad vuestras almas y las de todas vuestras hermanas… El Señor esté siempre con vosotras y que vosotras estéis siempre con Él. Amén.”

LAS CARTAS

Se conservan 5 cartas de Santa Clara; 4 dirigidas a Santa Inés de Praga y 1 a Ermentrudis de Brujas. En todas ellas se manifiesta una mujer enamorada de Jesucristo, a quien desea unirse con el vínculo más perfecto del amor. Clara vive la experiencia de un desposorio místico con Cristo Jesús, y de este amor nupcial habla constantemente en sus cartas, sobre todo a Santa Inés. En ellas pondera la excelencia sobrenatural del Esposo.

En la 1ª CARTA, ante la posibilidad de que Inés se hubiera de desposar con el “ínclito emperador”, cuyas bodas desdeñó por amor a Jesucristo, a quien había consagrado su amor, Santa Clara se congratula vivamente con ella:

“... con enamorado corazón habéis preferido la santísima pobreza... uniéndoos con el Esposo de más noble linaje, el Señor Jesucristo... su poder es más fuerte, su generosidad más alta, su aspecto más hermoso, su amor más suave y todo su porte más apuesto y distinguido.”

Todo esto que indica en sus cartas lo vive Clara con toda intensidad en su vida de oración, de intimidad con Cristo Esposo.

En la 2ª CARTA le dice así a Inés: “Oh reina nobilísima: observa, considera, contempla con anhelo de imitarle, a tu Esposo, el más bello entre los hijos de los hombres hecho por tu salvación el más vil de los varones, despreciado, golpeado,... muriendo entre atroces angustias en la cruz.”

Vemos en este párrafo la espiritualidad de Santa Clara orientada al misterio de la Cruz. El Papa Juan Pablo ll ha escrito: “Clara es la amante apasionada del Crucificado pobre, con el que quiere identificarse absolutamente”.

En la 3ª CARTA aconseja: “Piensa en tu Señor con humildad y en pobreza, pues has hallado el tesoro escondido en el campo y en el corazón de los hombres”.

“Te considero cooperadora del mismo Dios, y sostenedora de los miembros vacilantes de su Cuerpo inefable”.

Esto es así por el ministerio de la oración para el que Santa Clara ha sido elegida. ¡Misión admirable y sublime de la oración contemplativa!

¡Sostener y edificar la Iglesia de Cristo! Poner en la presencia del Señor cada día los momentos felices o atormentados de su historia: sus luchas, sus tristezas, sus gozos, sus esperanzas…

Sigue aconsejando Santa Clara: “Fija tu mente en el Espejo de la eternidad; fija tu alma en el esplendor de la gloria; fija tu corazón en la figura de la divina sustancia y transfórmate toda entera en imagen de su divinidad. Así experimentarás también tú lo que experimentan los amigos al saborear la ‘dulzura escondida’ que Dios ha reservado desde el principio para sus amadores... Ama totalmente a quien totalmente se entregó por tu amor: a Aquél cuya hermosura admiran el sol y la luna.”

La 4ª CARTA, escrita al final de su vida (o sea hacia el año 1252), es expresión madura de su vida espiritual, que ha llegado a la cumbre de la perfección evangélica. Ella representa por escrito la práctica de la vida contemplativa franciscana.

Clara habla del “fuego de la caridad” que causa esta contemplación.

“El saludo o preámbulo es todo un poema de ternura, de delicadeza y de cariño hacia aquella a quien se dirige. La felicita nuevamente por haberse desposado como otra Inés con el ‘Cordero Inmaculado’” (Comentario del P. Helbert, ofm)

Continua Santa Clara: “Dichosa realmente tú pues eres esposa de Aquél cuya hermosura admiran sin cesar los bienaventurados ejércitos celestiales: cuyo amor aficiona; cuya contemplación nutre; cuya benignidad llena; cuya suavidad colma; cuyo recuerdo ilumina suavemente... cuya vista gloriosa hará felices a todos los ciudadanos de la Jerusalén celestial”.

Por último, Santa Clara invita en la más alta contemplación a considerar a Cristo mirándole como Espejo sin mancha: “Mira al comienzo la pobreza, pues es colocado en un pesebre y envuelto en pañales... el Rey de los ángeles, el Señor del cielo y de la tierra es reclinado en un pesebre...Mira y considera en el centro del Espejo la humildad... los múltiples trabajos y penalidades que soportó por la redención del género humano...” “Contempla en lo más alto del Espejo la inefable caridad”.

Este contemplar es un mirar entrañable, plenamente marcado por el Amor. Es un mirar con el corazón.

Y ella, por medio de esta contemplación de Cristo Crucificado, se siente profundamente impresionada e inflamada en el fuego del amor. Es su desposorio en el amor.

Y exclama ante “sus inexpresables delicias”, “forzada por la violencia del anhelo del corazón”: “¡Atráeme! ¡Correremos a tu zaga al olor de tus perfumes, oh Esposo Celestial!”

En esta síntesis de los escritos de Santa Clara, se refleja la espiritualidad contemplativa y esponsal de su autora.


EPÍLOGO
Santa Clara sigue brillando en la Iglesia como una estrella de inmensa magnitud. Su Orden es la más numerosa y extendida en el mundo.

