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viernes, 29 de julio de 2016

Fr. Carlos Montesinos Ampuero OFM, testimonio franciscano de servicio a los más necesitados

Fr. Carlos Montesinos Ampuero OFM.
Hoy, 29 de julio, es cumpleaños de Fr. Carlos Montesinos Ampuero OFM, sacerdote de la Provincia Franciscana de los XII Apóstoles del Perú.

Presentamos, en calidad de primicia, su testimonio personal sobre los momentos más resaltantes de su vida religiosa franciscana, como parte de una serie de entrevistas que conforman el proyecto Oralidad Franciscana.

"Nací en el puerto de Mollendo, mi padre era de Mollendo y mi madre de Arequipa, pues se enamoraron y se casaron. Y pidieron a Dios en matrimonio tener un hijo con vocación sacerdotal. Así que hubo el pedido de la familia con mucha fe de una vocación sacerdotal. El primero, fue médico; el segundo, farmacéutico; la tercera, mi hermanita, fue contadora; cuarto nací yo, y quinto, uno que nació con vocación militar, llegó a ser coronel.

– Y usted el único sacerdote…
– En efecto. Crecimos al amparo de un hogar muy religioso. Todos los domingos íbamos temprano a la Iglesia, ya desde el sábado nos alistaban la ropa. Salíamos de la casa a las 6:30 am. Y entonces mi padre y mi madre del brazo y por delante los cinco hijos nos dirigíamos a la capilla franciscana a escuchar la misa. De regreso, mi madre llegaba a la casa y las vecinas preguntaban: “Señora, ¿qué ha dicho el padre en la misa?”, y mi madre les explicaba el Evangelio que había dicho el padre; la esperaban con ansias porque les llevaba el mensaje de la misa. Pasado el tiempo, cuando tenía 5 años, nos preguntaron qué íbamos a ser cuando seamos grandes: “Yo voy a ser padre franciscano”, dije. Porque sacerdote no es una vocación que el hombre quiera y la persiga, sino que es una vocación que nace desde que lo engendran a uno. O sea que Dios nos elige desde el seno materno para ser religioso o sacerdote.

– ¿Cómo se encaminó en esa vocación?
– Yo iba a la capilla franciscana a los siete años y decía: “Padre, yo quiero ayudar en la misa” (...) El latín era la lengua general para todo el mundo. Me hizo repasar, porque algunas palabras no se pronuncian como están, sino tienen una pronunciación distinta, entonces me hizo repasar. “Has leído correctamente ahora, cuando aprendas esto vienes para decirme la lección”. Al día siguiente fui y me dijo: “No hijito, cuando aprendas”. “Ya lo aprendí”, respondí “Cómo, ¿de un día para otro vas a aprender?”, “Sí”, dije; y me tomó la lección: “In nomine pater et filius et spiritus sanctus, Introibo ad altare Dei”… Y yo respondí; “ Ad  Deum  qui  es lalaetificat juventutem meam…”. Y me dijo; “¡Oye, cómo has aprendido!”. Bueno, muy bien, luego me repasó la segunda parte. Al día siguiente fui y me dijo: “¿Ya sabes bien? Te voy a tomar la lección”. Y yo contesté bien. Al tercer día fue igual, y me dijo el padre (el padre Velarde): “Tú vas a ser sacerdote, porque tienes mucho interés en estas cosas”. Y así comencé a ayudar en la misa todos los domingos. Yo ayudaba en las misas en la capilla y cuando no era domingo también iba a la misa. (...) Luego el padre me habló del Colegio Seráfico en Arequipa, en que se entra con primer año de media. “Papacito, mamá, yo quiero irme al aspirantado en el colegio para ser franciscano”. “No, hijito, todavía estás muy niño, cuando crezcas; necesitas todavía de nosotros porque estás tierno, tienes once años”… En eso pasó por Mollendo, porque no había carretera Panamericana ni avión, era 1931 y se viajaba por barco. Llegaron a Mollendo todos los padres que se trasladaban de centro a sur y tenían que pasar por Mollendo. En eso pasó un padre moreno, alto, padre Gómez, y yo le digo: “¿Dónde va usted?”, Y me dijo: “Estoy nombrado para ser director del Colegio Seráfico de Arequipa”. Y le dije: “Padre, justamente yo quiero ir precisamente, pero mis padres no quieren dejarme porque soy muy niño…”. “¿Y tienes la edad?”, “Sí, padre”. “¿A qué hora me puedo ver con tus papás?”. “A las doce y cuarto del día”. “¿Dónde vives?” “Calle Córdova 106”.  Así que el padre estuvo a la hora: “Señor Montesinos, quiero conversar con usted. He visto que su hijo ayuda en las misas en la capilla y tiene la vocación para ser religioso. Es conveniente que de una vez vaya al Colegio Seráfico. Yo voy a encargarme de ese colegio y va a estar muy bien”. Y mi padre: “Pero es muy niño”. Y el padre le dijo: “Es conveniente porque así aprende las virtudes desde niño”. Y mi padre y mi madre me prepararon, viajamos en un camioncito para Arequipa y terminando la Semana Santa mi madre me llevó al colegio Seráfico, me llevó ella misma. A mí se me cayeron las lágrimas cuando me despedí de ella, porque era niño. Y el padre Gómez les dice a los estudiantes: “Miren, un nuevo compañero que viene de Mollendo, se llama Carlos Montesinos Ampuero.  Un aplauso para él”. ¡Yo estaba llorando!, entonces el padre que entonces era aspirante en esos tiempos, Monseñor Federico Richter, que era mayor que yo en dos años nada más, me dijo: “¡Amiguito, no llores, vas a estar muy bien con todos nosotros aquí!”. Él fue mi primer amigo que tuve yo. 

