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lunes, 23 de mayo de 2016

La devoción a María en San Francisco y Santa Clara de Asís

D. Ghirlandaio: La Virgen en gloria con los santos.


María en la comunión de los Santos

Otro aspecto de la devoción de Francisco a María se encuentra en el hecho de que él la invoca junto a otros santos. La Antífona, después de haber catalogado los privilegios esenciales de María recibidos de Dios, desemboca en la súplica: «Ruega por nosotros, junto con el arcángel san Miguel y todas las virtudes del cielo y con todos los santos». «Ruega por nosotros» era y es la conocida respuesta a cada invocación en las letanías de los santos. Lo que aquí impacta es la ampliación de la breve petición. Francisco pone a María no sola, sino en compañía de los ángeles y de los santos. Miguel es llamado por su nombre, porque Francisco nutría por él una especial veneración, como se deduce también de la Exhortación a la alabanza de Dios, donde se encuentran el saludo angélico a María, la alabanza de la Trinidad y la invocación a Miguel: «Salve, María, llena de gracia, el Señor está contigo ... Bendita sea la santa Trinidad e indivisa Unidad. San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla» (ExhAlD).

Recordemos también lo que escribió Fr. León de su puño y letra en el margen superior del pergamino que le dio Francisco como remedio contra una tentación espiritual, y hoy conservado en Asís como precioso autógrafo tanto de Fr. Francisco como de Fr. León. Sobre el lado del pergamino que contiene la Bendición a Fr. León con el signo "T", está escrito con tinta roja: «El bienaventurado Francisco, dos años antes de su muerte, hizo una cuaresma en el monte Alverna en honor de la bienaventurada Virgen María, madre de Dios, y del bienaventurado Miguel arcángel, desde la fiesta de la Asunción de santa María Virgen hasta la fiesta de san Miguel arcángel; y la mano de Dios se posó sobre él mediante la visión y las palabras del serafín y la impresión de las llagas de Cristo en su cuerpo».

Una semejante comunión de los santos aparece de nuevo en el Padrenuestro de Francisco, donde él alarga de este modo la quinta petición del modelo dado por Jesús: «Y perdona nuestras ofensas (Mt 6,12): por tu inefable misericordia, por la virtud de la pasión de tu amado Hijo y por los méritos e intercesión de la beatísima Virgen y de todos tus elegidos» (ParPN 7).

Una visión más explícita y más completa de la comunión de los santos la tenemos en el largo capítulo 23 de la Regla no bulada. La primera parte del mismo es una acción de gracias, una especie de prefacio a causa del repetido «Te damos gracias», y la segunda parte es una fuerte exhortación a todos los estados de vida y a todas las gentes para que amemos, sirvamos y demos gracias al sumo Dios eterno, Trinidad y Unidad, Creador, Redentor y Salvador. Después del triple «te damos gracias» en los primeros ocho versos, sigue la constatación de nuestra caída y de nuestra condición deplorable. «Y porque todos nosotros, míseros y pecadores, no somos dignos de nombrarte», debemos recurrir a los mediadores: Cristo, María, los ángeles y los santos. Sigue toda una letanía de los santos que, en algunos momentos, se distingue de las letanías oficiales, especialmente en el optimismo de reconocer la presencia de los santos no sólo en el pasado, sino también en el presente y en el futuro (cf. 1 R 23,6).

En las dos últimas plegarias citadas, María aparece a la cabeza de los santos invocados. Sabedor de que «ningún hombre es digno de hacer de ti mención» (Cánt 2), Francisco suplica en primer lugar a María, la «llena de gracia», después a los ángeles y a los santos para que intercedan por él, por su fraternidad, por la Iglesia, peregrina hacia la patria eterna, y por toda la humanidad. Él ve en estrecha unión a la iglesia terrena, todavía expuesta a muchos peligros, y a la Iglesia celeste, que goza de la plena comunión con Dios, sumo bien. Deseando llegar al reino de Dios, «donde se halla la visión manifiesta de ti, el perfecto amor a ti, tu dichosa compañía, la fruición de ti por siempre» (ParPN 4), la Iglesia peregrina debe ponerse, día a día, en contacto con la celeste por medio de la oración.

[Cf. el texto completo en Selecciones de Franciscanismo n. 107 (2007) 225-250]