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miércoles, 28 de enero de 2015

EL DIOS DE SAN FRANCISCO

Quisiéramos sugerir y señalar aquí la trascendencia y el eco que pudo tener en el tiempo y en la Iglesia que le tocó vivir a Francisco su visión, vivencia y praxis sobre el Dios revelado en y por Jesucristo. Me parece que podemos afirmar lo siguiente:
Francisco sensibilizó a su tiempo al recordarle, más con el ejemplo que con la palabra, que el Dios cuyo nombre nos ha manifestado nuestro hermano Jesucristo:
1. es la suficiencia del hombre. Que Dios satisface, llena y hace feliz. Dios es la fiesta del hombre. A una Iglesia que había olvidado la mística, distraída y entretenida en negocios de reyes y de reinos, y que había olvidado que la sed del hombre no la sacia ni el tener, ni el poder, ni la ciencia, ni el prestigio, Francisco le recordó dónde estaba la fuente que mana y corre. Recordó al hombre y a la Iglesia de su tiempo que antes de nada y sobre todo es de Dios y para Dios. Y que, además, su primera y fundamental tarea en favor del hombre es poner en sus labios el «gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo».
2. es un Dios entregado por el mundo que exige la misma entrega por él en contra de la visión intimista privada y subjetiva frecuente en la Iglesia de su tiempo. No es en la celda, que ni se nombra en sus escritos, sino en el ir por el mundo y en medio de los hombres, trabajando los hermanos en el oficio que conocen junto a ellos, donde se realiza la salvación de aquellos por quienes Cristo se entregó a la muerte.
3. no es contrincante ni rival del hombre, sino, al contrario, quien lo viste de la hermosura y majestad de la imagen de su Hijo. Esa es su gran excelencia. Por eso, para Francisco todo hombre es señor y hermano. Frente a un mundo en el que la dignidad de la persona estaba condicionada por la escala social, por la religión, por su dolor y pobreza, Francisco optaría por el más absoluto respeto y veneración al hombre, aun el más marginado, el leproso.
4. obliga a la comunión y a la fraternidad y, por lo tanto, a la igualdad y unidad en la diversidad, ya que Él es comunión. En un tiempo en el que los diversos órdenes de la sociedad y, por lo tanto, la jerarquía lo presidia y acaparaba todo, y en el que no era igual ser señor o clérigo que siervo, él va a optar por la horizontalidad y por la «des-clasificación». Todos hermanos y todos menores. Nadie con autoridad sobre los otros. Todos con la toalla en las manos para lavar los pies a todos. Ser Hermano Menor no era ser aparte y por encima de los demás, sino servidor y esclavo de todos.
5. Es el Dios de los pobres y de los últimos, Dios que conduce a los leprosos y hace tener misericordia con ellos, frente a una sociedad en la que el pobre y el leproso eran alejados de las ciudades y del trato con los hombres.
6. Ha creado todas las cosas espirituales y corporales y se las ha dado a los hombres como don y limosna para su bien y disfrute, frente a la visión pesimista de la creación de los cátaros.
7. Frente a la crítica y desvío respecto a la Iglesia y a las demás mediaciones eclesiales por parte de los cátaros y otros movimientos de su tiempo, ha condicionado su revelación y presencia a la humanidad de Jesucristo y a todo lo que la prolonga corporalmente en el tiempo y en el espacio. Pero recordando también, al mismo tiempo, su relatividad, pues Dios es incondicional e imprevisible y obra como a Él le place.
8. Frente a una Iglesia que subrayaba unilateralmente lo espiritual, es un Dios encarnado. Por eso, la pobreza y demás actitudes evangélicas, además de espirituales, debían ser materiales, concretas, existenciales. Cuadro y marco al mismo tiempo.
9. Se revela y se da en la pobreza, en el servicio y en la sencillez, a pesar de que la práctica de la Iglesia en muchos de sus miembros hiciese pensar lo contrario. Pero avisando también a los «puros» y «perfectos» tanto de los cátaros como de los movimientos evangélicos populares, que no son las obras las que justifican y salvan. Dios no se consigue ni se conquista. Dios ni pone condiciones ni exige tarifas. Se da, sencillamente.
10. No está por la alternativa de la tierra o el cielo, la naturaleza o la gracia, ni siquiera por su paralelismo, sino por la unidad sin confusión, en un tiempo en el que la Iglesia se inclinaba más bien, en unos u otros de sus miembros, por la alternativa.
FUENTE:DIFRAN.ORG

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