– ¿Cuánto años permaneció?
– Cinco años, toda la media. Egresé en 1936. En 1941 viajé a Lima a la Casa de Noviciado, estuve un año. Mi maestro fue el padre Alejandro Bisbal y el provincial el P. Miguel Pérez. El Padre Mojica entró al Noviciado cuando yo terminaba, así que estuve como un mes con él.

– ¿Cuándo hizo su ordenación sacerdotal?
– El 25 de abril de 1948.


– A partir del momento en que empieza su vida de sacerdote, digamos como miembro oficial de la Provincia Franciscana de los XII Apóstoles, ¿dónde lo destinaron a Ud.?
– Fue precisamente Mollendo, mi tierra. Entonces el P. Carlos Caselli era el superior. Y estaba con dos hermanos religiosos, que se llamaban Cosme y Damián, los dos mártires juntos. ¡Qué casualidad! (risas). El convento servía de puerto de viajes para los que venían. “¿Y qué hacemos?”, me dijo el padre Caselli, “¿Solo estamos de cuidadores de esta casa? ¿Qué hacemos?”. Y le digo: “Padre, podemos tener un colegio, tenemos un patio grande, un canchón, siquiera podemos tener un colegio primario”. Entonces vamos a buscar personas que nos ayuden y al día siguiente comprometimos a una señora que tenía una pastelería grande, una señora notable. “Con todo gusto, padre, voy a escoger personas para formar mi grupo de apoyo”, nos dijo. Así nació el Colegio San Francisco de Mollendo, que creció y floreció muy bien.

– ¿Se presentó alguna dificultad?
– Prácticamente yo solo estuve al inicio, porque de allí me trasladé al Cusco, donde estuve 9 años, en las parroquias de San Francisco y La Recoleta. Cuando estuve en San Francisco tuve la oportunidad de hacer una restauración del primer claustro del Convento; desmonté todo el primer claustro para levantar las bases de piedra a un metro de altura porque había humedad. El que me apoyó en esto fue la Corporación de Restauración del Cusco, la CRIC (sic), que dependía de la Municipalidad, después del terremoto del 21 de mayo de 1950.

– ¿Dónde estaba Ud. cuando ocurrió el terremoto?
– En Arequipa, pero fue un sismo terrible. Cuando llegue al Cusco el panorama era desolador. Ya había un movimiento de restauración de altares, iglesias y conventos. Hubo daños severos por el terremoto. Y le cuando que bajo qué pretexto  logramos la reconstrucción: a la CRIC yo le dije: “Oiga, hay historia tradicional que junto con la Merced que tenía una custodia de oro de 1.20 m de altura, también San Francisco tenía, y como estaban llevando las joyas de los conventos para financiar los gastos de la emancipación, enterraron sus custodias en uno de los claustros, no sabemos el sitio, eso tiene un valor incalculable.

– ¿Y lograron encontrarla?
– No, pero fue el pretexto para la reconstrucción de San Francisco (sonríe). Luego pasé al Convento de La Recoleta y visité las provincias de Espinar y Chumbivilcas a caballo, con las licencias que me daba el obispo, monseñor Santiago Felipe Hermoza. Yo le dije: “Padre, esos sitios están abandonados en la serranía, hay gente que no se ha bautizado, mueren sin sacramentos; o desean contraer matrimonio y por la distancia no van a las parroquias”. “Vaya Ud.” y me autorizaba a viajar, me daba las facultades y hacía toda esa misión, me quedaba un mes o dos meses.

