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miércoles, 28 de noviembre de 2012

Beber del propio pozo: ir a lo fundamental

Por Eloy Leclerq en: "La sabiduría de un pobre".
 
 
El punto de la crisis que va a ser evocada fue, ya se sabe, el desarrollo rápido de la Orden y la entrada masiva de clérigos en la comunidad de hermanos. Esta situación nueva presentaba un difícil problema de adaptación. Los hermanos, en número de seis mil, no podían vivir ya de las mismas condiciones que cuando eran una docena. Por otra parte, nacían necesidades nuevas en el seno de la comunidad, por el hecho de la presencia de numerosos hombres instruidos. Una adaptación del ideal primitivo a las nuevas condiciones de existencia se imponía. San Francisco tenía perfecta conciencia de ello. Pero se daba cuenta también de que entre los hermanos que reclamaba esta adaptación muchos eran empujados por un espíritu que no era el suyo. Ninguno más consciente que él de la originalidad de su ideal. Se sentía responsable de esta forma de vida que el Señor le había revelado en el Evangelio. Era preciso, sobre todo, no traicionar esta inspiración primera y divina.
Además, se debía evitar el tropezar con las legítimas susceptibilidades de sus primeros compañeros. La adaptación se presentaba pues, como una tarea delicada, pedía mucho discernimiento, tacto y también lentitud. Aun cuando pensamos trabajar en el Reino de Dios, es muchos veces eso lo que buscamos, no nos queda más que esta sola realidad: el Reino de Dios es que primero Dios es y eso basta. Pase lo que pase está Dios, el esplendor de Dios. Basta que Dios sea Dios. Sólo el hombre que acepta a Dios de esta manera es capaz de aceptarse verdaderamente a sí mismo. Se hace libre de todo querer particular. Ninguna otra cosa viene a turbar en él el juego divino de la creación. Su querer se ha simplificado y al mismo tiempo se hace vasto y hondo como el mundo. Un simple y puro querer de Dios que abraza todo, que acoge todo.
La cosa más urgente es desear tener el Espíritu del Señor. Él solo puede hacernos buenos, profundamente buenos, con una bondad que es una sola cosa con nuestro ser profundo. Es preciso ir a los hombres. La tarea es delicada. El mundo de los hombres es un inmenso campo de lucha por la riqueza y el poder, y demasiados sufrimientos y atrocidades les ocultan el rostro de Dios. Debemos ser en medio de ellos testigos pacíficos del Todopoderoso, hombres sin avaricias y sin desprecios, capaces de hacerse realmente sus amigos. Es nuestra amistad lo que ellos esperan, una amistad que les haga sentirse que son amados de Dios.