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sábado, 25 de julio de 2015

Oración para pedir hacerse como los niños

Jesús fue niño, amó a los niños, rió como un niño. Me gusta mirar a Jesús como un niño. Tenía corazón de niño. Jesús juega, mira, se deja abrazar y cuidar, aprende. Mira con inocencia. Comienza a caminar de la mano de José y María.
Aprende a comer y a asomarse al mundo en un hogar sencillo. Lleno de rutinas sagradas. Aprende a rezar. Llora. Necesita de sus padres para sobrevivir. Obedece. Recibe amor. Creo que la niñez de Jesús fue sobre todo recibir amor.
Aparentemente improductiva, demasiados años, pero en su alma echó raíces para siempre ese amor incondicional de José y María que le hablaba de su Padre.
No desconfía, no se endurece. Su alma de niño se mantiene hasta la cruz. Se fía siempre. No juzga nunca. Se abandona. Es el niño en los brazos de su padre toda su vida. María guardó la infancia de Jesús en su alma.
Una persona rezaba:
“Señor, enséñame a ser niño, a disfrutar de la vida, a jugar y reírme con las cosas pequeñas. Enséñame a confiar y a entregarme del todo sin protegerme para no ser dañada. 
Enséñame a mirar con ojos inocentes, a creer en la vida, en los demás, a no hacer cálculos. A fiarme de ti. A ir de tu mano por el camino. A dejarme abrazar como los niños, a recibir amor y caricias porque los necesito. 
Enséñame siempre a perder el tiempo con cosas no fundamentales, no serias ni importantes. Enséñame a disfrutar el momento como los niños. Sin temer el futuro. Sin quedarme pensando en lo pasado”.
Es importante aprender a vivir como niños. Sacar a pasear por la vida el niño que llevamos dentro, sin miedo a que me hagan daño. Necesitamos personas y lugares donde poder ser niños. Sin miedo a los gritos y al rechazo. Reír como niños. Jugar como niños.
Este domingo un niño lleva sus panes y sus peces. Siempre me he preguntado. ¿No son demasiados panes y peces para sólo un niño? A lo mejor los llevaba para alguien. A lo mejor los discípulos le pidieron lo que tenía y él lo dio todo.
No sabemos muy bien cómo ocurrió exactamente. Pero me gusta pensar en los ojos de ese niño que confía en sus panes y en sus peces. Sería suficiente. A veces perdemos la mirada de los niños. 
Decía el Padre José Kentenich: “¿Qué debe hacer el niño? Sólo entregarse desvalido al Padre, sentirse pequeño. ¿Y qué hace el Padre? Cuanto más pequeño me siento tanto más me lleva hacia lo alto. 
Esto no es falta de actividad propia, esto es entrega plena a Dios. 
El ascensor de la santidad. Entro en él y va vertiginosamente hacia arriba. Me considero pequeño ante Dios, como vaso vacío: no soy nada, Él es el todo. ¡Qué práctico es esto! ¡Qué pequeño y desvalido soy ante Dios infinito!”[1].
El niño confía en su padre. Se abandona. Lo entrega todo. Comprende que no puede hacer nada si su padre no lo sostiene.¡Qué difícil ser como niños cuando queremos controlarlo todo, tenerlo todo en nuestras manos!
El niño aprende a confiar y se suelta de manos. Pone todo en manos de Dios. Así de sencillo. Abandono total. El niño que ríe y también confía. El niño que cree en lo imposible. Ser como niños es la gracia para la vida que queremos seguir pidiendo.
Jesús, en el monte, después de hablar a su pueblo, decide dar de comer a todos. “Al levantar Jesús los ojos y ver que venía mucha gente, dice a Felipe: ¿Dónde podríamos comprar pan para dar de comer a todos estos? Dijo esto para ver su reacción, pues Él sabía lo que iba a hacer”.
siente compasión de su pueblo. Sabe que tienen hambre, que viven desorientados como ovejas sin pastor. Hace un milagro innecesario. 
¡Cuántos se acercan a Jesús porque quieren ser curados y Jesús ve hondo en su alma su fragilidad, su herida y su pecado, y los sana!
Hoy pasa al contrario, se acercan para ser sanados y Jesús se preocupa de algo mucho menos importante. De algo más humanoy terrenal. De algo que pasará. No quiere que se vayan sin comer.
Lo hace por compasión. Jesús mira a la persona entera, no sólo su enfermedad. Los mira del todo y se preocupa por todo lo suyo. Por el hambre de ese instante. Dios cuida los detalles del momento. A veces los más pequeños. Tiene esa delicadeza.
El milagro de los panes y los peces es sólo de un momento. Comen, se sacian, pero al día siguiente volverán a tener hambre. No es un milagro tan eficaz. No importa. Ese momento de compasión, de alegrar a tanta gente, merece la pena.
Y quizás, por lo menos en muchos, el recuerdo y el agradecimiento sí duró toda la vida. A veces los momentos más pequeños son los que recordamos siempre.
Todos tenemos momentos de infancia que guardamos dentro de forma especial, y no tienen que ver a veces con cosas fundamentales ni decisiones trascendentales.
Nos acordamos del olor de un momento, o de cuando aprendimos a montar en bici, o de ese día en el que comimos fuera con nuestros padres. Son momentos sagrados que recordamos con cariño. Un beso, un abrazo, unas pocas palabras. Un encuentro inesperado. Un día cualquiera.
Jesús da mucho valor a los momentos. Las palabras. Las miradas. Los gestos. Le importa todo lo que nos ocurre. Le preocupa nuestra hambre y nuestro descanso. Se preocupa hasta de los detalles más pequeños.
A veces pensamos que con Dios solo podemos hablar de cosas importantes, trascendentales. Temas graves. Pero a Él le importa todo lo mío. El pan de cada día. Mi hambre, mis necesidades. También mis tonterías, mis pequeñeces, mis alegrías secretas.
Hoy, nadie le pide nada. Y Él lo da todo. Mejor dicho, todos le pedían y le suplicaban que los sanase, y Jesús, como siempre, les dio más. Se dio del todo. Les dio el consuelo y el pan. Sus manos bendijeron y sanaron, y bendijeron y partieron el pan.
Gratis. Sin que nadie se lo pidiera. Sin ser necesario. Ni tan importante. Sin que nadie lo esperase. ¡Qué secreta alegría tendría al verles comer en abundancia!
FUENTE: ALETEIA.ORG

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