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viernes, 6 de noviembre de 2015

¡Qué Papa Más Chévere!

En diecisiete años la isla de Cuba ha recibido la visita de tres Papas y ha sido bendecida tres veces por ellos, directamente, mirándole a los ojos a un país en tránsito: Juan Pablo II que llegó en 1998, Benedicto XVI en 2012, y Francisco que recién se ha marchado.
El primero vino a descorrer cortinas (de hierro): regresó la palabra de Dios a las tribunas públicas en un país cuya ideología oficial promovió un ateísmo “científico” y en el que las relaciones entre el Estado y la Iglesia fueron suficientemente tensas durante décadas.
Wojtyła fue además un puente entre Cuba y el mundo cuando el país todavía agonizaba en su crisis económica, acosado por su soledad, una década después de la desaparición del bloque socialista de Europa.
“Que Cuba se abra al mundo con todas sus magníficas posibilidades, y que el mundo se abra a Cuba”, dijo, y dejó sembrada la semilla de las reconciliaciones que hoy se están cosechando.
Benedicto XVI, por su parte, vino como peregrino de la fe, a rendirle honores a la Virgen de la Caridad del Cobre, la Patrona de Cuba, en los 400 años de su aparición. Llegó para acompañar al pueblo cubano en el remozamiento de un símbolo de unidad cristiana y también nacional: La Caridad mestiza, sincrética, que está en el alma de la nación –la Virgen mambisa que acompañó a los independentistas del siglo XIX– es una madre protectora para la mayoría de los cubanos, más allá del carácter o la constancia de su fe religiosa, o incluso a falta de ella.
A Ratzinger lo recibió Raúl Castro como presidente del país, y no el legendario líder de la Revolución, Fidel Castro, quien para entonces hacía ya seis años que había cesado en sus cargos. El gobierno castrista era el mismo, pero no era igual. Una actitud de reforma integral, “sin prisa pero sin pausa” era la novedad principal en el país.
Un programa de “actualización del modelo económico” había sido adoptado en Cuba y se atendían añejas demandas populares como la difusión del trabajo por cuenta propia, la liberalización de la compraventa de inmuebles y autos, y la aprobación de nuevas reglas migratorias, más flexibles y humanas. Benedicto XVI se llevó de regalo la instauración del viernes santo como día no laborable.
Pasaron solo tres años y llega ahora Francisco, “que habla como Messi”. Es el Papa argentino que a los cubanos les parece tan simpático, mucho más cercano, aunque en esta isla más bien pagana la Iglesia católica solo cuenta con unos 200 mil fieles.
Pero Francisco es trending topic también en Cuba. No solo por su reconocido afán de sanear la Iglesia y darle un nuevo sentido a su función pastoral. No solo porque discursa sobre la pobreza y parece que se pone del lado de los humildes y contra el imperio del dinero. Lo es, sobre todo, porque entró a la Historia cubana cuando decidió participar en la mediación entre Cuba y Estados Unidos.
Fue y es –porque quién sabe qué oficios realiza en este instante– una pieza clave en el puzzle que permitió llegar al 17 de diciembre, con el anuncio de la distensión entre ambos países, y al 20 de julio, cuando por fin las banderas de Cuba y de Estados Unidos ondearon en las respectivas sedes diplomáticas, en ambas capitales.
Los cubanos lo han visto circular por las calles de La Habana, Holguín y Santiago de Cuba en un papamóvil criollo, abierto, sin ventanas laterales, con medio cuerpo afuera y sonriendo. En sus palabras iniciales al llegar mandó un saludo para Fidel –con quien luego se reunió– y a continuación recordó “a todos los cubanos dispersos por el mundo.” Una mezcla de cordialidades muy conflictiva aún.
Francisco no ha dado muestras de querer que lo juzguen por tener una actividad política en el canal de diálogo instaurado entre Cuba y su vecino, pero tampoco rehúsa mostrarse interesado. Apenas llegó a la isla y animó “a los responsables políticos a continuar avanzando por este camino y a desarrollar todas sus potencialidades, como prueba del alto servicio que están llamados a prestar en favor de la paz y el bienestar de sus pueblos y de toda América, y como ejemplo de reconciliación para el mundo entero.”
En su homilía en la Plaza de la Revolución, en palabras que algunos interpretaron como un acertijo y otros como una maniobra para surfear sin caer en tensiones políticas, Francisco reconoció que el pueblo cubano “tiene heridas, como todo pueblo, pero que sabe estar con los brazos abiertos, que marcha con esperanza, porque su vocación es de grandeza”.
La buena nueva estuvo centrada en la vocación de servicio de un pueblo, una nación, una persona: servicio a la fragilidad. Como si tratase de recordar, acaso de advertir, que luego de la distensión y la reconciliación toca ahora el turno a los cambios que, con la impronta de Estados Unidos, podrían desviar el rumbo al enfoque social del proceso político cubano y al carácter de sus protagonistas.
Francisco, en tres días, se asomó a los barrios de las tres mayores ciudades de Cuba retocadas para la ocasión pero que no pueden esconder sus resentidas fachadas; se reunió con jóvenes –uno de ellos pidió “cambios profundos” que sirvan para evitar el sostenido drenaje de una parte de la juventud cubana que desea emigrar. Bendijo a todos y cultivó gratitudes. La Iglesia local, con ello, fortalecerá sus posiciones como interlocutora en el juego político cotidiano. El gobierno cubano, por su parte, ha sido exaltado de facto. Y en la visita pastoral que Francisco realizará a continuación a Estados Unidos, probablemente se diriman algunos aspectos de la hoja de ruta futura entre ambos países. Será la seña vaticana.
Jorge Mario Bergoglio, la persona, se lleva de Cuba, seguramente, el eco de una “conguita” carnavalesca que lo acompañó en cada tramo por el que pasó, como una verdadera fiesta: “Uno dos y tres, –cantaba la gente– qué Papa más chévere, qué Papa más chévere, nos vino a visitar”.

FUENTE: www.caretas.com.pe

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