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jueves, 27 de noviembre de 2014

En Lima celebramos la advocación de Nuestra Señora del Milagro de Lima

La historia religiosa del Perú está surcada de episodios maravillosos que, si fuesen debidamente conocidos por los fieles, estimularían poderosamente la piedad y la virtud. Ignorados por una prensa que parece únicamente tener espacio para la inmoralidad y el escándalo, y desconocidos incluso en muchos ambientes católicos, ahí están sin embargo para iluminar y llenar de esperanza al atribulado hombre del siglo XXI.
Hoy ponemos al alcance del lector uno de los más notables hechos de la epopeya evangelizadora, la historia de la piadosa imagen de la Inmaculada Concepción que se venera en una capilla contigua a la iglesia de San Francisco, bajo la advocación de Nuestra Señora del Milagro de Lima.
La escultura, que irradia notable majestad y serenidad, es sin duda de las primeras que vinieron al Perú: fue traída de España por los franciscanos que acompañaron a los conquistadores en 1532. Como se trataba de una imagen pequeña y articulada, que fácilmente cabía en una maleta o en una pequeña caja transportable, pudo acompañar durante largos años a los intrépidos frailes en sus correrías apostólicas por el vasto imperio de los incas, para irradiar la fe verdadera entre sus pobladores. Por eso mismo llegó a ser conocida como la Virgen Misionera. Años después sus peregrinaciones cesaron, y permaneció expuesta sobre el arco de la portada del primitivo templo franciscano.
Relegada por muchos a un injusto olvido, sin embargo almas privilegiadas como la de San Francisco Solano y el venerable Fray Juan Gómez —cuyas famas de santidad corrían parejas— le tributaban la más tierna devoción. Éste último, que se popularizó por el milagro del alacrán, adelantándose al tiempo, profetiza que vendría una época en que la dulce Señora sería veneradísima del pueblo cristiano.
El gran milagro
Casi un siglo después de su llegada, el 27 de noviembre de 1630, la encontramos en aquella misma ubicación, mientras el pueblo de Lima se entretenía en uno de aquellos acostumbrados encierros taurinos que tenían lugar en la Plaza Mayor.
De pronto, hacia el mediodía, sobreviene un violento temblor de tierra. El sobresalto es mayúsculo. En aquel momento de general consternación, algunos religiosos y fieles congregados en el atrio franciscano, al dirigir sus miradas hacia el arco de la portada, notan con asombro que la pequeña efigie de la Purísima se vuelve por sí misma hacia el altar mayor, e inclinada y con las manos juntas suplica a su Divino Hijo presente en el Sagrario perdón y clemencia. Todos comprenden que, gracias al patrocinio de María Santísima, la ciudad se había salvado de su ruina.

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