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jueves, 13 de junio de 2013

Antonio de Padua






San Antonio de Padua, también venerado como San Antonio de Lisboa, fue un fraile, predicador y teólogo portugués. Nació en Lisboa, el 15 de agosto de 1195 con el nombre de Fernando Martim de Bulhões e Taveira Azevedo, en el seno de una familia de la aristocracia descendiente del cruzado Godofredo de Bouillón.

A Los quince años entró al colegio de Los canónigos regulares de San Agustín en Coímbra, y en sólo nueve meses profundizó el estudio de la Sagrada Escritura. A la cultura teológica añadió la filosófica y la científica, muy viva por la influencia de la filosofía árabe.

En 1220 se convirtió en fraile franciscano, el cambio se debió al deseo de obtener el martirio (ideal irrealizable siendo monje agustino). Fernando conoció y asistió a misioneros franciscanos que visitaron el convento cuando visitaron la península antes de llegar a Marruecos en 1216. Cinco de estos misioneros franciscanos habían sido martirizados en Marruecos, Fernando vio los cuerpos, que habían sido llevados a Portugal en 1220, y resolvió seguir sus huellas: entró al convento de los frailes mendicantes de Coimbra, con el nombre de Antonio Olivares.

Viajó a Marruecos para propagar la fe, pero no pudo estar sino pocos días a causa de su hidropesía, de regresó una tempestad empujó la embarcación hacia Las costas sicilianas. Estuvo algunos meses en Mesina, en el convento franciscano, y en 1221, el superior de este convento lo llevó a Asís para el Capitulo general. Aquí Antonio conoció a San Francisco de Asís.

Lo mandaron a la provincia franciscana de Romaña en donde llevó vida de ermitaño en un convento cerca de Forli. Lo nombraron para el humilde oficio de cocinero. Probablemente en septiembre (otros sitúan el hecho en Coimbra, en 1220) fue ordenado de sacerdote en Forlí, descubriendo también en esta coyuntura su verdadera y relevante personalidad al verse obligado a dirigir la palabra a los franciscanos y dominicos reunidos en un ágape fraterno.

Pronto se divulgó la noticia de la calidad de su sermón que logró la conversión de muchos herejes, consecuencia de su santidad personal, sus dotes de persuasión y a su profunda preparación intelectual, especialmente escriturística.

A consecuencia de su preparación intelectual y de su fervor, el mismo S. Francisco lo designó en 1223 como primer lector o profesor de Teología en la Orden, trasladándose para ello a Bolonia. El profesorado fue breve. En otoño de 1224 fijaba su residencia en Montpellier, respondiendo con ello al papa Honorio III que deseaba se trasladasen a Francia los más fervorosos y cultos predicadores para atajar el alarmante desarrollo de la herejía valdense. En Montpellier alternó la predicación y las conferencias públicas con el profesorado de Teología, recorriendo posteriormente todo el sur y el centro de Francia con el mismo espíritu y los mismos abundantes frutos espirituales recogidos anteriormente en Italia.

Su capacidad de prédica era proverbial, a punto de ser llamado «Arca del Testamento» por Gregorio IX. Sus mensajes desafiaban los vicios sociales de su tiempo, en forma especial la avaricia y la práctica de la usura. Según los escritos de la época, sus últimas predicaciones realizadas en la Cuaresma de 1231 tuvieron un éxito popular notable. Aquejado por continuas enfermedades, perseveraba en la enseñanza y en la escucha de confesiones hasta la puesta del sol, a menudo en ayunas. La multitud de gente que acudía desde las ciudades y pueblos a escuchar las predicaciones diarias lo obligó a abandonar las iglesias como recintos de prédica para hacerlo al aire libre.

Después de la Pascua de 1231, Antonio se retiró a la localidad de Camposampiero, pero decidió retornar a Padua poco después. Ya en las proximidades de Padua, se detuvo en el convento de Arcella donde murió prematuramente cuando todavía no alcanzaba la edad de treinta y seis años. La celebración de las multitudinarias exequias y la multiplicidad de milagros en su tumba que se le atribuyeron promovieron su rápida canonización bajo el pontificado de Gregorio IX en mayo de 1232.

Pío XII, proclamó a San Antonio de Padua «Doctor de la Iglesia», bajo el título de «Doctor evangélico» mediante la bula “Exulta, Lusitania felix” del 16 de enero de 1946.





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