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miércoles, 16 de marzo de 2016

La mujer del perfume

Había observado tu rostro

resuelto y amenazado.
El rumor de la muerte
se movía a ráfagas
de palabras entrecortadas
por las calles de Jerusalén
y se asomaba también 
en la intensidad de tu mirada.

Faltaban dos días
para celebrar la Pascua.
Su intuición femenina
(Mc 14, 3-11),
tan cercana al dolor,
sintió con igual intensidad
la certeza de tu muerte
y la alegría de tu vida.
Buscó su mejor perfume,
quebró el frasco,
derramó la esencia de nardo
sobre tu cabeza tensa
y ungió con sus dedos suaves
la angustia de tu futuro.

El perfume tan fino
llenó la casa de fiesta.
Ajenos a tu encrucijada,
con mezquina contabilidad,
los varones se indignaron
invocando a los pobres
y criticando el derroche.

Nunca tuviste donde reclinar
tu cabeza ungida.
Pero defendiste este gesto
de ternura
que anticipaba tu pascua,
con el frasco en pedazos,
como tu cuerpo roto,
y con la fragancia de nardo,
aroma de resucitado
por todo el universo.

Al sostener a un pobre
que se hunde en el abismo,
una vida que se aleja
incontenible hacia la muerte,
una angustia ciudadana
de raíces seculares,
siempre tenemos en las manos
tu cabeza para ser ungida
con perfume festivo.

¡Este evangelio
de la pascua humana
debe anunciarse
en todos los idiomas,
por los siglos de los siglos!

Autor: Benjamín Gonzáles Buelta, SJ


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