Es patrona de la televisión; patrona de los navegantes y pasajeros en los mares tenebrosos; protectora en los peligros y asaltos injustos, pues ella libró su monasterio y su ciudad del cerco de las tropas sarracenas solamente con su oración y su fe en la Eucaristía, por cuyo hecho prodigioso es también patrona del Culto Eucarístico.

Tenemos así en Santa Clara el testimonio más elocuente de amor a Jesucristo Sacramentado, y una intercesora poderosa ante el Señor en todas las necesidades de la vida.

Los ideales de Santa Clara siguen vivos en sus hijas, que tratan de ser un reflejo, una continuación de todas aquellas cualidades que adornaron a esta gran mujer.

En nuestra oración constante queremos ser en efecto, una luz, una ayuda, una esperanza para todos los hombres. El amor seráfico de Santa Clara a Cristo vive aún en nuestra época en miles de corazones, como un amor nuevo, joven, ilusionado y lleno de vida. Es el amor que no pasa nunca, porque Cristo es inmortal, y en Él lo prolongaremos con Santa Clara todas sus seguidoras en una eternidad feliz.

Clara había estado breve tiempo con las benedictinas, pero no era aquella su vocación. Es verdad que Clara y sus primeras hermanas, vivían con gran alegría en la pobreza y humildad que habían abrazado; pero tenemos que reconocer que ella se vio precisada a afrontar algo desconocido y nuevo en la Iglesia. Seguir a San Francisco en femenino, no era tan fácil en aquella época, pues la mujer en clausura y en pobreza radical como lo exigía esta vocación, iba a tener muchos inconvenientes. Sin embargo, confiada en el Señor, que la había llamado, se lanzó con un valor nada común, a llevarlo a cabo con toda diligencia.

El Santo Evangelio había de ser la norma de su vida. Y seguir a Cristo pobre y crucificado, su ideal.

Mas este seguimiento tendrá una dimensión esponsal.

El Papa Juan Pablo II, de feliz memoria, recordando este especial carisma de nuestra santa fundadora, nos decía a las clarisas en un importante mensaje:

“…Vosotras, queridas clarisas realizáis el seguimiento del Señor en una dimensión esponsal, renovando el misterio de la Virgen María, Esposa del Espíritu Santo- Mujer perfecta- …. Que la presencia en vuestros monasterios contemplativos sea también hoy “memoria del Corazón esponsal de la Iglesia…” (Agosto, 2003)

Santa Clara ha sido fascinada por Cristo y ¡Cristo es su Vida! Él está en el origen, en el desarrollo y en la meta de su espiritualidad. Atraída de este modo por Jesucristo (pobre y crucificado) ya no puede amar si no a Él y encuentra en su vida virginal una fuente de gozo inextinguible. Su amor divino colma todos sus anhelos.

El amor de Santa Clara es un amor contemplativo que la tiene en una tensión continua de oración, en una mirada silenciosa, admirativa, enamorada, hacia el rostro de Cristo en su Pasión, Crucificado, ¡su Esposo divino!

Así lo enseña y escribe ella a una de sus hijas, Santa Inés de Praga, princesa de Bohemia:

“Observa, considera, contempla, con deseo de imitarlo, ¡oh reina nobilísima!, a tu Esposo, el más bello entre los hijos de los hombres, hecho por tu salvación, el más vil de los varones, despreciado, golpeado, muriendo entre atroces angustias en la Cruz”.

“La sabiduría de la Cruz la elevó al vértice de la espiritualidad franciscana.”

Clara lleva la Pasión de Cristo en su corazón como lo prueba el siguiente suceso.

Una Semana Santa (1225), la conmemora en un éxtasis de amor y de unión a los sufrimientos de su divino Esposo Crucificado. El día de la Cena, hacia el anochecer se retiró en su celda, y puesta ya en oración, con angustiosa tristeza, quedó recostada en el lecho, permaneciendo de jueves a sábado, más de 24 horas abstraída e insensible, sin alimento alguno, con la mirada fija en la visión del Amado sufriente, crucificada con Él, siempre en la misma actitud.

Así la encontró la hermana, hija de su confianza, que alarmada, viendo su tardanza en despertar, la visitó repetidas veces, encontrándola siempre en la misma actitud.

“Llegada ya la noche del sábado, la devota hija enciende una candela, con una seña, no con palabras, trae a la memoria de la madre, el mandamiento del padre Francisco. Porque es de saber que le había mandado el santo que no dejara pasar un solo día sin comer algo. Estando, digo, aquella delante, Clara cual si volviese de otro mundo, profirió esta frase:

- ¿Qué necesidad hay de luz? ¿Es que no es de día?

- Madre –repuso la otra-, se fue la noche, y se pasó un día, y volvió otra noche.

Clara contestó:

- Bendito sea este sueño, hija carísima, porque lo que tanto he ansiado me ha sido concedido. Mas guárdate de contar a nadie este sueño mientras yo esté con vida”.

(Leyenda de Santa Clara, virgen)

Estando así como hemos visto, en la contemplación de los misterios de la Cruz, llegó a la más alta identificación con Cristo. Éste desposorio místico con Él, es lo que dio sentido pleno a toda su vida y pudo exclamar entonces, como la esposa del Cantar de los Cantares:

“…¡Atráeme!, correremos a tu zaga, al olor de tus perfumes, ¡oh Esposo celestial! Correré y no desfalleceré hasta que me introduzcas en la bodega, hasta que me abraces deliciosamente y me beses con el ósculo felicísimo de tu boca.”




















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