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miércoles, 21 de septiembre de 2016

Francisco de Asís y el sufrimiento


Por Leonhard Lehmann, OFMCap
[En Selecciones de Franciscanismo, vol. XXXI, núm. 92 (2002) 258-264]
Año Cristiano Franciscano

Una de las preguntas más difíciles de responder es la que se refiere al sufrimiento y, en particular, al sufrimiento de los inocentes y de los niños. Para el creyente la pregunta se hace todavía más comprometida: ¿Por qué Dios permite tanto sufrimiento en sus criaturas? ¿Es indiferente, duerme? ¿O, tal vez, se complace en el sufrimiento de sus criaturas? Sea cual sea la respuesta que han dado los teólogos a la así llamada cuestión de la teodicea (justificación de Dios), se hace insuficiente e ineficaz, cuando uno se encuentra concretamente delante de una persona que sufre. ¿Qué se le puede decir a un joven a quien se le ha pronosticado un cáncer?

Francisco de Asís nunca ha tratado teóricamente este problema, nunca ha intentado justificar a Dios ante tantas injusticias en el mundo, y, por otra parte, nunca ha defendido «los derechos del hombre» ante un Dios aparentemente injusto y sin compasión.

¿Entonces, cómo se comportaba este caminante entre cielo y tierra, a quien llamaban el «alter Christus» por sus dolorosas llagas? Desde luego, sería un error restringir la conformidad de Francisco con Cristo solamente a sus llagas aparecidas en los últimos años de su vida. Ellas son simplemente una confirmación, un sello o una marca de su empeño por vivir como Jesús: en total obediencia al Padre, sin una morada fija, sirviendo a los enfermos, especialmente a los leprosos, y exhortando a la gente a la «verdadera fe y penitencia, porque de otro modo nadie se puede salvar» (1 R 23,7).

CONFIANZA EN QUE TODO SIRVE PARA EL BIEN

Fruto de la fe de Francisco en un Dios Padre, fuente de todo bien, era su confianza en que todo cuanto acontece en el individuo, en la comunidad, en la Iglesia y en el mundo, puede servir para el bien. Por eso, él, aunque afligido por muchas enfermedades, no cayó nunca en la depresión y en la angustia por su miseria; ni tampoco sucedió a la inversa, es decir, que mostrase sus sufrimientos y las señales de las llagas para vanagloriarse. Todas las fuentes concuerdan en subrayar que Francisco intentaba esconder sus heridas. Precisamente por causa de esta discreción y deseo de esconder las llagas no nos ha dejado un testimonio preciso y explícito del don otorgado por el Señor respecto a los estigmas. Una alusión a este espíritu de «escondimiento» se encuentran en la Admonición dirigida a los hermanos: «Dichoso el siervo que guarda en su corazón los secretos del Señor» (Adm 28, 3). Como siempre, lo que enseña, Francisco lo vive después en primera persona.

AUNQUE ENFERMO, MUY ACTIVO

Es imposible describir las muchas enfermedades de Francisco partiendo de sus escritos, porque él habla muy poco de sí mismo. Sin embargo, los escritos atestiguan el hecho de que Francisco estuvo enfermo en muchas ocasiones. Así, él mismo confiesa en la Carta a la Orden su culpa por no haber observado la Regla y no haber recitado el Oficio divino «o por negligencia, o por mi enfermedad» (CtaO 39). Y en otra carta: «A todos los cristianos, religiosos, clérigos y laicos, hombres y mujeres» señala como motivo de su iniciativa: «Puesto que soy siervo de todos, a todos estoy obligado a servir y a suministrar las odoríferas palabras de mi Señor. Por eso, recapacitando que no puedo visitaros personalmente a cada uno dada la enfermedad y debilidad de mi cuerpo, me he propuesto comunicaros a través de esta carta y de mensajeros, las palabras de nuestro Señor Jesucristo» (2CtaF 2-3). Notamos la fuerte voluntad de Francisco de anunciar la Palabra de Vida (por eso odorífera), una voluntad tan firme que no puede ser superada por la debilidad física. Parece verdaderamente que cuanto más disminuyen las fuerzas físicas, tanto más aumentan las interiores.

