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lunes, 16 de mayo de 2016

Rafael Almansa: sacerdote franciscano que hizo historia

Habitación del sacerdote franciscano Rafael Almansa, quien está en proceso de beatificación.

Por: Jaime Flórez Suárez, diario El Espectador (Colombia)

El padre Rafael Almansa quería pasar al olvido. Era un deseo innato a su espíritu, que correspondía con su sencillez, su contención y hasta con su vocación por la pobreza. Pero, paradójicamente, ese mismo carácter lo hizo inolvidable, inspiró la pluma de los poetas de su época y lo fijó en la memoria de Bogotá, donde 90 años después de su muerte aún tiene un lugar. El padre Almansa era un rockstar en la capital de comienzos del siglo XX, movía multitudes, despertaba pasión. Ahora que recorre el camino para convertirse en un santo católico, su anhelo de olvido quedó sepultado por completo.

Bogotá se paralizó el 29 de junio de 1927. Los soldados salieron de sus guarniciones a marchar; las cantinas sacaron a sus borrachos y cerraron; 20.000 alumnos no fueron a clases, y hasta suspendieron la elección de su reina estudiantil. El padre Almansa había muerto a las 9:30 de la noche anterior en la casa cural de la iglesia San Diego. Esa era la noticia que ocupaba las primeras páginas de los diarios, incluso de los que se proclamaban liberales.

“Nada tengo, nada dejo” fue una de las últimas frases que dijo el viejo de 87 años frente a algunos familiares, dos sacerdotes, un gato y un loro que acompañaron su tranquila agonía, en un cuarto pobre -apenas con un par de muebles de madera raída- que horas después, luego de que el doblar de las campanas de la iglesia anunciara su muerte, se convirtió en sitio de peregrinación.

Miles de personas hicieron fila en silencio para ver por última vez la figura flaca y el rostro anguloso del anciano, y llevarse, como reliquia, así fuera un trozo de sus ropas negras y viejas. Pese a que la Policía intervino para evitar una estampida en el templo, un niño se partió un brazo y una mujer fue pisoteada por la multitud.

En el palacio municipal, la bandera de Colombia fue izada a media asta durante tres días. Y aunque Leo Kopp, un prestante ciudadano, ofreció un lujoso ataúd para el cura, los franciscanos -orden a la que pertenecía Almansa- rechazaron la oferta y su cuerpo fue enterrado en una modesta caja. La marcha fúnebre por la carrera 7ª y el entierro del cura en el cementerio Central, dos días después de su muerte, también fueron multitudinarios.

En sus últimos años de vida se rumoraba que había recibido el don de hacer milagros. Entonces se contaba la historia de un niño sordo que luego de tocar su hábito empezó a escuchar. Ahora, luego de que el papa Francisco reconociera sus “virtudes heroicas”, sólo falta la comprobación de un milagro para que el cura se vuelva beato y de uno más para que se haga santo. La lista de favores le alcanzaría. Una mujer testificó que gracias al cura su hija nació sana, pese a que ella sufría una grave enfermedad hereditaria y estaba cerca de la muerte. Esa versión la trata de verificar el Vaticano. Pero hay más: una carta firmada por Laura Cristina Murillo cuenta cómo, luego de encomendarse a Almansa, se recuperó de un cáncer de ovario que los médicos ya no podían curar.

Y de sus primeros años de sacerdocio también hay relatos místicos. Luego de que el general Tomás Cipriano de Mosquera (entonces presidente) cerrara el convento de San Francisco, en medio de disputas políticas entre el Estado y la Iglesia, que obligó a buena parte del clero a buscar refugio, el padre Almansa fue a dar a Norte de Santander. El 18 de mayo de 1875 decidió atender a los alumnos de un colegio vecino a su parroquia en Cúcuta y los invitó a pasar un día de campo.

Caminaban por las montañas cuando, antes del mediodía, la tierra se movió durante un minuto. Al volver al pueblo lo encontraron en ruinas. Algunos registros dicen que, sólo en Cúcuta, el terremoto mató a mil personas. Los estudiantes que paseaban con el padre Almansa no sufrieron ni un rasguño.

Pero más que sus posibles milagros, la monumental popularidad del padre Almansa se erigió sobre su carácter y su relación con la gente. Testimonios de quienes lo conocieron y que recogió monseñor Álvaro Fandiño, el principal promotor de su beatificación, dan puntadas de su personalidad.

“No pertenecía al molde común en el que se han hecho la mayoría de hombres”. Almansa era un confesor y consejero incansable que “no necesitaba preparar frases elocuentes ni apremiantes argumentaciones; le bastaba con una expresión impensada que encierra una filosofía que no se aprende en los libros y que hace enmudecer a los sabios. Ha deslizado su existencia sin ruido, con el raro privilegio de hallarse en el centro de la sociedad y de estar, al propio tiempo, fuera de ella”.

Ajeno a las ambiciones mundanas, de la vanidad y la frívola ostentación. Dueño de sí mismo, libre de tristeza, malicia y desconsuelo. “Lo vimos por las calles hablar con el alto personaje, con la mujer hermosa, con el joven calavera, con el mendigo ciego y mugriento, con el niño andrajoso y picaresco, con la viejecita enferma, con el policía de la esquina… y para todos tenía la misma sonrisa”.

El fervor por su figura era tal que, cuando cumplió 50 años de vida sacerdotal, justo hace un siglo, en mayo de 1916, la ciudad se volcó a celebrarle. “El hombre más humilde y ajeno a reconocimientos humanos se vio forzado a oír las más dicientes expresiones de sus virtudes”, dice el padre Fandiño en su libro El padre Almansa. La celebración ocupó la prensa. Desde el Vaticano llegó una carta, firmada por el papa Benedicto XV, felicitando al “ejemplar Rafael Almansa”. Y la pluma de varios de los poetas se inspiró en su figura. Hasta José Eustasio Rivera, autor de La Vorágine, le escribió unos versos en los que retrató el momento de la comunión durante una ceremonia oficiada por el “trémulo viejo cura”.

“Bien hubiera deseado permanecer en el olvido en que siempre quise vivir”. Con esas palabras cerró la celebración de sus bodas de oro el inolvidable cura que podría convertirse en el primer santo de Bogotá.

Relato reconstruido a partir del libro “El padre Almansa”, de monseñor Álvaro Fandiño.

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