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jueves, 8 de enero de 2015

FRANCISCO Y CLARA DE ASÍS CONTEMPLAN EL MISTERIO DE MARÍA

Francisco enraíza su vida apostólica, y Clara su vida monástica, en la contemplación del despojamiento y de la simplicidad de la vida de Cristo Jesús y de su Madre. ¡Ser pobres de todo y ricos de Dios! ¡Ahí radica su alegría! Puede, pues, afirmarse sin exageración que la pobreza de Cristo y de su madre ocupa un lugar muy importante en la contemplación franciscana. Esta pobreza asombra y fascina al Pobre de Asís. Relata uno de sus biógrafos: «Con preferencia a las demás solemnidades, celebra con inefable alegría la del nacimiento del niño Jesús; la llamaba fiesta de las fiestas, en la que Dios, hecho niño pequeñuelo, se crió a los pechos de madre humana... Quería que en ese día los ricos den de comer en abundancia a los pobres y hambrientos y que los bueyes y los asnos tengan más pienso y hierba de lo acostumbrado... No recordaba sin lágrimas la penuria que rodeó aquel día a la Virgen pobrecilla. Así, sucedió una vez que, al sentarse para comer, un hermano recuerda la pobreza de la bienaventurada Virgen y hace consideraciones sobre la falta de todo lo necesario en Cristo, su Hijo. Se levanta al momento de la mesa, no cesan los sollozos doloridos, y, bañado en lágrimas, termina de comer el pan sentado sobre la desnuda tierra. De ahí que afirmase que esta virtud es virtud regia, pues ha brillado con tales resplandores en el Rey y en la Reina».
Su predilección por los pobres brota también de esta contemplación: «Hermano, cuando ves a un pobre, ves un espejo del Señor y de su madre pobre. Y mira igualmente en los enfermos las enfermedades que tomó Él sobre sí por nosotros». En la Regla de Clara oímos como un eco de esta idea: «Y por amor del santísimo y amadísimo Niño, envuelto en pobrísimos pañales y reclinado en el pesebre, y de su santísima Madre, amonesto, ruego y exhorto a mis hermanas que se vistan siempre de vestiduras viles».
Por último, Clara no olvida que, poco antes de morir, Francisco les escribió a ella y sus hermanas un último mensaje que empezaba con estas palabras: «Ya que, por divina inspiración, os habéis hecho hijas y siervas del altísimo sumo Rey Padre celestial y os habéis desposado con el Espíritu Santo, eligiendo vivir según la perfección del santo Evangelio...». Hijas y siervas del Padre, esposas del Espíritu Santo, son, como vimos antes, los títulos que Francisco daba a la Virgen María en su oración cotidiana. No podía expresarse mejor la semejanza entre la vida de María y la de Clara y sus hermanas.
Para estos dos místicos, la piedad mariana no es en absoluto una devocioncilla suplementaria; al contrario, está vitalmente integrada en su contemplación del misterio de la salvación, en su vida cristiana y en su misión. Sí, María tiene su propio lugar en la espiritualidad franciscana, puesto que, «después de Cristo, Francisco depositaba principalmente en la misma su confianza; por eso la constituyó abogada suya y de todos sus hermanos». De ahí que sus hermanos y hermanas celebren las fiestas marianas con particular devoción. Por lo demás, conociendo la austeridad de Clara, Francisco le pedirá que las Damas Pobres no ayunen «en las festividades de santa María».
Se comprende que teólogos, músicos y poetas de la gran familia franciscana pongan su talento al servicio de la madre de Cristo. San Buenaventura y Duns Escoto serán los primeros en defender, cuatro siglos antes de la proclamación oficial por parte de la Iglesia, la Inmaculada Concepción. San Bernardino, san Lorenzo de Brindis y san Leonardo de Porto Mauricio serán predicadores convencidos de la fecundidad pastoral de una buena mariología. Fray Jacopone de Todi escribirá el Stabat Mater. Los hermanos introducirán y harán populares la fiesta de la Visitación, el rezo del Ángelus, la petición del Avemaría «Ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte», haciendo de María la compañera materna de nuestro camino en seguimiento de las huellas de su Hijo, hasta el umbral del Reino.
FUENTE: DIFRAN FRANCISCANO - Michel Hubaut, o.f.m.