Tal dinámica espiritual resulta evidente en el Cántico de las Criaturas, nacido no en una hermosa mañana primaveral, sino en la noche del sufrimiento. Francisco yacía, oprimido, desanimado y casi ciego, en una celdilla hecha de esteras junto a San Damián; sufría atroces dolores en los ojos y era molestado por ratones. En una de aquellas terribles noches, después de «compadecerse de sí en lo íntimo del corazón» (2 Cel 213), oró con fuerza y confianza: «Señor, ven en mi ayuda en mis enfermedades para que yo pueda soportarlas con paciencia». Dios le prometió: «Regocíjate y alégrate en medio de tus enfermedades y tribulaciones, pues por lo demás has de sentirte tan en paz como si estuvieras ya en mi reino». De esta mezcla entre sufrimiento y consolación divina nace la «nueva alabanza del Señor por sus criaturas». La Leyenda de Perusa nos informa también sobre el fin perseguido por Francisco con el Cántico: «Pues yo debo rebosar de alegría en mis enfermedades y tribulaciones, encontrar mi consuelo en el Señor y dar rendidas gracias al Padre, a su Hijo único nuestro Señor Jesucristo y al Espíritu Santo, porque él me ha dado esa gracia y bendición» (LP 83).

El canto no solamente tenía que servir para la alabanza de Dios, sino también para la predicación, de hecho Francisco envía por el mundo a sus hermanos de dos en dos para predicar y alabar a Dios: «Quería que primero alguno de ellos que supiera predicar lo hiciera y después de la predicación cantaran las alabanzas del Señor, como verdaderos juglares del Señor» (LP 83).

Cantando y predicando el himno compuesto por Francisco, ellos ponen a los hombres ante opciones importantes, que conciernen a momentos y situaciones especiales de su vida: el perdón, la paciencia en las enfermedades, el trabajo por la paz y la entrega serena a Dios en la muerte.

LA ENFERMEDAD TIENE NECESIDAD DE MÚSICA

La experiencia de haber encontrado consuelo en la composición del Cántico -más bien un don recibido del cielo que una invención- sugirió al Santo de Asís volver a utilizar aquel canto durante las enfermedades últimas. «Cuando se agravaba su enfermedad, empezaba a cantar las alabanzas del Señor a través de las creaturas, y luego hacía que las cantaran sus compañeros, para que, considerando la alabanza del Señor, se olvidara de la acerbidad de sus dolores y enfermedades» (EP 119).

Incluso a nivel psíquico está comprobado que la escucha de la música o, mejor todavía, el canto del mismo enfermo, aunque con voz débil e insegura, le ayudan a olvidar las propias enfermedades y a soportar los dolores. De todas formas, quien sufre, tiene necesidad de palabras y melodías, que resuenen de otro mundo. Quien canta, no se abandona a la resignación y desesperación, sino que expresa confianza y esperanza.

Pero, para Francisco no se trataba sólo de una especie de «autoterapia»; su canto brotaba de su inquebrantable fe y confianza en un Dios Padre bueno. En lugar de cerrarse en lamentaciones, él se abre a las bellezas presentes en torno a él, descubriendo en ellas la suma belleza de Dios.

Job es grande en su imperturbabilidad frente a sus enemigos que lo acusan. Pero no obstante su fe en el Señor, dador de la vida, que puede quitar cuanto le ha dado, cede a la tentación de maldecir el día de su nacimiento: «Maldito el día en que nací» (Job 3,3). Nada se dice en las Fuentes franciscanas de una semejante maldición, salida de la boca de Francisco. La imagen de Cristo paciente, muerto desnudo sobre la desnuda cruz, elegido por Francisco como modelo y estilo de vida, constituía el punto de referencia en los sufrimientos; y la fe en Cristo resucitado le daba la certeza de una vida después de la muerte, que entonces se convierte en tránsito y puerta hacia la plenitud de su existencia; esta visión del hombre le da el coraje y la posibilidad de prorrumpir en un canto pascual: Bienaventurados los que mueren reconciliados con Dios; la muerte segunda no les hará mal.

