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viernes, 25 de abril de 2014

No tengan miedo! abran las puertas a Cristo!

Esta era la expresión de Juan Pablo II cuando algún compatriota subía a los altares. El próximo domingo el canonizado será Karol Józef Wojtyła, que para muchos de nosotros ha sido el Papa de nuestra juventud. El hombre que comenzó su pontificado gritando "¡No tengáis miedo!" y que, cargado de valor, afrontó con fe y esperanza los grandes desafíos del siglo XX y la entrada en el nuevo milenio.
En la encíclica Evangelium Vitae volvió a proclamar lo que la Iglesia ha afirmado siempre, que la vida humana es sagrada e inviolable en cada momento de su existencia, también en ese tiempo inicial que precede al nacimiento: "El hombre, desde el seno materno, pertenece a Dios que lo escruta y conoce todo, que lo forma y lo plasma con sus manos, que lo ve mientras es todavía un pequeño embrión informe y que en él entrevé el adulto de mañana, cuyos días están contados y cuya vocación está ya escrita en el «libro de la vida»".
Su predilección por los jóvenes fue notoria. Sus Jornadas Mundiales de la Juventud han llevado a muchos jóvenes a conocer a Cristo, a contraer matrimonios auténticamente cristianos, o a descubrir su vocación a la vida religiosa o al sacerdocio.
Por otro lado, Juan Pablo II fue el Papa de la familia. Durante años llevó a cabo una serie de catequesis en las que trató de forma exhaustiva lo que hoy se conoce como Teología del cuerpo, ahondando profundamente en la visión de la persona humana, su dignidad infinita, el matrimonio y el amor conyugal.
Fue un hombre que conoció a fondo el sufrimiento. Supimos de las penalidades sufridas en su infancia y juventud con la muerte prematura de su madre, de su hermano mayor y de su padre; conocimos su orfandad, su trabajo de obrero en una fábrica, sus estudios clandestinos en un país comunista y ateo y, finalmente, lo vimos abrazado literalmente a una cruz cuando ya no podía caminar, siguiendo el vía crucis desde una pantalla. Ante nosotros apareció primero como un hombre todavía joven, fuerte y deportista, con una voz potente y vibrante, y después como un anciano enfermo y moribundo incapaz de moverse o hablar. En todas estas situaciones supo transmitirnos su fe y darnos un testimonio puramente cristiano.
El domingo será un día feliz. Juan Pablo II plantó la semilla de la santidad en la Iglesia y en los hijos que le fueron confiados. Y seguro que hoy, más que nunca, estará intercediendo por nosotros ante la Santísima Virgen, a la que tanto amó y venero durante toda su vida.
FUENTE: ELIGELAVIDA.COM