– ¿Hasta qué año estuvo en el Cusco?
– Estuve hasta 1960 en que me fui a Arequipa, y de allí pasé a Tacna, cuando el padre Orestes Alegre Vásquez estaba levantando la parroquia y convento. Me invitó. Yo estaba de superior en San Francisco del Cusco, entonces viajé a Tacna a la inauguración de la primera parte de las obras. Me gustó mucho Tacna, le encontré un parecido a mi pueblo de Mollendo, porque las casa todas tenían una mamparita, no cerraban la puerta de la calle, tenían una mampara de cristal con cortinas. Me gustó y me dije: “Algún día vendré a Tacna”. Regresé a Cusco y posteriormente hubo un cambio de personal y me destinaron para Tacna. El padre Vicente  Sánchez Arauco se había cambiado a Lima y me dijo: “Hijo, mira, yo tengo unos niños que vienen a tomar desayuno aquí todos los domingos. Quiero que te encargues de ellos, de dirigirlos y darles una charlita cada domingo”. Así que me dio el encargo de los niños. Pues bien, cuando yo estaba en la plaza pública haciéndome lustrar los zapatos, encontré niños y les preguntaba: “¿Dónde vives?”, “Vivo en un corralito, en una casa vieja”… “¿No tienes padres ni padrino?”, “No tengo”… “Mira, yo te invito a mi parroquia a escuchar la misa de siete de la mañana y después te invito un chocolate. Así que fueron aumentando hasta llegar a treinta niños. Así que el alcalde me llamó, el Sr. Boluarte, y me dijo: “Padre Montesinos, usted está haciendo una obra de apoyo al Concejo, nos preocupaban estos niños que los han dejado botados aquí, vienen de la sierra y los dejan abandonados; venden periódicos y lustran zapatos, pero son pájaros fruteros que hacían problemas. Pero que desde que usted está dirigiéndolos, se ha suspendido esa mala actitud de estos niños y están muy formaditos, así que en el Concejo hemos acordado darle a Ud. un canchón grande que tiene 6,500 metros cuadrados para que haga usted un albergue para estos niños. Si Ud. quiere conocer vamos y hacemos un compromiso por un año. Si Ud. trabaja en un año, hacemos un convenio por 20 años, y después de 20 años pasa a ser propiedad de la congregación”… Muy bien, fui y lo recibí. Tenía un abrevadero solamente de cemento para que tomen agua los caballos en tiempos de la ocupación chilena, eran caballerizas del ejército chileno, con dos portones grandes de calamina. Me dieron las llaves con el candado. Escribí una carta al padre Vicente Sánchez Arauco y me contestó la carta (antes no hablábamos por teléfono), me contestó y me dijo: “Hijo, ¡me has vuelto loco!, pronto te mando dinero para que inicies la obra”. A los veinte días me estaba mandando 25 mil soles de inicial. Con eso cité a un ingeniero, Daniel Majusto se llamaba, lo cité para hacer un proyecto: dos aulas par clase, segundo piso con dormitorio y una covachita para comedor de los niños. Compré cocina, enseres, y así se formó el Colegio Canillitas. Al poco tiempo fui al Ministerio de Educación, hablé y me dijeron: “Padre, entonces le vamos a dar un título de Escuela Fiscal N° 9932”, se oficializó. Se les cobraba solo 5 soles mensuales a los niños porque eran huérfanos y solamente ganaban su platita por lustrar zapatos y vender periódicos.

– ¡Qué linda obra! 
– Muy bonita obra… Al poco tiempo ya creció esto y empezaron a pedirme dejar entrar a estudiar a otros niños que no sean canillitas y así se creó el Colegio San Francisco de Tacna. ¡Ha crecido ese colegio! Ahora tiene una gran importancia, casi de primera categoría… Cuando me cambiaron a mí, entró el padre Raúl Sánchez, que lo hizo muy bien, le dio mucha prestancia, sobre todo puntualidad limpieza, y nos dieron el reconocimiento del Ministerio de Educación. Se oficializaron sus labores.