«HERMANAS ENFERMEDADES Y HERMANA MUERTE»

El constante deseo de Francisco de cumplir siempre y en todo lugar la voluntad divina y su convicción de que esta conformidad le habría abierto el acceso a la gloria celestial, explican su modo de relacionarse con sus enfermedades y con la muerte, llamando a las dos con el apelativo de «hermanas». Cristo nos ha enseñado a reconocer en nuestro prójimo a hermanos y hermanas, y san Pablo, por su parte, en sus cartas se dirige a los cristianos llamándolos siempre «hermanos». Pero definir como «hermano» y «hermana» a los elementos naturales (aire, agua, fuego, tierra) e incluso a la enfermedad y a la muerte, es una novedad introducida por Francisco, como atestigua Tomás de Celano: «Era milagroso de veras que un hombre abrumado con dolores vehementes de parte a parte tuviera fuerza suficientes para tolerarlos. Pero a estas sus aflicciones les daba el nombre no de penas, sino de hermanas» (2 Cel 212). Otro tanto refiere san Buenaventura: «Y, a pesar de verse atormentado con tan acerbos dolores, decía que aquellas sensibles angustias no eran penas, sino hermanas suyas, y, sobrellevándolas alegremente, dirigía tan ardientes alabanzas y acciones de gracias a Dios, que a los hermanos que le asistían les parecía ver a otro Pablo, en su gozoso y humilde gloriarse ante la debilidad, o a un nuevo Job, en el imperturbable vigor de su ánimo» (Lm 7,2).

El Cántico de las Criaturas no hace explícita referencia a la «hermana enfermedad», pero alaba al Señor «por aquellos que perdonan y soportan enfermedad y tribulación», llamándolos «bienaventurados aquellos que las sufren en paz, pues por ti, Altísimo, coronados serán» (Cánt 10-11). La perspectiva que hace que se soporten enfermedades y tribulaciones es la certeza de una vida bienaventurada junto al Señor. Por quien incluso la muerte puede ser acogida como un acontecimiento positivo. Y así, es significativo el hecho que en el Cántico Francisco proclama: «Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la muerte corporal…» (Cánt 12). Y Celano confirma: «Aun a la muerte misma, terrible y antipática para todos, exhortaba a la alabanza, y, saliendo con gozo a su encuentro, la invitaba a hospedarse en su casa: "Bienvenida sea -decía- mi hermana muerte"» (2 Cel 217).

ACOGER LA ENFERMEDAD COMO GRACIA

Visto el comportamiento de Francisco frente al sufrimiento y a la muerte, no sorprende cuanto dice en la Primera Regla: «Ruego al hermano enfermo que por todo dé gracias al Creador; y que desee estar tal como el Señor le quiere, sano o enfermo, porque a todos los que Dios ha predestinado para la vida eterna los educa con los estímulos de los azotes y de las enfermedades y con el espíritu de compunción, como dice el Señor: A los que yo amo, los corrijo y castigo» (1 R 10,3). En vez de lamentarse el hermano debería dar gracias al Señor, abandonándose a su voluntad. No importa estar sano o enfermo. Importa, sin embargo, estar unido a la voluntad de Dios. Francisco no deja de poner en evidencia también el fin pedagógico del sufrimiento: la enfermedad debería suscitar aquel sentimiento que induce al dolor por los propios pecados, desprecio por los falsos placeres, temor de Dios y deseo de unirse a él. El sufrimiento no se origina por una venganza o castigo de Dios, sino por su amor, como Francisco subraya citando el Ap 3,19: «A los que ama, los corrige».

ASISTIR A LOS ENFERMOS

Considerarlo todo, incluso el sufrimiento, como gracia de Dios, como ocasión de crecimiento humano y espiritual, no significa una actitud de indiferencia o apatía. En el capítulo citado de la Primera Regla, Francisco exhorta a los frailes a cuidar a un hermano que ha caído enfermo, sirviéndolo con gran diligencia: «Si alguno de los hermanos, esté donde esté, cae enfermo, los otros hermanos no lo abandonen, sino desígnese un hermano o más, si fuere necesario, para que le sirvan como querrían ellos mismos ser servidos; pero en caso de extrema necesidad, pueden dejarlo al cuidado de alguna persona que quede obligada a atenderle en su enfermedad» (1 R 10,1-2). La aplicación de la «regla de oro» (Mt 7,12) en este caso, lo dice todo: ocuparse del hermano enfermo con amor verdadero y desinteresado, como quisiera uno ser asistido en caso semejante. Por eso, la única excepción a la severa prohibición de recibir o usar dinero era solamente «en caso de manifiesta necesidad de los hermanos enfermos» (1 R 8,3). La caridad no tiene ley. Cuánto deseaba vivamente Francisco la amorosa y materna asistencia a los enfermos, resulta evidente por esta bienaventuranza: «Dichoso el siervo que ama tanto a su hermano cuando está enfermo y no puede corresponderle, como cuando está sano y puede corresponderle» (Adm 24).

