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martes, 8 de julio de 2014

Aborto es asesinato

Una sociedad se corrompe, cuando destruye la familia, así como cuando decreta la eutanasia y el aborto –en cualquiera de sus formas-, es un crimen. En todos estos casos, el hombre se aleja de Dios y lo desafía.  El protocolo de aborto terapéutico aprobado por este gobierno es una guía práctica de cómo matar a un bebé. Es abominable cómo autoridades sin escrúpulos autorizan a que la gente asesine a su bebé.   El avance de la ciencia permite salvar vidas sin recurrir a ese protocolo, pero se ceden a presiones internacionales que solo buscan aplicar concepciones extrañas y que además se basan en estadísticas que no se hacen o que no tienen rigor técnico, solo para justificar el genocidio de niños por la supuesta superpoblación en la Tierra. Este es el quid. Por eso la Organización de las Naciones Unidas pide que en todo el mundo den luz verde al aborto.  El aborto terapéutico, que es la rendija de la puerta que se abre para todos los monstruosos abortos, es un acto éticamente ilícito. 
Cualquier aborto ahora se puede disfrazar de aborto terapéutico. Éste es una violación al derecho a la vida. Los médicos tienen la obligación de defender la vida de los dos: de la madre y de su hijo, en justicia.  La Iglesia, a través del Concilio Vaticano II señalaba: "Dios, Señor de la vida, ha confiado a los hombres la insigne misión de proteger la vida, que se ha de llevar a cabo de un modo digno del hombre. Por ello, la vida ya concebida ha de ser salvaguardada con extremados cuidados; el aborto y el infanticidio son crímenes abominables".   Y nuestro querido Papa Francisco dijo: “Es Dios quien da la vida. Respetemos y amemos la vida humana, especialmente la que está indefensa en el seno de la madre”.  El Estado no tiene autoridad para suprimir la vida de un ser humano inocente. Pero allá de estos ministros y personajes que aprueban el aborto, como dice el Cardenal Juan Luis Cipriani, “no quisiera estar en sus pellejos, cuando enfrenten a Dios."  El apoyo de la Primera Dama, Nadine Heredia, decepciona.
FUENTE: EL COMERCIO PERÚ