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miércoles, 24 de septiembre de 2014

La raíz de toda dicha

El hombre no puede no amar, la cuestión de su vida y de cada día es elegir qué o a quién: a Dios, al prójimo, a sí mismo o a sus pasiones y gustos.
Así como el exagerado amor a sí mismo, o egolatría es la raíz de toda infelicidad, su eliminación es el comienzo de la dicha. Porque el egocentrismo nos aísla de la sociedad, la disciplina del ego restaura la confraternidad.
Para asociarnos con nuestros hermanos debemos aceptar las condiciones que impone la amistad, y la primera es que dejemos vivir solamente para nuestros placeres egoístas.
Nada en el orden natural aumentará más seguramente nuestra dicha que abandonar la egolatría.
Aceptada la necesidad de ascetismo, surge el problema de ponerlo en acción.
La autodisciplina puede aplicarse como remedio ante seis posibilidades diferentes de hacer el mal:
1. Ocasión de pecado
2. Pasión dominante
3. Sentidos exteriores
4. Sentidos interiores
5. Intelecto
6. Voluntad
EXPONERSE A DAÑARSE
Ocasión de pecado significa aquellos lugares, personas y circunstancias que constituyen un medio favorable al desarrollo de la egolatría.
Para el alcohólico puede ser un bar, cierta casa, un compañero festivo.
Para el erotómano cierta persona.
Para el murmurador un chismoso que tiene siempre un escándalo para canjear.
Así como el viajero sabio y cauteloso, al mirar hacia adelante, evita los obstáculos en su camino, le persona que se halla en el camino al Cielo evita en forma deliberada aquellas cosas que interfieran con el desarrollo de su carácter y su unión con Dios.
Muchas almas que una vez tuvieron fe y la perdieron, que ya no poseen personalidades bien integradas al orden natural, pueden establecer el origen de la pérdida de la paz del alma y de la mente en las malas compañías o en un entorno que les robó su herencia.
Las Sagradas Escrituras nos previenen que 'aquel que ama el peligro, en él perecerá'.
EL DEFECTO QUE NOS DOMINA
Por pasión dominante se entiende algún movimiento violento de nuestro apetito sensual, hacia un bien de los sentidos. Aunque no malo en sí mismo, es tan fuerte en nosotros, que, si no se le domina, puede ser ocasión de pecado.
Estas pasiones son numerosas.
El 'amor' es el anhelo por una persona o cosa que nos deleita y  nos agrada y cuando amamos, anhelamos ya sea su posesión o la unión con ello. El 'odio' es un amor al revés. Todo odio nace del amor, ya que odiamos aquello que de alguna manera puede poner en peligro nuestro amor.
Por ejemplo odiamos la enfermedad porque amamos la salud, y el odio, es, en el fondo, un ansia de deshacernos de aquello que nos disgusta. El deseo es una urgencia o búsqueda de un bien ausente y nace del amor por otro bien, que puede ser una cosa o una persona.
La 'aversion' es la pasión que nos hace apartarnos o rechazar algún mal próximo o cercano, y la alegría es la pasión de la complacencia que surge ante la posesión actual de cualquier bien. La tristeza es el pesar por un mal o desastre actual. El coraje o temeridad es la pasión que nos hace esforzarnos por obtener un objeto amado que parece imposible. La desesperanza es la pasión que surge en el alma cuando la posesión o unión con el objeto amado parece imposible. Finalmente, la ira es la pasión que repele violentamente lo que nos lastima y estimula en nosotros el deseo de venganza.
TODOS SON DONES DE DIOS
Parece innecesario insistir en que todas estas pasiones, actuadas de manera ordenada, son un don de Dios. Nuestro bendito Señor experimentó varias de ellas. No sólo nos amó con su entera voluntad y enero corazón, sino que lloró por la ciudad de Jerusalén y derramó lágrimas por la muerte de Lázaro; asimismo, llevado por una santa indignación e ira, echó a los vendedores y mercaderes fuera del Templo. Sintió miedo y ansiedad en el huerto de Getsemaní, y sin embargo, todas estas pasiones se hallaban tan disciplinadas, que se sirvió de ellas para lograr nuestra salvación.
FUENTE: FULTON SHEEN DEL LIBRO ELEVA TU CORAZÓN.

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