– Después de Tacna, ¿dónde lo enviaron?
– Después de Tacna, con mucha pena me despedí para viajar a Mollendo, en 1984. Ese mismo día en noche celebré la misa, y el Evangelio decía: “Nadie es profeta en su propia tierra”. Y yo me dije: “¡Esto me toca a mí! Vengo a mi tierra y no soy profeta en mi propia tierra, pero Dios me ayudará para trabajar estos tres años que voy a estar aquí”… Olvidaba algo importante, que en Tacna la PIP (Policía de Investigaciones)… yo cantaba porque el padre Mojica me dio clases de canto. Y la PIP me llamó para decirme: “Padre, queremos aprovechar la voz que usted tiene para grabar el Himno Nacional con la Banda del Ejército”. Hicimos la grabación y hasta ahora se toca en las ceremonias públicas con la voz mía, sí…  “Taaaacna, Taaaacna, la tieeeerra de ensueeeeeño…” (canta)

– ¿Cómo ve el panorama actual de la Provincia Franciscana de los XII Apóstoles?
– Veo un florecimiento muy notable. Tenemos suficiente vocación de sacerdotes que ocupan nuestros conventos… Ahora nos da mucha emoción ver a tantos sacerdotes que tenemos. No carecemos de sacerdotes, que están en el norte, en la selva, en muchos otros lugares, ya ni los conozco por nombre porque son tantos. 

– Haciendo paréntesis, le pido que nos dé su testimonio sobre un personaje excepcional: el padre José Mojica OFM… Usted lo conoció personalmente y su historia se conoce a nivel mundial…
– Recuerdo que cuando entré al Colegio Seráfico, cuando era niño, estábamos con mi madre caminando en la Semana Santa y vimos un bambalina en la calle: “José Mojica en La cruz y la espada”. Y le dije: “Mamá, ¡iremos a ver esa película de José Mojica!”. Fuimos al cine y lo vi al padre Mojica trabajando, me impresionó mucho. “¿Alguna vez vendrá por aquí para conocerlo a este artista?” Y sucedió… Estando yo en el Colegio Seráfico dos o tres años antes de ir al noviciado, vino José Mojica por el Cusco y visitó La Recoleta. “¡Oooh, Ud. es José Mojica!, yo lo vi en su película La cruz y la espada”. “Ah, sí –me dijo– ahí trabajo yo. Ahí trabajo de franciscano, por eso vengo a visitarlos”. Conversó con el padre Núñez del Prado sobre su vocación. “Mire, padre, yo siempre he tenido la vocación de ser franciscano, hermano nada más, no sacerdote, con mucha humildad. No he entrado antes al convento porque mi madre vivía y yo tenía que atenderla a mi madre. Pero falleció mi madre con mucha pena mía y entonces he decidido a ver si me aceptan en el Convento. Tengo mucho dinero y puedo entregarlo al convento para las obras sociales y religiosas”.  Y el padre Núñez del Prado le dijo: “Ven como un pobre mendigo, tu plata dala a los pobres, no la traigas al convento”. Eso le impresionó más, el desprendimiento franciscano. ¡Quién lo creyera! Cuando terminé mi noviciado, se presentó él a hacer su noviciado. Yo viajé a Arequipa y estando en la puerta del convento, se estaciona un automóvil; bajó un hombre alto, simpático, con terno marrón con gris, zapatos blancos y marrones. Eso fue cuando yo terminé mi noviciado. Y le dijo al chofer: “Maestro, ¿cuánto le debo por traerme aquí?”. Yo vi que agarró su billetera y sacó un fajazo así de plata y se lo dio… “Señor, por qué me da tanto dinero, está Ud. mal”… “No, he dicho que cuando yo llegue al convento voy a dar todo lo que tenga para entrar sin un solo sol; voy a entrar aquí para ser franciscano. Has tenido la suerte de hacerme el último servicio, anda y que Dios te bendiga”. Volteó y me dice: “¿Me conoces?”… “Sí, no sé dónde lo he visto”, le respondí… “Yo soy José Mojica”…. “Ah, ¡La cruz y la espada!”, le dije. “Así que llévame al interior, ya tengo orden de los superiores para ingresar al Colegio Seráfico. Era un domingo de carnaval que pasó con una alegría, cantando con los hermanos que sabían tocar el piano, Granada y todas esas canciones; pasó un día de felicidad comiendo su puchero arequipeño a la hora del almuerzo. A los pocos días le cortaron el cabello para hacer la corona, se le puso el hábito y cantó en la iglesia en una misa que celebró el padre Reynoso. Rompiendo las bancas de la iglesia llegó gente en cantidad a ver al artista José Mojica… De allí viajó al noviciado, luego viajó al Cusco. Pasamos en el Cusco una época muy bonita con el padre Mojica. Yo pude admirar en él un espíritu extraordinario de generosidad, no tenía apego a nada, era un hombre muy desprendido y amigo. A pesar de su edad tan distinta a nosotros –él tenía 46 años–, sin embargo se adecuó tanto a nosotros que lo sentíamos como un padre en medio de nosotros... Hemos pasado una época muy hermosa, nos dio muchas lecciones el padre Mojica; pudimos apreciar un hombre de grandes cualidades espirituales que son un ejemplo franciscano.