PERMANECER EN PAZ: UNA MÁXIMA PARA TODOS

En la salud dar gracias al Señor y prestar fraterna ayuda a los que sufren; en la enfermedad no exigir demasiados cuidados y medicinas, sin ponerse en el centro de atención, sino aceptar la enfermedad como gracia: ésta es, brevemente, la propuesta cristiana de vida hecha por el Pobrecillo de Asís a las «Pobrecillas», a las damas recluidas en San Damián. De hecho, en su saludo compuesto igualmente en lengua vulgar y poco después del Cántico de las Criaturas, Francisco exhorta a las hermanas: «Las que están por enfermedad gravadas / y las otras que por ellas están fatigadas, unas y otras soportadlo en paz, // porque muy cara venderéis esta fatiga, / porque cada una será reina en el cielo coronada con la Virgen María» (ExhCl 3-4) En San Damián, «la hermana enfermedad» había llegado a ser ya una presencia habitual en la vida de las hermanas. Una escasa alimentación y un ayuno continuo las sometían a enfermedades patógenas que asolaban en la Edad Media, como la malaria y la tuberculosis. Además, los estrechos ambientes de vida favorecían el contagio. Un espacio reservado para las enfermas, colocado encima del refectorio, formaba parte de la estructura original del convento. La misma Madre Clara, durante su enfermedad, tenía su cama en el ángulo que unía el dormitorio con la enfermería. Teniendo presente esta situación, comprendemos las pocas líneas con las que Francisco se dirige primero a las enfermas y después a las que cuidan de ellas. Ambas, aunque de modo diverso, estaban llamadas a llevar un duro peso.

Es muy significativo que Francisco no piense solamente en las enfermas, sino también en aquellas que cada día, con muchos aunque sencillos gestos y servicios, se fatigan por ellas. A ambas -a las enfermas y a las sanas, a quien asiste y a quien es asistida-, Francisco dirige la misma petición: «unas y otras soportadlo en paz». ¡Cuánta sabiduría y conocimiento del ser humano se esconde en esta simple petición Ella lo dice todo con brevedad y eficacia. Quien está encadenado por largo tiempo a una cama y tiene pocas esperanzas de curar, quien es débil y está sometido a continuas recaídas, fácilmente pierde la paciencia, expresando muchas veces ante Dios y ante los hombres su desánimo y su lamento. ¡Conservar la paz Actitud totalmente contraria a toda murmuración y a toda queja. Conserva la paz quien persevera en la situación querida por Dios, no resignados, sino libres y gozosos, colocándose continuamente en la voluntad de Dios y diciendo sí, aquí y ahora, a sus planes.

Vivir en paz las tribulaciones es también un empeño de quienes se preocupan de los enfermos. Ellos se van desgastando en su servicio, pero corren el riesgo de murmurar y no prestar más oído por las siempre iguales y molestas peticiones de los pacientes. Cuando no hay ninguna mejora ni esperanza de vida, tanto el médico como la enfermera están tentados de abandonar al enfermo, precisamente cuando, en este momento, tendrá más necesidad de una cercanía humana, de alguno que fuera capaz de comunicar confianza y paz. Conservar la paz: ¡cuán difícil es con respecto a un enfermo impaciente y siempre insatisfecho

Tanto los enfermos como aquellos que los cuidan deben continuamente esforzarse en tener un comportamiento de paz anclado en Dios. Entonces será posible vivir la misma experiencia hecha por Francisco, de la que habla en su Testamento: «Al separarme de los leprosos, aquello que me parecía amargo, se me tornó en dulzura de alma y cuerpo» (Test 3). La potencia del amor lo transforma todo. Dios es Amor. O como se lee sobre una tablilla en la entrada del eremitorio de las Cárceles: «Ubi Deus, ibi Pax» - «Donde está Dios, allí hay Paz». Francisco sabía cantar en su sufrimiento, porque había encontrado este Amor, esta Paz.