– Hay una corriente de opinión favorable para que sea declarado como siervo de Dios y se inicie su proceso de canonización…
– Sí, sí he sabido de eso y está muy bien. Yo le voy a decir una anécdota que tengo yo. El 20 de septiembre de 1974 falleció el padre Mojica. Pasaron treinta años y al amanecer de un 20 de septiembre de 2005, a la foto del padre Mojica que tengo en mi habitación le digo: “Padre Josesito, voy a dedicarte una canción que tú nos dijiste que le dedicaste a tu madrecita: Muñequita linda”. Empecé me puse a cantar la canción: “Te quieeero, dijiiiiste, ponieeendo mis manos entre tus maniiiitas de blaaaanco marfiiiil” (canta). Al terminar la canción, el radio toca cassette se prendió y siguió cantando la voz del padre Mojica la canción “Júrame”. Mire: un milagro. Terminó de cantar y se apagó. Yo me acerqué el aparato y retrocedí hasta el comienzo para escuchar, y la sorpresa más grande es que la canción que yo canté, Muñequita linda, el alma bendita del padre José me la grabó en la cinta. Y yo le dije: “Padre José, te has hecho presente ah, te has hecho presente. Ya sé que estás con Dios”.

– ¿Qué mensaje le puede dar a los jóvenes sacerdotes y religiosos franciscanos?
– Un mensaje muy especial: que vivan el espíritu franciscano de caridad, de amor a Dios y amor al prójimo. Que no se mezclen con esa mala línea de ser egoístas, de ser partidarios de las riquezas materiales, sino de las riquezas espirituales, y que la misión de ellos sea llevar la palabra de Dios  de la forma más humilde y sencilla a todos los pueblos, y que sean siempre el ejemplo franciscano de humildad, sencillez y pobreza. Y que pidan siempre a Dios que reafirme su vocación al sacerdocio y a la vida franciscana. Que Dios ilumine sus mentes. Y también, por supuesto, a las familias, a los hogares, que cultiven la vida religiosa, como la cultivaron mis padres, porque en un jardín bien cuidado y cultivado nacen bellas y hermosas flores, y esas son las vocaciones. Por eso me dirijo a los hogares, y que el día de su matrimonio pidan a Dios una gracia especial, ¿cuál será? que entre sus hijos nazca alguien con vocación religiosa y sacerdotal… He tenido el gusto queridos amigos de dirigirles estas palabras que hacen tanto recuerdo de mi vida religiosa, dejar este mensaje para todo el mundo donde quiera que sea y en los archivos, estas notas de la vocación religiosa, y también la nota de un gran hombre como Fr. José Mojica.

– Padre Carlos, ¿qué reflexión le merece el nombramiento de Fr. Neri Menor, sacerdote franciscano, como nuevo Obispo de Huánuco?
– Una reflexión muy hermosa, precisamente la formación espiritual y religiosa del sacerdote franciscano ha sido importante en esa elección. Aparte, nos da mucha pena, que precisamente los buenos religiosos se nos escapan de nuestra Provincia para hacer un servicio. De todas maneras, es una complacencia, es un orgullo, y deseamos que su labor sea muy fructífera en el pueblo que Dios lo ha puesto a monseñor Fr. Neri Menor, en este caso Huánuco.

– ¿Algún santo de su devoción?
– San Antonio de Padua, y por supuesto: San Francisco de Asís, mi patrón. Y para terminar, deseo para todos los que escuchan estas palabras grabadas mi bendición franciscana: “El Señor os bendiga y os guarde, tenga misericordia de vosotros, os mie benignamente y os conceda la salud y la paz. Y que la Santísima Virgen María, San José su esposo y San Francisco os bendigan. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, Amén. Buenas noches para todos ustedes.

Nota.- Entrevista realizada en el Convento de San Francisco de Lima el 07 de Junio de 2016 por Prensa Franciscana del Perú.

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